17/10/2012 Olvido enano

17/10/2012 Olvido enano.

Y del subsuelo, más abajo del horizonte, se filtran por rasgaduras en la tierra inmóvil, el resplandor de la fragua de los enanos. Se percibe un color amarillo vivo, producido por arena brillante calentada por el fuego inmemorial que se mantiene siempre vivo. Durante la noche castigando ojos y llenando las manos de calor y de día descansando con la ceniza que cubre suavemente la hoguera agotada en una larga noche de arder continuo.

Los enanos son mineros por naturaleza, son  artesanos del metal y los más maravillosos orfebres de la piedra. Tienen milenios de transmisión de habilidades. Milenios de esconder sus secretos de cofradía artesanal. Milenios de manos que golpean al metal incandescente dándoles formas de espadas, candelabros, pelucas mágicas de oro, clavos de bronce para sostener bóvedas semiesféricas decoradas por elfos virtuosos, clavos de metales extraños para armar navíos que recorrerán los mares ocultos. Milenios de mimetizarse con la fragua y adaptar sus ojos al resplandor salvaje de los metales líquidos, de adaptar su garganta al esmerilado persistente del aire pesado de metales evaporados y proferir solamente gruñidos de aprobación o exclamaciones entrecortadas quejosas por costumbre. Rasgos hoscos dibujados por brisas inclementes que barren la superficie del caldero.

Y hoy los enanos se demoraron, el fuego permaneció exhuberante más allá de la hora prevista  —los más memoriosos recuerdan muy pocas ocasiones que pasó antes y se pueden contar con los dedos de una mano—. Permitieron que las aves asustadas por el color inusual que se reflejaba en el cielo y las pocas nubes errantes y fugitivas del amanecer, espiaran el vasto ámbito de trabajo concentrado y tenaz bajo la tierra. Las puertas permanecían semicerradas, semiabiertas, olvidadas de su función de separar los mundos.

Nunca sabremos qué los retrasó. Nunca sabremos qué acontecimiento postergó las tareas diarias. Nunca sabremos qué hecho llevó al olvido o al descuido las tareas de finalizar la jornada nocturna laboral. Pero pasó. Y todo el amanecer atento a este hecho singular. Ha corrido la voz y todos los seres se abalanzaron a aprovechar la ocasión espiando por las rendijas. La mayoría descubriendo, sintiendo el calor intenso y lejano de las llamas perennes por primera vez.

Nunca sabremos cuál fue el encargo de los dioses que debían entregar sin falta. Porque los enanos no hacen distingos entre mitologías, para ellos son todos iguales y dignos de cumplir sus deseos. Los héroes griegos, los guerreros escandinavos, los naturalistas chinos y coreanos, los misteriosos egipcios, los permisivos asirios, los intrigantes toltecas, los aislados birmanos, los contemplativos japoneses, los rigurosos disfrazados de monoteístas, los permisivos de Samarkanda.

Nunca sabremos dónde entregaron su encargo ineludible. Quién los retiró. Sabemos que los solicitantes estarán conformes con el producto final. Nunca una queja, solo algún gruñido ancestral y caprichoso de Loki por su cabellera de oro para Sif la esposa de Thor, pero acallado por el insuperable trabajo en conjunto: para Odín la lanza que no debía jamás perder su señal; a Thor la cabellera de Sif; y a Frey, le dio el barco, que siempre tenía viento favorable en cuanto sus velas eran desplegadas, sin importar a donde iba su capitán.

Hoy no es el caso. Las puertas vuelven a estar normalmente entornadas y cerradas con ruidos de goznes gastados por el tiempo. Las nubes convergen sobre las heridas de la tierra materializadas en profundos surcos arenosos, ofreciendo brisas apacibles para suavizar el dolor. Los seres nocturnos se retiran comentando y lamentando las horas robadas a su descanso y las criaturas diurnas se apresuran a recuperar el tiempo extraviado llenando al universo con sus voces y tareas de costumbre.