15/11/2012 Sinfonía del amanecer.

  

Las aves residentes en la ciudad, tanto permanentes como transitorios, ocupan espacios en edificios céntricos, o en casas suburbanas, o bajo los puentes de ríos domesticados y convertidos en arroyos previsibles, o entre ramas de árboles verticales y de copa protectora en plazas descuidadas. En sus tiempos libres, todos lo son, curiosas recorrieron muebles desvencijados con cajones herrumbrados, cofres escondidos bajo la corteza añosa de protectores troncos huecos custodios de secretos íntimos. Desempolvaron con sumo cuidado y melancolía partituras de melodías extraviadas en densos senderos de la memoria. Se asombraron al (re)descubrir antiguas tonadas, disfrutaron al recorrer en hojas ajadas por e tiempo notas escritas en lenguajes inmemoriales, tonalidades coloridas de una riqueza inusitada.

Los afortunados descubridores Intercambiaron los hallazgos. Algunas aves mezclaron sin darse cuenta el material encontrado, dando luz a nuevas combinaciones, a nuevas obras que nunca fueron creadas. Y todos se propusieron hacer participar a la ciudad de su alegría, contagiarla de optimismo. Se distribuyeron cubriendo la mayor zona posible. Ocuparon ramas entrelazadas, cables tendidos horizontalmente entre postes clavados en las aceras, balcones desafiantes que se asoman al vacío despreciando alturas, bancos de plazas que aguardan amantes adolescentes, juegos infantiles descascarados por miles de pisadas infantiles.

Y al salir el sol, cantaron al unísono.

Cada uno entonando la armonía que rescató. Elevaron plegarias a un nuevo día distinto, único, de anotaciones descriptivas exclusivas en la bitácora de amaneceres. Glorifican la vida, hacen acto de presencia, recuperan voces gastadas por el tiempo, absorben el maná primordial que flota en el aire, improvisan acordes mezclados con los rayos solares.

Y el acto de transitar la ciudad desde una altura que permite distinguir los cantos, de cruzar terrazas abiertas a las historias, a techos de tejas rojas que esbozan olas uniformes, se convierte en una aventura madrugadora, en un navegar aéreo por túneles verdes moteados con el lila de las flores de los jacandará. Es aturdirse por sonidos armónicos que desbordan de exuberancia y ritmos amistosos. Es escoltar cada paso con silbidos multifacéticos que anuncian la alegría y la esperanza. Es sentirse protegido contra las inclemencias de la realidad, Es levantar armas ingenuas que nos defiendan del olvido. Es nutrirse de sabiduría para reconocer el equilibrio. Es reconocer a la vida que se cuela por los oídos.

Porque los artífices del milagro, esas aves concentradas en su tarea propuesta, no se dejan ver. Se esconden tras parapetos celosamente buscados. No hay solistas virtuosos, no hay estrellas con nombres decolorados en marquesinas egoístas, no hay empujones para salir destacados en la foto. Hay una sola balada que no se origina en ningún lugar. Que brota en forma envolvente cubriendo oídos atentos a silencios imperdibles. Son incontables las variaciones que embellecen y enriquecen la melodía, cada especie aporta su sonido particular fusionándose en una unidad singular.

Y los pasos de los espectadores conmovidos se apresuran o se retardan en su caminata. Se demoran prestando atención a una variación sorpresiva. Arrancan guiados por un trinar repleto de colores. Se inmovilizan apreciando los sonidos que se envuelven en un arco iris brillante.

Hoy es todo música.