Viernes. Hoy la influencia se revierte. En lugar de ser la ciudad la que con su humor cambiante, indescifrable, oscilante a diario contagia con su influjo a sus habitantes, hoy son estos los que pausadamente le van transmitiendo sus estados de ánimo. Son mayoría las caras de sueño con los ojos fijos en ese fin de semana que promete descanso, aventuras, desafíos pendientes desde la adolescencia, promesas olvidadas, salidas sin programar, casamientos sin solución. Hoy los pasos siguen sendas de paseos fuera de toda planificación. Los pies disfrutan cada metro que recorren deteniéndose en detalles que no se habían manifestado en días anteriores y hoy se destacan.
La mirada recorre las mismas paredes que ayer, las mismas vidrieras, las mismas puertas separando interior y exterior, los mismos árboles detenidos en plazas saturadas de cemento. Pero es el cerebro el que actúa diferente. Las neuronas se encuentran en estado de alerta, atentas a detectar pequeñas diferencias. Están pendientes de descubrir señales ignoradas en jornadas anteriores y que hoy reclaman presencia, están dispuestas a investigar en sus archivos temporales signos ignorados en el escenario del amanecer de los días anteriores.
Y encuentran ejemplos y se organiza un inventario sin orden con los hallazgos. Una abertura de color salmón que se desploma desde un balcón amarillento cubriendo de sombras su pestillo y cerradura. Un jacandará añoso que descuelga sus ramas serpenteantes hacia la Cañada tratando de darle de beber a sus extremidades. Un refugio para esperar el colectivo solitario de pasajeros con salida al este que refleja hacia un charco seco la imagen amarillenta del sol. Extraños dibujos aleatorios que se corporizan y se interpretan uniendo grietas en las baldosas de aceras maltratadas. Escaleras externas que se apean desde terrazas libres de bruma y se deslizan en serpentinas acariciando paredes erguidas que irrumpen desde el suelo. Manchones de colores ocasionales que esperan ser observados e interpretados para saber qué representan y cómo son aceptados o rechazados.
Esas señales, esas pequeñas diferencias son los socios del despabilar de los viernes. Un instante preparado y pulido desde el lunes al inaugurar la semana. Como los memes independientes de la mente se ponen en funcionamiento con el primer despertar de la semana. Atisban el futuro inmediato desde su sitial observacional. Traducen las horas previstas para la irrupción del viernes convirtiéndolas en noches a descansar y colocando hitos incumplibles.
Y día a día, los memes, van recorriendo recovecos formados caprichosamente entre neuronas. Se ocultan de pensamientos razonados que buscan expresarse. Se escabullen de patrullas de ideas que tratan de ganar lugar desalojando y abortando sus sinapsis y trazando nuevas relaciones neuronales. Pero ellos están en estado constante de vigilia. Atentos. Alimentándose de emociones e irrupciones no detectadas, de percepciones que pasan desapercibidas en el trajinar cotidiano. Recorren sendas en la penumbra. Se mimetizan inocentemente con ráfagas de pensamientos malogrados. Se robustecen en el anonimato.
Y de golpe se desploman sobre el cerebro abarcando la mayor extensión posible. El despertador alerta avisa con sonidos de fanfarria rebelados anunciando el nombre del amanecer: viernes. Y el termómetro interno anuncia temperaturas agradables, y la piel advierte clima benigno, y los ojos detectan un sol sin interrupciones de nubes.
Y el cerebro se armoniza. Y transmite su bienestar al cuerpo entero. Lo prepara para encarar el día que asoma tras el tabique del sueño nocturno.
Es fácil detectar ese estado indefinido pre fin de semana. Las personas al cruzarse intercambian sonidos de pisadas ilusionadas que retumban contra los cordones. Las miradas no se cruzan. Los cuerpos se ignoran, se esquivan. Siguen senderos sin respetar los bordes, pisando fuera del camino, tropezando con ramas inexistentes, dejándose mimar por brisas que anuncian su retiro durante la mañana. Las encrucijadas son resueltas de antemano sin reflexionar. Las calles son cruzadas sin importar el tránsito. Las brújulas señalan el rumbo para llegar al destino, pero no para señalar recorridos. El sol observa desde su posición singular trazando planes repetitivos para descargar su energía sobre la ciudad.
Pero. Todos, todos sin excepción, van armando sus defensas, van construyendo su castillo de fantasía egoísta donde refugiar sus minutos del fin de semana. Armarán enormes microclimas individuales, cavarán fosos para impedir que los tomen por asalto intempestivamente, construirán puentes de maderas ilusorias para permitir que los atraviesen sueños esperanzados, emociones regocijadas, seres imaginados para compartir soledades, muñecos irreales que canten sonatas de amores no correspondidos.
Los bosques urbanos rebalsan de protección contra la soledad del fin de semana. Los arroyos reparadores alistan su cauce con líquidos gaseosos frescos, que serpentean por calles semi desiertas. El universo se apresta para una fiesta: la del viernes que desemboca en el fin de semana.