13/12/2012 Día demorado

13/12/2012 Día demorado

Demoras. Es un día vestido de impuntualidad, con retraso en las rutinas, en las obligaciones y hasta en las sorpresas. Los ventanales son abiertos para recuperar algo de la frescura que se generó durante la noche. Son grietas cuadradas en la pared vidriada renovando el ambiente estático, encerrado, contaminado, residual de la jornada anterior laborable. Por más que el aire acondicionado se empeñe en hacernos creer que se respira sanamente mientras se cumplen las obligaciones diarias, no es así. Se inhalan partículas que ya  fueron respiradas por otras personas, compañeros, intrusos, pasajeros indescifrables. Es un proceso circular  que se agota cuando el último empleado abandona la vasta oficina y apaga la luz señalizando el inicio del descanso diario.

Y en ese momento comienza el procedimiento que desembocará en la mañana siguiente. El aire se mantiene denso, congestionado, estático, atascado; aguarda que la temperatura se estabilice para poder moverse, que los huéspedes cotidianos dejen de aportar temperatura al ambiente tabicado herméticamente. Y el tiempo se desliza hacia la oscuridad. Seres solitarios errantes, se apropian silenciosamente de espacios antes bulliciosos. Poco a poco van empujando a las moléculas indiferentes en círculos espiralados, rodean escritorios y separadores de fórmica blanca. Moléculas que danzan espasmódicamente hasta el agotamiento arrastradas por fuerzas indefinidas. Y poco antes del amanecer se desploman una sobre otra formando capas horizontales densas.

Al abrirse la primera puerta en la mañana, pugnan por salir en tropel, pero la somnolencia provoca atolladeros en la abertura impidiendo el paso hacia la libertad. Solo al entornar la primera ventana, se provoca una avalancha inmediata, como un pasadizo vidriado hacia el exterior. Se produce el fenómeno de la renovación ambiental.

Y junto al aire virgen, renovado, todavía no respirado por las personas que ocupan las oficinas ingresan también los sonidos callejeros. El oído atento filtra y compara. Presta atención y permite al cerebro establecer alegorías, comparaciones, extrapolar fenómenos inmediatos. Ruidos llegados desde el exterior opacados con sordina corporizan imágenes de autos escasos, de motos ruidosas. De ritmo muy lento, muy discreto. 

Es que la ciudad demoró el despertar. Alteró su costumbre de inaugurar el día con el amanecer. Se revolvió inquieta en su lecho de magma adaptado a la superficie y auscultó el ánimo general. Observó como jóvenes recorrían sus calles con botellas ausentes de líquidos, muchos exhibiendo pies descalzos, camisas arrugadas, polleras descuidadas. En grupo compactos cuchicheaban reviviendo la experiencia que acaba de finalizar. Sentados en círculos irregulares se obsequiaban con facturas recién extraídas de hornos laboriosos. Recostados en bancos armados en suelos de plazas verdes de humedad, se dedicaban a inmortalizar el momento para olvidarlo al mediodía.

Pero no están solos. En bares sumidos en la penumbra, soñadores empedernidos que no abandonan la costumbre abonada por años, interrogaban a tazas de café estáticas por la felicidad escamoteada por días soleados. Por futuros previsibles moldeados a bases de quimeras imposibles que chocan contra la realidad. Sin respuestas satisfactorias se sumergían en interrogantes que no llegaban a plantear, a articular interpelaciones al destino y que nunca serán tomadas en cuenta.

En las encrucijadas se mezclaban sueños inconclusos con celebraciones exhaustas. Sombreros de alas gaseosas con sombreros de danzas estereotipadas. Ilusiones con sensaciones. Proyectos y utopías con residuos de música estridente y calzados demolidos. Y el amanecer les permitía trenzarse sin mezclarse. Observarse sin asombrarse. Detenerse y medirse sin discriminarse. Hasta saludarse en lenguajes diferentes pero comprendiendo los signos intercambiados

Y el sol fue un aliado imprevisto. Resguardado tras edificios altos, tras copas de árboles profundas, tras carteles levantados sobre azoteas maltratadas, fue casi una caricatura ingeniosa. Sus rayos agotados por el esfuerzo de los días anteriores se deslizaban en suaves pendientes trazadas en el vacío. Con recorrido frenados por una débil bruma, exhalada desde cuevas subterráneas por grifos hastiados de soportar un calor infrecuente. Soñaban con mundos perdidos, plenos de fantasías y carentes de mezquindades. Recordaban espacios multicolores huérfanos de seres indeseables. Se encontraban nuevamente volando en coreografías nunca antes igualadas:  alas extendidas oscilando parsimoniosamente, garras contraídas acorralando vientos, melenas exuberantes entonando melodías ansiosas de libertad.

Y esa bruma fue creando una protección efectiva. Cada vez más elevada disimuló el límite con nubes frágiles o directamente creó la confusión al simularlas en las alturas. Y por primera vez en muchos días el sol de la mañana no lastimó. Entonces cesaron las alarmas del amanecer. Se alteró el parte de batalla de la hora en que despunta el día, del momento del intercambio regular entre oscuridad y claridad. Del alerta rojo se pasó al amarillo. Un tenue zumbido tranquilizador invadió la ciudad. Detectado el cambio por aves e insectos estos se lanzaron a obtener el alimento de todas las mañanas. La variación en el aire sentida en la piel por los habitantes dormidos logró que se desperezaran y abrieran los ojos encontrando suavidad y calma.

Lanzados a la calle cambiaron el paisaje. Las aceras desprovistas de actividad se fueron llenando de pasos presurosos, de vuelos bulliciosos de aves hambrientas. Las calles recibieron vehículos rebosantes de energía y de sensaciones placenteras. La velocidad del  tránsito aumentó. Los paseantes se transformaron en caminantes activos con destino fijado.

El día está en  marcha.