14/01/2013 Lunes sin cambio

El cielo se muestra manchado. De gris azulado y opaco, apagado. Con salpicaduras irregulares y desparejas de tonos amarillos que van arribando a cremitas. Tiznes blanquecinos aparecen en soledad desparramados casualmente en un plano secundario, expectante. Jirones celestes fugaces se esconden tan lejanos que casi parecen alucinaciones.

Todo inmóvil.

Solo resaltan los ecos de zumbidos de motores agobiados por la humedad que recorren espacios entre veredas goteadas por el clima tropical que se instaló rodeando y cubriendo la ciudad. Es  el amanecer en su etapa tardía de un lunes condenado desde su nacimiento por leyes draconianas. Condenado por responsabilidades ancestrales que pugnan por sobrevivir resaltando las virtudes de rituales repetitivos, de gestos copiados a otros días similares (”lunes”). A la alborada de hoy no le interesa ser original, no pretende sorprender, no está en sus planes destacarse como algunos de sus hermanos ambicionan. No la conmueve aparecer en el libro de los records por alguna circunstancia extravagante.

Un despertar casi madrugador sumergido en la monotonía, caracterizado por un cielo recorrido por nubes. Semejante a un ejército en marcha observado a la distancia, arrastrando sus pies, cavando en la tierra seca de llanuras relegadas por la lluvia. Se detectan pelotones relegados en el recorrido al observar las huellas que deja en la atmósfera el polvo suspendido. En una danza sin música, acorralada por el agotamiento, por la desidia, por la ausencia de motivación, la polvareda que flota  vacilante refleja la luz del sol regalando colores mustios.

Sin embargo, el inicio fue diferente. Mientras la oscuridad se retiraba para su reposo diario, las nubes semejaban crema volátil para afeitar arrojada al aire jugando alegremente; batida al descuido cubría discontinuamente la superficie inferior de un espejo colgado del cielo. Columnas de humo se deslizaban horizontalmente barriendo superficies pulidas, regalando canales irregulares de profundidades sin medición. Desde el borde oculto por árboles alineados al costado de calles alargadas por el sueño, se distinguía el resplandor granate claro de las hogueras permanentes. El aire subía desde brasas cuidadas hasta golpearse contra la cubierta transparente suspendida desde alguna claraboya escondida. 

Y subiendo hacia el cenit los colores se opacaban. Disminuían en intensidad, se arropaban bajo colchas densas de humedad. Salpicaduras producidas por un pincel travieso y por otro disconforme, producían una sensación de movimiento irresoluto que se contradecía con una observación meticulosa. Caminantes desconocidos dejaban su marca de pisadas despreocupadas en hondos hoyos que interrumpían la superficie.

Observadas las nubes con detenimiento era posible adivinar el presente inmediato. El aire horneado en una fundición incansable, mantenida a fuego de cocción lenta se elevaba hasta el borde superior de las columnas jónicas que sostienen la bóveda celeste. Uniformemente se diseminaban, iban ocupando sin pausa cada espacio que  descubrían. Iban uniformando temperaturas para llevarlas al máximo pronosticado. Imprevistamente dejaron de lado su táctica de agresión dirigida y sorpresiva. Cambiaron su acción de ola barriendo obstáculos imprevistos por la de la marea que centímetro a centímetro va subiendo hasta cubrirlo todo.

Y la ciudad resignada, contagiada, no lucha. Ha decidido dormir ignorando los calvarios, Ojos que no ven corazón que no siente. Y colgando el cartelito con el refrán garabateado en la puerta de su morada («No molestar») , se abandona a la protección del sueño que obnubila los sentidos. Hoy no protegerá a sus habitantes, no emitirá alarmas silenciosas, no repartirá ungüentos reparadores, no distribuirá protectores solares.

Las calles son recorridas por ausencias. Por fantasmas errantes que buscan la oscuridad cómplice. Aquella que les permita pasar desapercibidos. Inadvertidos en su deambular. Son los restos de un fin de semana encerrado y acorralado por edificios. Son los despojos de bebidas frescas que se diluyeron en gargantas ansiosas, calmando vacíos de palabras huecas. Son las evidencias sobrevivientes de ondas circulares, interminables de mates compartidos en conversaciones que nadie recordará al otro día. Son las sombras de personajes que pasaron horas sentados en cordones que acordonaban calles sin tránsito.  Personajes alejados de todo porvenir, abandonados a su repetición.

Y recorren la ciudad vestida de lunes los que  se animan a salir luego de un descanso interrumpido por golpeteos suaves de aire caliente. Que hace surgir gotas de sudor recorriendo pieles ansiosas de humedad. Despertares demorados precisando de duchas refrescantes y vitales, que despejen el sudor al dormir y lo reemplacen por una fina película, desalojando la humedad transpirada. Recorren pasos ya dados anteriormente, imitan pisadas sin marcar en veredas enmohecidas durante noches de humedad asfixiante, buscan con ojos adormilados la diferencia entre cada instante, tratan de reconocer señales que presagien un cambio, se ilusionan con avisajes de nubes anunciando frio que no pasará.

El cielo se va ocultando tras nubes más espesas. Un gris oscurecido expulsa los demás colores. La esperanza se instala sobre una ciudad que ignora a sabiendas los posibles cambios en el clima. Los ánimos se renuevan.