El sol ya reina sin fisuras. Mañana a pleno durante las horas que uno asocia con la madrugada. Hoy se adelantó y luce recuperado, brillante, magnífico. Colgado del medio del arco del paralelo que dibuja su trajinar circular. Su luz inunda la ciudad, se apodera de ella, ya no quedan luminarias encendidas que jueguen su rol de testigo de sombras y oscuridad, ya las historias nocturnas se escaparon de su claridad.
Los pocos pasajeros noctámbulos que sobreviven, se refugian en sueños sosegados, observan el paso del tiempo sentados al abandono en sillas incómodas paro acogedoras. Asientos desparramados sin orden prefijado en bares que mantienen entrecerradas sus puertas oficiando de umbrales de transición entre los dos mundos disímiles. Cientos de sombras o tal vez miles, o quizás más o quizás menos —imposible contabilizar con certeza, además a nadie le importe la cantidad ni exacta ni aproximada— repiten gestos, muecas como si se reflejaran en espejos enfrentados hasta que los números pierden sentido al contarlos. Con los ojos cerrados, mirando hacia adentro tal vez recordando los pasos anteriores inmediatos que lo depositaron en esa mesa vacía de tazas pero llenas de recuerdos. Distraídos inspeccionan las gavetas de la memoria para rescatar la anécdota que los libere de su anonimato. Están atentos para reconocer esas circunstancias que le arranquen una sonrisa y están alertas para eludir las que puedan descargar lágrimas no deseadas.
La mañana saturada de luz convoca a los acontecimientos capaces de desatar alegrías efímeras a cada uno y todos. La penumbra en retirada rescata las anécdotas que provocan nostalgias. En estos momentos de meditación casera el júbilo, el alborozo triunfa sobre la pesadumbre, lo desaloja sin miramientos, sin contemplaciones. En el medio del resplandor no se permite la melancolía. Tienen la mirada suspendida en el punto de fuga de un pintor alucinado por estados alterados. Las manos estancadas en el tiempo buscan recuperar laserenidad para luego buscar sueños olvidados que le permitan atisbar desde lejos la felicidad escamoteada.
En la mayoría de los locales los televisores colgados de paredes sin sonrisas arrojan sonidos que acompañan a imágenes desechables. Noticias iguales a las de ayer que se descargan incomprensiblemente sobre oídos atentos solamente a los silencios interiores. El televisor es u náufrago solitario en una isla de multitudes despiertas.
El lugar de estos sobrevivientes será usurpado en instantes por el caminar nervioso de empleados apresurados y obsesionados en que transcurra la mañana lo más velozmente posible. El café es reemplazado por café con leche con agregado de medialunas o criollitos. El diario matinal ocupará la superficie plana de la mesa desalojando manuscritos de poesía, sin lugar a vasos de agua mineral. La actividad matutina se abalanzará sobre los despojos de melancolía y tristeza remitiéndolos a su guarida diurna.
Los sonidos de la calle ya son apresurados, se vislumbra el calor que desciende de los edificios sofocando toda brisa fresca que recorría los pasadizos de paredes de edificios de diferentes alturas y colores. Se adivinan los pasos exaltados de zapatos que remolonearon más de la cuenta bajo camas despreocupadas. Se intuyen recorridos inquietos provenientes de colectivos que incumplieron sus horarios predefinidos.
Los autos se desplazan saturando el aire de sonidos excitados por la velocidad y el rozar angustiado de caucho y pavimento. Se imponen tozudamente sobre el cantar de aves y los quejidos sosegados del agua endeble de la cañada acorralada. Los árboles se manifiestan sembrando de hojas robustas los techos de túneles abiertos entre quebradas urbanas. Otorgan descanso frente al brillo enceguecido de una mañana en plenitud. De una mañana que adelantando tiempos se acerca al mediodía, meta obligatoria, final anunciado de toda madrugada renacida.