Sumergido entre paredes de vidrio que no se ven, con la vista aletargada al infinito incierto. Un techo de luces fluorescentes. Es una capa similar a nubes grises uniformes, monótonas, inmóviles. La ciudad recuerda a un acuario húmedo de agua escasa y nos convierte en peces virtuales. Peces que se deslizan escondidos entre corales de edificios más oscuros. Peces rodeados de criaturas terrestres inmóviles de luces estáticas y de hipocampos inquietos que recorren huellas de espumas serpenteantemente rectilíneas, carentes de sorpresa.
Un hoyo claro crema se abre paso entre las nubes como si un Sansón extraviado separada las columnas del templo y posibilitara un toque —extraño en ese escenario uniforme— de pintura acrílica. Se convierte en un espacio abierto a la imaginación que se despereza todavía semidormido. Es una grieta temporal que se va cerrando hasta sellar los bordes. Es una avalancha nubosa que ahora ocupa todo el espacio visible. La pecera se consolida. Estamos prisioneros en la inmensidad. Nuestro límite esta mañana se muestra gris.
Hasta la música que se escabulle desde una pc sin tareas activa todavía, es una ráfaga incierta de sonidos sin ritmo ni orden.
Hoy los colores están dentro de las oficinas, siempre grises y sospechosas de romper la rutina. Hoy el afuera es un responso cantado por pájaros que se olvidaron de volar. Hoy el refugio es escaparse a la humedad que todo lo moldea de agua frustrada.
Hoy el sol no se anuncia con su catarata de pinceladas anaranjadas, rosas, celestes. Hoy se quedó reflexionando sobre su ruta circular, inalterablemente repetida a través de su tiempo tan personal y tan alejado de nosotros, tan humanos, tan limitados.