Las nubes aguardan pacientemente. Estacionadas sin abonar parquímetro, descansan de la nada, flotando y a merced de vientos caprichosos. De temperamento oscilante en los últimos días se dedicaron a pastorear. Ignoraron pactos de colaboración con ciudades rebosantes de ausencias y repletas de calor. Desecharon plegarias y ruegos hechos inapropiadamente por improvisados y oportunistas simpatizantes —soberbias ellas aguardan convocatorias de chamanes y hechiceros experimentados —. Recostadas, observando la agonía nocturna, una junta a otra, se murmullan extrañas historias de gotas extraviadas en corrientes solitarias, de rocíos del alba que refrescan al aire, de aves multicolores míticas que las atraviesan jugando en montañas rusas virtuales.
Esperan con ansiedad dos momentos del día. El primero es la claridad entre amanecer y crepúsculo. Se preparan en la oscuridad durante horas, practican formas sin límites o con bordes acotados. Se elevan dando volumen, descienden adelgazando su perfil. Se extienden hasta convertirse en láminas finas, se contraen agrupando sus moléculas. Mantienen equilibrio, buscan su identidad.
Entonces llega el amanecer. Se acerca el segundo momento tan deseado y esperado: el sol brillando arriba del horizonte. Y contienen gritos de alegría, saben que la felicidad está a pocos minutos. Desde la lejanía se percibe la transición inminente. El cielo va renovando su tonalidad de fondo. Abandona despaciosamente el tul negro luctuoso que lo recubre y va buscando atenuar su oscuridad. Reflejos naranjas se escapan y son un fuego de llamas invisible que ilumina una puerta en el borde de la tierra. Luchan por ser las primeras en ser observadas desde la superficie. Saben que las más altas recibirán los iniciales rayos de sol y se iluminarán desde los bordes hacia la parte inferior.
Hay una nube apartada voluntariamente que a fuerza de practicar logró transformarse en una pluma de ave señalando al sudoeste. Y al recibir en forma directa la luz del sol, atravesando gruesas capas de aire y de gotas suspendidas, la convierten en una pluma de flamenco. De color rosado intenso, se destaca contra el fondo celeste. Ornamentada y orgullosa no puede contener la emoción y desgrana porciones desdibujando sus proporciones. Logra que los pocos espectadores, privilegiados, sueñen y salgan a buscar reproducciones para colocarlas sobre escritorios solitarios.
Y a medida que el sol asciende, la perspectiva juega en su contra finalizando la ilusión. El color va mutando a un blanco pálido, que llega al gris y se ubica sobre ella, desde la tierra se ve ahora casi negra. Pero el canto del cisne fue efectivo. Lo efímero fue eternidad por pocos minutos. Y rebosante de alegría, conteniendo carcajadas, ella se relaja en el espacio. Y permite que sus gotas alborotadas y exhaustas por el esfuerzo bailen alocadamente danzas sin música. Y sus bordes se estiran y buscan nuevas curvaturas. Ahora se asemeja a una semilla deglutida y digerida y expulsada por un pájaro hambriento, Y después en un guijarro irregular que rueda por el fondo de un arroyo.
Y decide descansar. Lejos de toda obligación, dejará que se le sumen gotas, incrementará su volumen. Se abandonará a la arbitrariedad de los vientos. Olvidará la brújula. Distingue a lo lejos un ejército gaseoso que cubre de gris el cielo de enero. Sabe, aunque no le guste, que en algún momento de un futuro cercano, su individualidad, su singularidad será asimilada por el avasallante proceso de gestación de tormenta.
Prefiere el pastoreo en las llanuras circulares sin principio ni fin al caos de ruidosas gotas que chocan y rebotan con frenesí tratando de arrojarse por la borda a la superficie. Pero el proceso desatado es ineludible, su destino está definido.
En tanto la ciudad se esperanza. Necesita el aire fresco que mitigue el calor reinante, detecta signos de ayuda. Suspende momentáneamente la convocatoria a chamanes y augures. Por experiencia retrasa siempre la convocatoria hasta que sea inevitable el llamado al consejo. Son quisquillosos, no les agrada dejar estudios y lecturas sin motivos justificados. La sábana desprolija que va ocultando el cielo anuncia pronósticos benevolentes. Los autos lo perciben y se vigorizan. Se lanzan por avenidas vacías llenándolas de colores, abandonan calles estrechas que impiden recorridos veloces. Se cruzan, tejen caminos entrecruzándose, demuestran su ánimo renovado. Las aves aumentan su piar, elevan cantos contenidos de alegría y se lanzan al aire bailoteando tras la comida.
La ciudad se despereza dentro de un sueño apacible de cambio.