17/12/2012 Furia de lluvia

17/12/2012 Furia de lluvia

Gris azulado. Opaco. Tiznes claros irrumpen como dunas horizontales. Las nubes descansan. Se reponen acostadas contra un cielo invisible. Un respaldo infinito que se desliza desde el sol oculto. Desde un sol que desganado observa como la tierra se estremece y festeja la lluvia demorada durante días y días. Gotas distantes que en su caída fueron refrescando cada centímetro del aire que atravesaron. Gotas que se demoraron en su trayectoria, eligiendo como paracaidistas avezados el lugar para depositarse. Y el mundo se amplió. La atmósfera se expandió, desplazó el remanente cálido y estático, cómodo en su inmovilidad que se aposentaba en la superficie. Empujó con su aliento. Arrastró con sus fuerzas desatadas hasta más allá del límite.

Y la ciudad sonrió. Las comisuras de sus labios encajonadas por las pequeñas lomas que la dibujan, se extendieron y se ampliaron. Ofreció todo su cuerpo para recibir el presente pedido y deseado. Elevó cantos de agradecimiento. Se estremeció danzando ritos repetitivos de alborozo contenido. Entonó loas silenciosas. Desempolvó guiños y señales entusiastas para exteriorizar su júbilo, y que todos supieran de su reconocimiento alborozado.

Pero antes, sorprendida, asistió a una sucesión de conductas inusuales. Durante la jornada del domingo las nubes deambularon sin instrucciones claras y definidas. Recorrieron canales de aire, tocaron en timbres no sonoros, revisaron mensajes de texto y se abalanzaron sobre noticiosos ausentes de novedades. Trataron de identificar signos, de interpretar señales ocultas, de avizorar órdenes que no llegaban. Gastaron energías en trasladarse azarosamente por una atmósfera hostil.

Y cuando ya perdían las esperanzas y enfurecidas tronaban de impotencia, comenzaron a embestirse entre sí y a convertirse en más y más grandes. Se integraron acumulando gotas ansiosas de saltar al vacío. Expandieron sus límites desdibujados amalgamándose en una entidad gris uniforme. En noche cerrada confiaron en posiciones estáticas de estrellas inmóviles. Se encaminaron hacia concentraciones de luces intermitentes. Se guiaron por canciones ceremoniales que emergían de ciudades sedientas.

Y se descargaron con furia reprimida. Imprevistamente lanzaron toneladas de aguas desde cubos gaseosos. Arrojaron a baldazos con el agua contenida y almacenada en secreto durante días. El líquido extraído de mares lejanos y cómplices, de lagos cercados por tierras ávidas de alimento, de otras nubes errantes sin destino fijado. Se empeñaron en que las gotas fueran lo más gorda posibles y se abalanzaran a la mayor velocidad que pudieran alcanzar.

Y se desplomaron sobre pavimentos secos, sobre paredes malolientes, sobre azoteas desprevenidas. Porque era tal la necesidad de la lluvia, tal el ruego generalizado por el alivio rozagante que nadie tomó precauciones por la abundancia, por el desborde temperamental,  por el enojo no declarado.

Y el pavimento reaccionó asustado y dolorido por millones de pinchazos fútiles. Desvió gotas hacia sus partes más bajas y las transformó en torrentes impetuosos. Las calles colaboraron desviando el agua caída por cauces confusos. Los árboles quedaron desprotegidos y ofrecieron ramas débiles y hojas sorprendidas a la confusión generalizada. Solo los semáforos, estoicos, mantuvieron la calma repitiendo su rutina de guiñar luces tricolores.

Y descargada su furia inicial, el temporal recapacitó y se tranquilizó. Vaciadas de su contenido, las nubes debilitadas dejaron que el resto se deslizara suavemente desde su barriga rechoncha. Apaciguadas, cambiaron de color desde el negro amenazante al gris clemente. De la oscuridad impenetrable a la claridad negociadora de fuerzas naturales. Del trueno al piar de los pájaros confiados y ahora protegidos. De la ira desatada a la quietud de arroyos apaciguados.

La ciudad recuperó su rutina de lunes. Saboreando brisas leves los paseantes se animaron a recorrer senderos húmedos y otros desdibujados en sus bordes. Recibieron gotas tardías que se regocijaban flotando lentamente hacia el suelo. Recibieron otras que demoraron su final en escalas sobre azoteas, tejados y balcones. Los caminantes, esquivando charcos, recorrieron aceras lavadas. Ignoraron ramas y tachos diseminados azarosamente.

Despojadas de arroyos desencajados, las calles y avenidas recuperaron el tránsito. Cautelosamente los autos dejaron el refugio protector de cocheras y se lanzaron sobre vías al aire libre. Recorriendo suelos mojados, emitieron sinfonías empapadas de un reposo anhelado y postergado. 

Las aves rápidas de reflejo husmearon en la tierra removida buscando bichos inocentes que se aventuraban a recorrer las superficies desconocidas. Pasado el arranque furibundo la ciudad se aproximaba a su equilibrio temporal.