El sol. Dorado. Brillante y redondo orificio en el cielo sin fin. Apoyado sin sostenes sobre el horizonte que se adivina tras las construcciones humanas. Árboles añejos dibujan figuras sombreadas matizadas de brillo y proyectan irregulares sombras sobre paredes desnudas. Orgulloso anuncia la finalización del amanecer —cada día más alargado— y el comienzo de la mañana. Travieso, dibuja formas no imaginadas durante su sueño. Deja en libertad absoluta a sus rayos lineales para que se deleiten resbalando por rampas parabólicas inexistentes. Bajadas que se deslizan acariciando brisas desconcertadas que vagabundean por el vacío, que se escabullen entre hojas de árboles que quedaron agotadas de su tarea nocturna imprescindible de permutar materia inorgánica en orgánica, y se preparan a reiniciar puntualmente su tarea matinal de convertir energía solar en química para asegurar su subsistencia. Y la de todos los seres vivos. Hojas esclavas de sus deberes. Vigiladas estrechamente por leyes inmodificables.
Y los rayos dorados sirven de radar de aproximación a las aves dedicadas a desayunar. Retozan entonando cantos de alegría, tratan de atrapar en sus picos los hilos dorados que cruzan la atmósfera en trayectorias cuasi rectas. Se cruzan en su camino y la luz que se refleja traza esbozos de abalorios brillantes. Y lo coqueto se impone. Todos lucen sus mejores habilidades, todos exponen su mejor perfil, todos pretenden ocupar el sitial, Todos trasuntan felicidad.
En estos momentos el tiempo es inmortal. El espacio circundante que se puede comprender se disfraza de paraíso. Todo es epifanía repetida. Todo se transforma en hierofanía. Todo retorna a ser descubierto por primera vez, como en su origen. Cada átomo se remonta a su nacimiento, a su irrupción primeriza. Cada movimiento, cada gesto, cada sonido reproduce fielmente al principio de los tiempos.
Cada espectador privilegiado compone su sinfonía celebrando la ocasión. Cada uno traza en el aire representaciones de colores que describen su emoción despierta después de un largo viaje por un universo opaco, sin coloraciones. No recuerda hechos sobresalientes porque fueron sepultados en las celdas de la repetición automática.
Pero abruptamente el amanecer finaliza. Pasa sin etapas de la fascinación sacra al desengaño cotidiano. El sol muta a amarillo, difuso ahora en su circunferencia, una línea fina que se desgasta en claridad apabullante. Los ojos no resisten la exposición directa y deben girar hacia los costados evitando el contacto franco, sin obstáculos. El estado alterado cuasi místico que se desparramó sin discriminación por el amanecer, fue desentendiéndose de cada creyente pagano. Absortos hasta hace instantes se muestran desconcertados ante la colisión contra la mañana. La sinfonía se convierte en silencio y el reposo deviene en movimiento.
Las calles son recuperadas para el lento transitar de vehículos atentos. Las vigilias de cocheras y dormitorios al aire libre semi protegidos por cornisas volante son superadas. Los rayos solares invaden la ciudad rompiendo la quietud de la soledad. Irrumpiendo en desfiladeros estrechos que se estiran más allá del horizonte. Esquivando fantasmas demorados por densos grilletes rechinantes y por copas de vino que se resisten a abandonarlo. Con trayectorias en forma de z desprolijas evitan colisionar con atletas madrugadores que demarcan la cañada, lentos velocistas que iniciaron su carrera sin conocer el punto final ni sus rivales y trotan aturdidos por los sonidos que se desgajan de aparatos electrónicos incrustados en el pabellón de sus oídos; corren atentos a los arteros obstáculos que le coloca la ciudad juguetona a intervalos imprevisibles. Son estorbos para zapatillas cuidadas con devoción, peligro para el inmaculado color que define al dueño. Son desafíos para la observación detallada del sendero que se va inventando.
La ciudad se emprolija para encarar el día. Aceras que de a turnos espasmódicos son lavadas. Veredas que aguardan pacientemente las frescas y renovadas caricias del agua reparadora. Que se estremecen ante la posibilidad de sentir las cosquillas producidas por escobas, escobillones, trapos rugosos, suelas mojadas. Algunas serán beneficiadas, las más deberán aguantar hasta mañana, o hasta pasado mañana, o hasta que el destino virtual le asigne su lugar en la larga fila de solicitantes..
Los paseantes indolentes, atentos al lenguaje primigenio que se expresa a través de vibraciones sin convertirse en palabras, son reemplazados por oficinistas ansiosos de protegerse bajo climas artificiales que imitan otoños relegados. Por obreros diligentes que buscarán en alturas a medio desarrollar, brisas suaves que le sequen el sudor producido por el esfuerzo físico. Por filósofos aficionados partidarios y abanderados de ideas estrafalarias, que interpelan noticiosos repetidos y elaboran intrincadas utopías que devolverán al mundo su racionalidad, que lo volverá un lugar apropiado para habitar. Sus diatribas rebotaran contra soñadores de bares bohemios que se consumen en la mañana temprana.
Hay pequeñas nubes distraídas que semejan barriletes errantes bajo un fondo de papel metalizado azul. Veloces, ágiles cruzan horizontalmente aderezando la uniformidad de la bóveda. Circunstancialmente aguijonean al sol deformando sus rayos. Vivarachas, inquietas se alejan gambeteando calor para buscar el punto de reunión. En ese lugar complotarán para convertirse en alternativa. Evolucionarán con el objetivo de transformarse en tormenta. Para lograrlo deberán esquivar vientos contrarios y rayos precavidos.
En tanto la ciudad contempla la obra natural diaria. Selecciona que clasificará como recuerdo y cual arrojará al terreno de lo descartable. Optará por etiquetas para la fecha y se lo transmitirá a los ayudantes de los chamanes que se encargan de la biblioteca histórica. Y luego se abandonará a su ocupación principal.