En el amanecer del día anterior fueron sacrificados en el altar de intrascendencia y olvidos los colores en el lienzo efímero. En el que los acuarelistas tuvieron un rapto de exuberancia y agotaron hasta las reservas que guardaban, entonces era previsible el mural de hoy. Gris uniforme, tenuemente matizado por grises más fuertes y grises más suaves. Nunca llegando al negro, siempre alejándose del blanco. Una tela casi transparente extendida a lo largo del cielo de techo elevado y lejano. No hay sensación de agobio, de sofocación, de ahogo. No hay esa impresión incómoda que se provoca levantar la vista y encontrar nubes bajas agazapadas, en realidad con una sola nube cercana y amenazante que simula arrojarse sobre la superficie aplastando todo lo que encuentre en su camino.
No es el panorama del amanecer de hoy. Partiendo de una madrugada tórrida, como cualquiera fantasea que ocurre en el desierto inhóspito. Al despertar se espía bajo la cama esperando descubrir el paso de una iguana con la lengua sobresalida. O escarabajos bolitas arrastrando pesados balones esféricos tejidos con paciencia de insecto. O bajarse de la cama en sueños leves y transpirados y encontrarse pisando descalzo arena recalentada por el sol implacable. O revolverse sobre las sábanas en pesadillas recurrentes caminando hacia un ojo de agua que se distingue a lo lejos mientras la caramañola acompaña con ritmo de vacío en su interior.
Lodeseable es una ducha fría para despabilarse. Para barrer con los ecos de una noche identificada como tropical pero seca. Sin humedad. Una lluvia casera y artificial para desalojar el calor instalado en la piel. Son necesarias las gotas que golpetean la cabeza y se deslizan hacia el mar lejano. Van hollarando la superficie y arrastrando los últimos vestigios de voces abrasadas durante el dormitar.
La consigna es usar ropa clara. Que repela el calor, que lo amortigüe. Se desarrolla un combate conocido entre el cuerpo y la mente. Aquél se resiste a dejar la escasa protección de la casa, aquélla elabora y expone explicaciones y argumentos sólidos y demasiados líquidos para arrojarse al torrente diario de las obligaciones. El resultado es salir. Resignados y emulando héroes pretéritos, calzados con armaduras diseñadas por siglos de presentarse ante el enemigo exterior climático marchan a encontrarse con su antagonista de ocasión.
Y la sorpresa. La primera de tantas que promete dibujar un día diferente. Traviesa y agazapada tras la puerta insobornable y oscura, se encuentra una brisa suave y fresca, extraída de heladeras polares y transportadas por corrientes entubadas en túneles diseñados especialmente para ellas. Una brisa juguetona y blandiendo como arma de ataque una sonrisa trazada por nubes caprichosas se arroja sorpresivamente sobre rostros asombrados y pieles reconfortadas. Acarician suavemente el contorno, se detienen en las partes más sensibles: peladas, pómulos, frentes. Las miman bosquejando caricias en senderos indescifrables. Generan una envoltura de bienestar sobre cada habitante que traspone el límite interior/exterior. Pícara —la brisa—, no traspasa ventanas abiertas para no delatar su broma. Permanece expectante, acurrucada, preparada para desconcertar a los incautos.
Y arriba las nubes también juguetean. Se comportan como si estuvieran encerradas en una botella de vidrio sin formas y sin tamaño. Se revuelven inquietas. Rebotan contra paredes curvas que se extienden en suaves sinuosidades transparentes. Ascienden uniformemente tratando de perforar un corcho inexistente. Giran en torbellinos adormecidos. Bosquejan espirales que limitan a tubos verticales que descienden a la superficie. Danzan con pájaros atrapados en jaulas de barrotes de viento y que acompañan con su trinar el ritmo de su desplazamiento.
Se unen y se separan. Se agrietan y se funden. Suben y bajan. Intranquilas. Ansiosas por cargarse de agua, solo son sombras fugaces alimentadas de rocío volátil. Y en ese frenesí irrumpen rayos lanzados meticulosamente por el sol. Metralla inofensiva disparada con cálculos precisos que le otorgan efectividad para alcanzar los blancos elegidos. Atraviesan resquicios descuidados, se cuelan por fisuras entre áreas en equilibrio frágil. Y como pinceles recién estrenados, pintan de crema brillante los bordes gaseosos. Trazan caminos y rutas claras en grises acostumbrados. Quedan filigranas exóticos que transeúntes atentos deberán descifrar. Y significar de acuerdo a sus tareas, sus sueños, sus miedos.
Transportados por colectivos abundantes de hastío y resignación, pasajeros agitados, con la cara cercana a las ventanillas, recorrerán recuerdos, desempolvarán emociones atesoradas e interpretarán y reinterpretarán las señales estampadas celosamente sobre el pijama urbano.
Y para culminar la función, el sol regala su presentación siempre fastuosa. Entre fanfarrias acostumbradas a la ostentación real, se posa altivo sobre las nubes confundidas y ubicando grietas imperceptibles arroja sus lanzas de tirabuzones giratorios, ampliando las hendiduras. Y los pasajeros y caminantes que transitan la ciudad deben llevarse la mano protegiendo sus ojos semi abiertos cubriéndolos de la explosión de luz cegadora que irrumpe sin previo aviso. Y por un instante todo es un destello amarillo que contagia a edificios, árboles, aceras, autos, E inmediatamente se baja el telón y el sol vanidoso y engreído se esconde tras una nube compacta y extensa que va instalándose austeramente como barrera protectora.
Y mientras giran las nubes se compactan y se unifican. Se hacen robustas ampliando su altura, e hacen una. Neutraliza los rayos del sol, que decide entonar su aria triunfal al tiempo que se retira a los camarines crepusculares para brindar por su actuación exitosa. Y henchida por su presente avasallante, ahora si vestida de gris llegando al negro, se extiende como una manga de langostas hambrientas desalojando los escasos colores que sobrevivían. Hay aroma a preparativo de lluvia. Se adivinan las escaramuzas previas, Se presiente la ansiedad de los paraguas. Se advierte el recorrido de las aves en busca de refugio. La señal de advertencia se esparce vertiginosamente.