17/06/2013 Primera batahola

Batahola en el placard. Desde la madrugada ruidos de roces esquivos, de imprecaciones sosegadas, de tumultos  circulares se escapaban de las puertas cerradas. Todos en la casa se miraban asombrados tratando de identificar las causas que lo motivaban, el origen del tumulto se encontraba en algún recodo de las paredes sombreadas que almacenaban las ropas. El rumor era una catarata que abarcaba todo el espacio cubierto, protegido del frío que se paseaba por el exterior amenazaba con irrumpir sin aviso y  alterar las temperaturas reinantes.

Las prendas de vestir veraniegas estaban siendo corridas, obligadas a refugiarse en la profundidad del guardarropa, a las regiones casi del olvido. Desterradas en cajones lejanos y ocultos. No les fue dado ni la posibilidad de rótulos que las identificaran. Hubo pocas excepciones de camisas, remeras y shorts. Fue inútil que las condenadas elevaran la voz, que explicaran que también servían para los fríos. Pero son épocas de revancha. Las prendas de abrigo eran más pesadas, y tenían sed  de venganza. Se sentían relegadas, casi discriminadas por un clima que se negaba a obedecer a almanaques cuadriculados. 

Es la época más triste y como todos los años sufrieron pérdidas irrecuperables. Prendas amigas que fueron seleccionadas para proteger a las personas de la casa de amaneceres gélidos. Bufandas, pullovers, chalecos fueron abandonadas en colectivos, bares, oficinas públicas, taxis al desalojar el calor característico del verano al frío de la mañana. Estas circunstancias explican porque hay espacios dentro de los armarios que quedaron sin ocupantes. Sólo les queda el consuelo de esperar que algún día sean rellenados nuevamente. No hubo lágrimas por las ropas solo pena por la ausencia. Saben que serán utilizadas por otras personas. Tal vez más cuidadosas, tal vez menos. Otras llegarán, serán otras amigas. Es la ley del ropero.

El ruido cesó. Un silencio tenso se apoderó de cada rincón de la casa. La revuelta había finalizado con éxito. Las prendas de abrigo se habían impuesto. Sus demandas eran ahora ley, pero en su victoria sabían que era de muy corto plazo. Que en pocos meses retornaran al olvido temporal, a perfumarse de naftalina y sobrevivir con dignidad a polillas y otros predadores del algodón.

Los sobretodos lucen orgullosos de su pesadez, son los mamuts del ejército. No más de dos, mayor cantidad obligaría a muchos compañeros a dormir fuera del orden, sobre camas sin usar o alacenas mal iluminadas. Los tapados luchan en la misma categoría. Se escamotean espacios, se inflan para simular mayor volumen, se recuestan contra paredes para plantarse mejor y utilizar la fuerza de las mismas a su favor. Los chalecos se acomodan entre los pesos pesados y las camisas de manga larga, espesas, dispuestas a impedir que las avanzadas del frío vulneren las últimas defensas térmicas. Bufandas, gorros y guantes se arremolinan en cuevas virtuales, lejos de los ojos distraídos. Medias gruesas de combinaciones de colores gritones sobresalen en cajoneras mal iluminadas.

Por un tiempo la batalla que a la larga nunca se define, queda en manos invernales.