15/10/2012 Lluvia.
La más fácil de las tareas es abandonarse a la fiaca y caer en la tentación ineludible de recurrir a los lugares comunes. De desempolvar el capítulo corto y resumido de “frases hechas para un amanecer de lluvia” del manual ¨Instructivo abreviado para escribir descripciones naturales ¨. De cortar caminos y buscar en el diccionario de sinónimos y encontrar “aguacero, chaparrón, chubasco, precipitación, borrasca, tormenta, tempestad, tromba, diluvio, calabobos, sirimiri, orvallo”. Y abusar de ellos como las nubes abusaron durante toda la madrugada de nuestra paciencia. La atracción irresistible por desempolvar imágenes repetidas hasta el hartazgo de desbordes de río, Venecia grisácea, Rotterdam con bicicletas, diques al límite de su esfuerzo, arroyos corriendo por fondos de asfaltos y orillas de aceras circunspectas. La incitación a utilizar “pasado por agua”, “caía a baldazos”, “el cielo se vino abajo”.
Pero el camino elegido es el desafío a crear nuevas metáforas, encontrar una alegoría en el bosque traicionero de las imágenes originales y sorpresivas. La decisión es buscar cómo retratar el amanecer desde el comienzo del día, desde el comienzo de la semana. Cómo describir la transición cotidiana entre oscuridad y claridad cuando todo está uniformemente mojado y húmedo. Cómo adivinar la renovación de habitantes nocturnos por diurnos cuando todos están refugiados, buscando protección de las gotas inclementes que se deslizan por toboganes grises de longitudes insólitas.
Y en el colectivo, los pasajeros van sumergidos en ese sopor que provoca el sube y baja horizontal y monótono del limpiaparabrisas que tenazmente confina las gotas a los bordes engomados, apartándolas del espectro visual del conductor. Acompañado con los sonidos reiterativos de vidrio raspado y el tum-tum monocorde de tribus ausentes en planicies selváticas.
Entonces por las ventanillas goteadas se filtra una ráfaga de movimiento no casual. Entre paredes blancas con tonalidades grises, de paredes moradas con manchas más moradas, de paredes azules con manchas más azules. Manchas distribuidas al azar por pinceles verticales guiados por vientos traviesos. Seguir con la mirada el movimiento y descubrir a las ondinas terrestres en patines acuáticos saltando charcos secos en medio del agua precipitada. Ver a esos seres míticos casi desconocidos arrojándose entre risas alegres retazos de aire seco que en un instante borran todo rastro de llovizna para recubrirlo de nuevo con llovizna ocasional. Esas ninfas escapadas de los bosques antiguos de sombras amenazantes y transmutadas en urbanas, van siempre vestidas con telas simples exhibiendo tramados dibujados artesanalmente por gnomos furtivos. Ellas salen a reclamar su derecho a ser bendecidas, su derecho a regocijarse con tempestades sin color, su derecho a deslizarse sobre olas calmas de río callejeros.
Y las nubes bajas apuntaladas por criquets antiguos, derivados de catapultas guerreras, observan la fiesta juvenil entre tantas caras mustias. Perciben sonrisas transversales dibujadas entre horizontes inexistentes. Le regalan a las participantes de la fiesta luces de colores blancos y rayos multifurcados, truenos de tamboriles resonando entre desfiladeros de edificios mojados. Hoy generosas, ausentes de límites las nubes obsequian la coreografía para la danza de los siete riachos, atravesando ciudades sedientas de reposo cotidiano.
Hoy es todo lento. Hoy es de despertar acuoso. Hoy es de charlas de inclemencia climática. Hoy es de extrañar el calor escondido. Hoy es de chapotear por charcos ineludibles.