15/01/2013 Acuarelistas alucinados

Está sentado solitariamente en el escritorio vacante de papeles. Con las ventanas abiertas para recibir la suave brisa madrugadora que se insinúa más que se concreta. Se produce un desinteresado  intercambio de aire entre el exterior y el interior. Renovado el de afuera, tamizado por hojas vigorosas y verdes de clorofila, laboriosas durante la noche. Rociado con finas gotas de humedad mientras gobernaba la oscuridad, acunada por quimeras y utopías recreadas en los sueños reparadores, mimadas por cantatas gregorianas en el alba esperanzada. En su invasión reparadora atravesando los ventanales arrastra su contenido acumulado. Y lo descarga entremezclándolo armónicamente con el aire que quedó atrapado por paredes mudas y cristales sigilosos.

Encerrado, prisionero sin condena. Sin posibilidad de escape, sin espacio para moverse, le quedó como único recurso abandonarse y esperar. Aguardar la ruptura carcelaria. Encontra un intersticio, una grieta presente en cualquier muro distraído para fugarse. Pero nada ocurrió. Se fue cargando aún más de presencias no deseables. Sus átomos recibieron frustraciones, enojos,  desengaños que se fueron sumando durante una jornada agobiante de un verano omnipresente. Se superpusieron en finas capas apretándose contra el suelo, condensando y volviéndose más y más pesado..

Y la válvula de escape llegó. Una ventana abierta permitió el reemplazo de moléculas fatigadas y fastidiadas por otras juveniles y dicharacheras. Y esos momentos son los que crearon la ilusión de una brisa renovadora que se demoró en el amanecer y que ya no tendrá oportunidad.

Porque el sol ascendió sobre la meseta virtual gaseosa que se apoya en el horizonte y corona a un tercio de la semiesfera celeste. En su primera tarea de astro soberano indiscutible y caprichoso, indiferente a todo, borró con displicencia la obra de los acuarelistas del amanecer. Lo hizo descuidadamente, sin darle importancia, sin culpa ni rencor. Solo era su tarea, ni desagradable ni irritante. Solo era su responsabilidad. Y lo realizó de la misma manera que la marea creciente borra los dibujos artesanales trazados sobre la arena. Sin dejar rastros visibles.

Y los demorados, los que robaron minutos al despertar para regalárselos al descanso se lo perdieron. Porque hoy los acuarelistas de la alborada alucinaron. Hastiados del calor persistente se rebelaron, mejor dicho expresaron su desazón y su malestar haciendo lo que saben: pintaron diferente. Buscaron crear las combinaciones más extrañas en sus paletas madrugadoras. Las revolvieron con furia, las mezclaron sin contemplaciones. Se convirtieron de impresionistas a surrealistas. Subvirtieron, o trataron, el mensaje cotidiano. Se esmeraron en obtener un mural celestial que obligara a los espectadores a asombrarse. Jugaron a crear un despertador que los conmoviera, que los estremeciera, que les sacudiera la modorra veraniega.

Y pintarrajearon, Arrojaron sus pinceles dentro de tachos invisibles. Los empaparon con tonalidades generadas al azar y comenzaron a salpicar el cielo despojado de figuras etéreas. Y se convirtieron en cartógrafos sin brújulas que describían extraños archipiélagos similares a los que Gulliver transitó. O en recorridos virtuales entre islas imaginadas por Marco Polo en sus delirios fantásticos que le relataba a Kublai Khan.

Morados, bermellones. Manchas difusas sin bordes definidos se abandonaban al apetito voraz de fauces sin dientes, de grises descoloridos por los costados y abordados por bermellones en simetrías axiales en espacios cercanos. Lucha sin vencedores entre colores rabiosos, que contrastaban con la quietud de la superficie que observaba atónita. Figuras borroneadas al pasar que se superponían a trazos ingenuos. Blancos que se transformaban en siluetas de bordes acaramelados bañados por rayos amarillos encrespados, que subían y bajaban caprichosamente. Lunares sin borde, ocres de contenido que se desplazaban por praderas sin fin.

Oleaje desatado que desdibujaba y recreaba islas, islotes, corales. Mares de aguas turbulentas e inmóviles que las empujaban en una danza caótica buscando el equilibrio necesario para ser.  Corrientes sin rumbo que ansiaban tener naves flotantes que las engalanaran con colores y olores a madera fresca recién hachadas. Guijarros convertidos en islas que pedían el beneficio de vientos azotando sus costas.

Se necesitaba un Dalí. Se precisaba un Rimbaud. Era indispensable un Marqués de Sade. Todos fueron resucitados y reencarnados por unos artistas desbocados que parieron una obra singular, de arte tan magnífica como efímera. Tan resplandeciente como ignorada. Y airados no la firmaron. Construyeron una pira funeraria en la nube más alta y arrojaron pinceles, paletas y recipientes.  Y entonando un réquiem aprendido en noches de angustia, se retiraron a saborear el olvido de su creación.