Lunes. Día mítico circular. Comienzan dietas, lecturas postergadas, encuentros con amigos furtivos, empiezan abandonos de vicios perjudiciales —fumar, beber—. Se arremete contra perdones imposibles de cumplir y de hazañas que caducan antes de comenzar.
Pero salpicado entre tanto lugar común queda el recuerdo de la flecha del tiempo en un festejo, en una reunión que dejará su hito molecular en mi historia. El día del niño. Percatarse con asombro de las marcas de crecimiento de los nietos. Espectador privilegiado de poder notar cómo el cerebro se va amoldando, flexibilizando, creciendo. Como el razonamiento va dejando su inactividad y va llenando los espacios de conductas.
Como las palabras crecen desde su mar embravecido de sensaciones sin tamizar, trazando surcos en las neuronas que en el futuro serán su paradigma para interpretar el universo. Es un privilegio descubrir junto con ellos palabras que denominan otras cosas, imágenes y sonidos. Ellos son dueños de otra realidad, mucho más rica que la nuestra, más flexible, más misteriosa y simple. Fantasmas y monstruos que avanzan desde el límite con lo visual, superhéroes que vuelan y aparecen de golpe para alcanzarles una sonrisa. Amigos invisibles que lo ayudan en la construcción de carreteras serpenteantes entre colinas de arenas. Sonrisas cómplices de pequeñas transgresiones a las indicaciones maternas y paternas. Palabras con sonidos extraños, inventos de sílabas para elementos que no tienen bautismos orales.
Pero vayamos al cielo salpicado de colores normales y matices extraños. Predomina el gris, luego el celeste y por último ese híbrido matinal entre rosa y anaranjado. Hoy hace frío
Esta mañana el espectáculo está en las formas de las nubes. Ráfagas de lava helada de norte a este. Arrojadas desde las calderas descuidadas de las brujitas que dejaron sus escobas aerodinámicas descansando después de un arduo trabajo de preparar hechizos y embrujos. Que suben hacia el cenit ocupando franjas horizontales de orillas irregulares, variables, caprichosas en sus recorridos.
Y los matices provocan que el rosa abandone el palco y el naranja sea más naranja y se acerque al bermellón antes de ser absorbido por el gris. Y a medida que el sol deja su descanso nocturno adorna la parte inferior de las nubes con llanuras inversas coloridas, ausentes de vegetación.
Y ahora las nubes son todas naranjas. Con todas las tonalidades posibles. Ya no quedan grises. Es un fuego que se extingue, rastros de llamas, brasas tenues que se van enfriando. Restos de fiestas fáunicas descansando en el tiempo. Todo se ha detenido. Todo se ha congelado. Todo es ahora, solamente ahora. Aurora de parejas de pájaros que dejan su marca fugaz entre las sombras sombrías de los edificios y contra el naranja de las nubes en retirada.
Y ahora son amarillas, ocres de arena mojada contra el sol que se deja desear y no irrumpe. Detenido, absorto por el espectáculo.
Si, amarillas de rosa pálido. Nubes finitas que dejaron sus adornos hace unos instantes. El canto del cisne del amanecer. Todo listo para el comienzo de la sinfonía inconclusa del avasallante sol que se prolongará hasta el ocaso. Nubes concentradas, expectantes aguardan en sus palcos privilegiados los primeros acordes. Semejantes a una legión de honor desprejuiciada de formalismos y gallarda en su aspecto.