13/06/2013 De virus obcecados

13/06/2013 De virus obcecados

Las luces amarillas engalanan el negro parpadeando nerviosamente. Son crustáceos diminutos colgados de las paredes de cavernas profundas, olvidadas por la superficie, abandonadas de la luz, huérfanas de claridad. Son espacios que se agrietan en rocas inmóviles. Penetran abriéndose paso a base de detectar debilidades en las paredes, trazan senderos caprichosos, inyectan aire fresco de mares eternos. Permiten que la vida supere límites, que llegue un poco más allá.

Son las luces rojas traseras de los coches las que distraen la atención somnolienta del responsable del mangrullo. Un toque de atención en movimiento alterando la ausencia de sonidos, de pobladores, de visitantes. 

Ya la oscuridad se va disgregando. El manto en el cielo se va iluminando y queda una sola sombra recortada en la superficie. Polígono irregular de miles de lados que encierra el negro dibujando líneas rectas por construcciones regulares. Toda una paradoja de la perspectiva que se agota en observaciones de alondras recién llegadas.

Y la arena, arrastrada por brisas sin fuerza, pinta un horizonte que abandona la línea recta y se transforma  en curva cóncava. Porque debe haber en otra dimensión una ciudad que sea réplica de ésta. Pero asfixiada por un desierto hambriento de oasis, dispuesto a engullir todo lo que encuentre a su paso. Y arroja arenisca sin escatimar. Para que convertida en proyectiles de dudosa efectividad ablande las resistencias de las defensas urbanas. Nubes de polvo casi invisibles, agujas de acupuntura que frenan antes de tocar algún nervio. Cosquillas molestas que laceran la piel, produciendo molestias por la cantidad, por la abundancia.

Por algún fenómeno no descubierto todavía, se ha producido una brecha entre ambas dimensiones; un gusano vacío que las comunica, un conducto irregular, sinuoso que permite intercambio de objetos. Y las fronteras se confunden. Y las municiones con que el desierto agresor rocía el paisaje urbano, caen sobre la otra. Que absorta no llega a explicarse lo que está pasando. Y los pájaros trazan insólitas parábolas, esquivando objetos que como minas colgadas de dirigibles, disfrazan el aire como capas de mantas y alfombras robadas de Anatolia.

Y un poblado que estaba casi en invierno, se convierte en otro casi en verano. Cuando estaban condicionados para invernar se encontraron recorriendo senderos para arribar a orillas de arroyos vestidos con largas bufandas de flores veraniegas. Debieron adaptarse, reprogramando funciones básicas predeterminadas para esta época. Y otros no se adaptaron. Los resfríos y las gripes descartaron todo cambio. Ignoraron la ausencia de temperaturas gélidas, desdeñaron el regalo de días templados y acogedores. Y tercos desataron el pánico. Porque los organismos humanos no estaban alertas, habían menospreciado la tozudez del enemigo. Creían que el verano extrapolado sería una barrera contra las pandemias. Que no tendrían espacio ni tiempo para desarrollarse.

Pero no. Ellos se guían solo por el calendario, por su ciclo anual. Desoyendo pronósticos, sin prestar atención a temperaturas, humedades o rayos solares. La compuerta que los contiene funciona como un reloj mecánico, inmune a influencias externas. Y si se debe abrir para una fecha determinada, así se hará. Sin importar nada más.