16/10/2012 Nubes errantes.
Monstruos —no necesariamente malignos ni perversos mas bien ingenuos y carentes de malicia— recorren rezagados las extensiones esféricas que giran y giran. Son las construcciones transparentes que arrastran en su camino al sol, a los planetas, a las estrellas, a los cometas, a los guijarros que pretenden ser planetoides, y por último a la materia oscura que se esconde tras rayos de luz. Es imposible no dejarse llevar por la poesía de una explicación geocéntrica del universo.
Yo estoy, yo permanezco inmóvil, yo perduro a pesar del tiempo.
Es un movimiento regular y previsible. A pesar de las palabras que a veces confunden. A pesar de las frases, de las metáforas que a veces son incomprensibles. Entonces es fácil poblar al universo de seres imaginarios, es lograr trasladar el caos de la vida al orden eterno de la naturaleza orbital y física newtoniana.
Y si hay algo que necesita de seres que las guíen, que las conduzcan, esas son las nubes. En estado gaseoso, desordenado, de entropía descendente. Ellas son el primer indicio de la salida del sol. Reflejan el tornasolado en su superficie inferior. Y progresivamente van saltando de pista en pista por el arco iris desparramado en el aire. Viran en las curvas arqueadas que se cuelgan del cielo, hacia el naranja, amarillo, crema, gris blanquecino. Con lunares negros que circulan entre bordes sin límites precisos. Corona un blanco espiral en su parte superior.
Rezagadas, alejadas de tormentas que se diluyeron en la nada espacial. Guiadas por seres mitológicos escandinavos de nombres con combinaciones de consonantes cuyas fórmulas desconocemos. Thor, Odín, Sleipnir, Fenrir, Hyrrokkin, Baldr, Lori, Nidhug. Dioses montados a horcajadas de las nubes, casi siempre perdidos porque sus brújulas marcan el sur incierto en vez del norte preciso.Navegan perdidos entre constelaciones que desconocen.
Vagan erráticamente. Giran, se cruzan, aceleran, cambian de forma, mutan de semejanzas. Una ballena sin joroba se dirige hacia un Enterprise donde está ausente el capitán Kirk. Un dragón en forma de pez espada está en trayectoria de colisión contra un baobab, árbol de cuya sombra todos escapan para no quedarse dormidos a sus pies. Un zapato, que de mágico no tiene nada, pateando retazos de algodones que se volaron temprano. Diques contenedores que se alzan como un refugio contra el viento y es azotado por bandadas de pájaros hambrientos buscando comida.
Todo es movimiento, todo es casual. Todo obedece a probabilidades de varias incógnitas y demasiados grados de libertad. De distribuciones aleatorias imposibles de discernir. Es la vida.