14/09/2012 Qué día diferente.
¡Qué día diferente!. Una jornada que apenas despunta y promete, sin manifestarlo explícitamente, escaparse de toda costumbre establecida y conocida; esas acciones ejecutadas fielmente sin siquiera pensarlas y mucho menos preparadas. Esos movimientos consolidados por la repetición —tal vez sin respetar la cronología de la coreografía— .
Primera señal: me olvidé de activar la alarma del celular antes de acostarme y el amanecer —el muy ingrato—, me pasó por alto, me ignoró, y realizó su tarea mientras yo seguía durmiendo flotando descuidadamente entre mis fantasías desbocadas e intransigentes.
A esta hora, casi siempre, las calles se desperezan calmas, ausentes de prisa. Pero hoy estuvieron bulliciosas y rebosantes de bocinazos, con ráfagas de histeria silenciosa de autos que compiten contra desmanejos insólitos, con semáforos con los colores y los tiempos alterados y ríos torrentosos de apurones impacientes.
El sol a pleno ya ocupando el centro del cielo. Olvidado o perdido de naranjas y amarillos. Agotado en su capacidad de protesta y rebeldía amaneceresca contra su hacer cotidiano, esos momentos alargados cuando trata de pasar desapercibido y muta de colores, se viste de tonalidades diferenciadas y se deja sombrear por nubes audaces. Esos momentos cuando intenta alterar los tiempos de salida, un día lentamente, otro día brincando de forma imprudente desde el fondo de su refugio nocturno.
Ni cambiar diariamente la posición de salida le sirve cómo acto de sublevación, Ya se transformó en hábito
Pero hoy el despertador me privó de detectar las variaciones. De disfrutar del oasis diario, del desierto vasto y silencioso sin límites ni posibilidades del despertar de la mañana. Con la característica de la no existencia del tiempo fugaz y perceptible.
Y hoy aquí. Reviviendo un ritual que fue evolucionando con los años, mutando año a año, un ritual atado al estado emocional que se va nutriendo con el paso de ellos. Lejos de los festejos infantiles de cumpleaños rutinarios y sin creatividad. O de las largas caminatas solitarias de mi adolescencia por ramales de ferrocarriles sin uso. O de las vastas reflexiones frente al amarronado Río de la Plata de mi juventud. O de los festejos reducidos con los compañeros de ruta ocasionales esquivando a la familia en una época plagada de propuestas y cambios. O de reunirse con el núcleo familiar compartiendo un año con hijos con demandas de toda la atención hacia ellos de la que era capaz.
Nuestra tradición occidental reserva el renacer colectivo, el retorno al principio una vez por año en celebración de la renovación. Esas festividades son recuperadas en el día más corto del año. Momento en que la ley superior a los dioses restauran su compromiso con los hombres y les regala la esperanza en los días venideros y que las desgracias no se repetirán. En el plano individual cada festejo cumpleañero se convierte en una celebración con la historia personal, individual y se restablece como si se reseteara el espíritu. Es el momento de renovar votos con nosotros, con nuestro pasado y nuestro futuro. Analizar qué situaciones singulares se transformaron en rutinarias y porque oscuros designios nos acostumbramos y resignamos a las mismas. Es el momento de bucear en las fantasías pasadas, recuperar grifos, brujitas, elfos, enanos, héroes y mezclandolos hacer reinstalar el nuevo universo que albergará nuestros sueños descabellados.
Es el momento de adentrarse en el silencio interior y recorrer los recovecos destapando las historias y emociones que relegamos durante un año fugaz.
No es un balance. Es recuperar el convenio con nosotros mismos, de reafirmarnos en el cambio, de proponernos como siempre ser mejores —sea lo que sea que consideremos mejor—, de renovar nuestra capacidad de asombro, nuestra ingenuidad, nuestros miedos. Es seleccionar cuidadosamente qué recuerdos nos apuntalará en otro año.
Gracias por escucharme.