Viernes. La ciudad se despereza a sabiendas que el humor reinante debe ser diferente a los días anteriores. Aunque el sol se empecine desde muy temprano a castigar con su arma predilecta. Rayos como lanzas arrojadas por guerreros curtidos en mil batallas atraviesan la atmósfera respetando trayectorias rectilíneas, buscando recorrer el mínimo espacio, demostrando su eficiencia. Y se estrellan contra la superficie sin emitir ruidos pero liberando una cantidad desacostumbrada de calor. Explosión silenciosa. Sin imagen que la acompañe. Como una granada de gas que se dispersa en el aire provocando el mayor daño posible.
Y a cada momento la cantidad de proyectiles que colisionan es mayor. Y no sólo la temperatura ambiental se incrementa. El suelo descarga energía distribuyéndola por veredas y pavimentos. Alimenta raíces y se sumerge en aguas de arroyos indefensos. Y se unifica con el calor generado al rebotar contra los edificios. Y los vehículos colaboran al esparcir oleadas tenues de aire caliente producido por el roce de los neumáticos con el pavimento, el andar de motores que necesitan aireación para sobrevivir. Y todo es un remolino que se desplaza por avenidas y calles. Esquiva carteles y semáforos. Ignora flechas de carteles puestos para ordenar el tránsito. Ingresa por puertas abiertas y visita plazoletas perdidas entre hierro y cemento.
Se entretiene sorprendiendo a los que deben salir de su refugio. La mayoría ilusionada con refrescarse con mimos de aire fresco y renovado. Con caricias que le soplen desde el sur, con brisas de olor a mar y sonidos de olas. Y no. Lo que reciben son hálitos escapados de desiertos intensos. Aire importado de llanuras de arena cristalizada. Vientos lentos que arrastran partículas hirientes de arenisca cocinadas en crisoles incansables.
Y la ciudad, sus moradores, se debaten entre las dos posiciones. La del entusiasmo juvenil que ve en su urgente devenir un fin de semana de distracciones y regocijo. De abandonarse al torrente del tiempo y buscar gratificarse antes de arribar a la estación mustia e ineludible del lunes. De dar rienda suelta y permitir que en las horas venideras las emociones se desboquen atravesando llanuras de placer, desfiladeros de alegría. De permitirse recorrer amplias galerías de recuerdos para recuperar los que causaron momentos de felicidad. De rescatar palabras expresadas en sueños y que nunca fueron dichas. De autorizarse a ser nada, de nadar sin movimientos en corrientes delgadas de tiempo presente. Es el espíritu del viernes corporizado.
Y la otra posición. La del adulto resignado por las experiencias que lo castigaron repetitivamente. La de haber comprendido que todo es natural, que nada es forzado, que nada responde a caprichos inconsultos. Una cosmovisión sin lugar a sorpresas, solo a causas/efecto en una cadena inexorablemente predecible e imposibilitada de ser cambiada o alterada. Dócil, sometido a leyes incomprensibles. Se asoma al calor y encamina sus pasos a senderos que unen sombra con sombra. Trata de ignorar el suplicio a la que es sometida su piel. No hace caso a los susurros de alarma que le dicta su nariz por la falta de aire. Desdeña el cosquilleo que se expande por la suela de los zapatos hasta las pantorrillas y que le hacen sentirse como un conejo al que lo cocinan pacientemente. Es el espíritu de la cotidianeidad sometida.
Y los vehículos se distribuyen aleatoriamente por calles que se asoman al amanecer veraniego sintiéndose como ríos de lava. Eso fue lo que les contaron trovadores alucinados en rondas nocturnas. Las calles se transforman en toboganes ocres y rojizos deslizándose por cuencas inadvertidas. Los autos queman absolutamente todos los obstáculos con que se topan, destruyen con una voracidad sin límites los estorbos que distraídos no se apartaron a tiempo. Sienten que el calor que soportarán al mediodía no tiene comparación con el sufrido y aguantado en otras jornadas. Que superará los extremos ya alcanzados en otros tiempos. Y la semejanza encontrada es con un símil de catástrofe natural. Es lo que recuerdan como máxima expresión del calor desbordado. Y tratan de adecuarse a lo pronosticado.
Entonces, las arterias sobre las cuales cada habitante de la ciudad despliega sus mapas y traza senderos encajonados por cordones grises se transforman en vías rápidas para llegar a refugios salvadores. La prisa se apodera y se contagia. El humor se resiente. Hasta el canto de los pájaros se altera. Escondidos en nidos circulares, ocultos tras gruesas hojas que conservan algunas gotas de rocío tardío, se cuentan historias antiguas de calor incesante. Anécdotas risueñas sobre vuelos mantenidos por alas sometidas a presiones anormales, de brújulas que fracasaban, de condiciones infrapajaril que concluían en choques contra ventanas traicioneras o ramas tramposas.
Advertencias que se repiten como ecos lejanos, llegando a cada rincón de la ciudad. El calor se apoderó de la comarca, le apasiona influir sobre todo, se siente omnipotente, el dueño del universo local. Y pretende resistir durante la eternidad que avizora triunfal. Gozando de sus caprichos, disfrutando de sus arbitrariedades, deleitándose observando las conductas provocadas por sus decisiones extravagantes.
El poder es su alimento. Es por eso que desea perpetuarse.