Hoy es diferente.
Sentado frente al ventanal que se abre a la inmensidad, pienso en las palabras de ayer. Sobre los nietos. Y sobre los abuelos. Siempre es distinta la visión que tenemos cuando vamos recorriendo el camino que nos tocó y que fuimos eligiendo tomando un sendero u otro en cada encrucijada que nos topamos. Pero el ser abuelos modifica cómo observamos y actuamos con los niños. Ya con miedo que no teníamos con los hijos porque hemos sufrido pérdidas que antes no conocíamos. Porque la vida nos fue dando sufrimientos y dolores que han ido mermando nuestra invencibilidad y nos sentimos vulnerables.
Hoy los miramos crecer y comparamos día a día sus avances o retrocesos. Hoy le regalamos paciencia para escucharlos y tratar de entenderlos. Hoy le mostramos los senderos para que sean libres. Hoy amortiguamos los vendavales de enojo de los padres. Hoy cada penitencia impuesta es también para nosotros, nos duele con la misma intensidad que a ellos. Hoy le facilitamos pero no le regalamos, amenguamos sus pesares, lloramos y reímos con ellos. Estamos aguardando expectantes cualquier señal que nos demuestre que nos necesitan para correr al rescate.
Hoy somos abuelos decididos a limpiar los escollos de un camino temprano. Pero limpiar no significa eliminar, no implica decidir por ellos.. Al contrario. Ante un obstáculo sentarse con ellos, o pararse o salir a caminar estableciendo una charla donde lo ayudemos a analizar, a buscar respuestas a formular preguntas. No a ponerle palabras en la boca sino a insinuarle la forma de la piedra, los colores del tronco, las debilidades del obstáculo que impide el paso en el sendero. No a darle soluciones a sus problemas sino ayudarlo a formular preguntas.
Y maravillarnos. Asombrarnos con cada muestra de su evolución, de su crecer. Llevar un inventario de cada palabra que saben y festejar la adquisición de una desconocida. Ver como le van poniendo nombre a cada elemento que lo rodea en su vida cotidiana. Saber cuántos pasos es capaz de dar antes de cansarse y celebrar que pueda dar uno más. Acaparar cada abrazo que brinda y atesorar cada beso.
Y caminar orgulloso por la calle llevándolo de la mano y soltarlo para que experimente su libertad y sus límites.