Y el sol descansa. Exhausto después de llevar a cabo su ataque despiadado, repone energías recuperando la rutina milenaria. Se abandona a su recorrido de siempre,en ese entorno familiar en el que no necesita pensar ni tomar decisiones. Transita por el sendero cotidiano y navega por el cielo escudado tras tenues nubes inmóviles que son testigos de una apacible mañana. Una mañana que se presenta a ritmo de valses suaves y melódicos. Guiadas por batutas inexistentes que barren el aire con benevolencia, provocando brisas frescas renovadas que se cuelan por puertas y ventanas cerradas con descuido. Es una música desprolija escapada de pentagramas de lecturas caprichosas.
El derroche irresponsable de combustible consumido en los días anteriores, cortos pero intensos, es el motivo principal —y único— de que los rayos enviados por el sol reboten hacía el espacio en las nubes que señoramente pastan en extensas praderas incoloras. Son simples haces de luz que sin la energía suficiente se vuelven hacia el exterior en viaje de rumbo incierto. Solamente el brillo intermitente de las hojas sedientas de luz de árboles dominados por los nervios es el único detalle que pone de manifiesto el repliegue parcial solar.
Hace días que los tenses y tozudos enanos se esfuerzan en conseguir carbón mineral, ramas desgajadas, residuos orgánicos, fluidos hechizados y todo material sin uso que les permita mantener el mínimo de actividad del gran horno primigenio. Si el fuego se extinguiera totalmente las consecuencias serían devastadoras para la comunidad subterránea. Recorren pasadizos sin mantenimiento ni cuidados, abandonados que fueron desahuciados en épocas lejanas al perder toda utilidad. Se zambullen en galerías profundas sin explotar por los peligros que revisten, visitan almacenes clausurados, Recogen con perseverancia todo resto, todo gramo de material que les sirviera,
Lentamente van reponiendo su reserva en cantidad todavía no en calidad.
En tanto las nubes relajadas disfrutan de la tregua no declarada pero vigente. Despreocupadamente olvidaron a sabiendas brújulas y compases, liberaron los timones de madera curtida por sales etéreas permitiendo que su itinerario fuera azaroso, que los vientos las arrastraran cruzándose delante de obstáculos, esquivando obstrucciones, chocando contra paredes de aire caliente rezagado de la batalla sin ganadores ni perdedores.
Y caminando por sendas que los pasos inventan en periplos aleatorios, los transeúntes se nutren de los sonidos del universo, de las melodías que se adivinan brotando del fondo de la tierra. Los pensamientos, liberados de un orden estructurado y prefijado, vagabundean por el cerebro descubriendo nuevas conexiones o redescubriendo relaciones ya transitadas y relegadas al olvido parcial. Rebotan de neurona en neurona, inauguran sinapsis, provocan nuevas, inauguran otras, trazan laberintos insospechados momento antes.
La mente también descansa. Observa atentamente pero sin intervenir los recorridos iluminados. Con asombro se sorprende de combinaciones que no había entrevisto. De relaciones fantásticas que dibujan figuras coloreadas en la selva profunda de neuronas interconectadas. La mente queda hipnotizada por movimientos circulares, espiralados que se marcan y se olvidan. Deja de ser el cancerbero meticuloso que filtra emociones y percepciones. Deja descansar la guardia pretoriana de rígidos controles preventivos y permite que el cerebro sea el gran repositorio de la realidad circundante. Vibraciones espasmódicas, sonidos dodecafónicos, figuras impresionistas, deformaciones espacio-temporales. Y el cerebro acusa el impacto.
Y los pensamientos deambulan irresponsablemente. Colisionan con paredes de laberintos preexistentes, buscan la exteriorización que los libere del ostracismo y le aseguren un mínimo de eternidad, que le regalen un momento de perdurabilidad, que se transformen en ideas y sean guardados en el depósito general del que se alimenta el razonamiento.
Y los pasos se sucedenn unos a otros. Y los pensamientos se suceden unos a otros. Y viven autónomos. Y el universo se desploma en el interior profundo del ser. Y el cuerpo se estremece bajo la batuta de la naturaleza omnipotente, exuberante de potenciales. Y el peatón es solamente el material en que se manifiesta la vida. Y la mente deja de ser el timón del viaje del amanecer para darle lugar a un timonel aturdido por sensaciones fascinantes. Y los mapas se confunden amalgamados y mezclados en forma caótica sin orden aparente.
Y las nubes se descuelgan en forma de caricias suavizadas por gotitas indescriptibles y acompañan el deambular de los habitantes ciudadanos, que absortos disfrutan de esa libertad que recién amanece. Se confunden con una modorra testaruda, no saben que por instantes han eludido la dicotomía existencial y se encuentran meditando naturalmente sin restricciones ni condicionamientos.