12/12/2012 Bostezo

Bostezo. El amanecer fue un lento y prolongado bostezo. Relatado por los pocos distraídos pasajeros de la mañana que detectaron el fenómeno. Presintieron un abrir de mandíbula ciudadana descomunal entre las calles pavimentadas. Al principio sintieron que el suelo inhalaba sin inhibiciones. El aire, ya sufriendo los embates del calor, ingresaba por desagües, por grietas transversales, por hormigueros clausurados, por fisuras que se adentran hacia las profundidades de tamaño indescifrable y colores densos y oscuros. Todo era aplastado contra el suelo con una fuerza imperceptible. Cualquier vía era buena para permitir el proceso completo y extenso.

Y luego de unos segundos en los que el tiempo quedó suspendido, azorado por la manifestación de hastío de la ciudad, se produjo la exhalación incontrolada, sorpresiva. Siguiendo el mismo camino hacia el exterior el aire ahora retornó a la superficie. Más sabio, con mensajes a difundir en las primeras horas del día.

Entre las dos acciones el aire se perdió en las venas interiores de la ciudad. Corrió por las galerías misteriosas que encontró a su paso y que permanecían en su olvido. Se entretuvo en los espacios oscuros. En los subterráneos de la ciudad, en pasadizos intrincados semejantes a oscuros laberintos sin paredes. En callejones nunca transitados por seres vivos, resguardado de cualquier contaminación sonora, visual, olfativa. En profundos corredores que giran continuamente y sin señalizaciones a derecha e izquierda o repitiéndose en una serie armónica sin coeficientes definidos. En esa maraña intrincada de hilos que se cruzan y se eluden, el aire inhalado y exhalado fue aleccionado por los sabios guardianes de las profundidades.

Le mostraron escenas pasadas de historias archivadas, escenarios posibles para los próximos días. Le advirtieron sobre los métodos que posiblemente emplearán los sitiadores para transformarlo en un arma temible. Explicaron las leyes naturales que convertía a los comportamientos inexplicables, en conductas racionales que obedecían a causas conocidas. Resaltaron su imposibilidad de rebelión, de burlar a su destino desarrollando acciones evasoras y liberadoras. La fatalidad de su ser es la dependencia absoluta de factores externos a él. Temperatura, presión, convección y muchas palabras que no entendió o no quiso comprender.

Porque el aire, esclavizado desde los orígenes es solo una manifestación de los demás. Llegado a este punto recordó historias que juglares trashumantes escribieron en su espalda carente de superficie, con palabras rimadas en mil lenguajes diferentes. Se trata de relatos fantásticos de rebeliones ciclópeas, arietes formidables construidos con esfuerzo para atacar designios caprichosos de dioses vengativos, flechas humeantes que atravesaron costumbres ancestrales para evitar la repetición cíclica. Y desde el fondo de sus partículas trascendentes, de esas que la acompañan desde siempre brotó un grito angustiante y liberador.

Se recordó con ira transformado en vendaval. Recuperó su figura de benefactor transformado en suave brisa reparadora. Se vio ciclón girando sobre el mar y arrojando destrucción para que la vida continúe. Encontró imágenes de vientos empujando nubes rebosantes de agua para aplacar sequías. Se enorgulleció de su suerte, se fortaleció en sus convicciones. Tomó conciencia del papel  que debía y podía cumplir.

E irrumpió silbando en la superficie. Se disfrazó de mensaje. Garabateó advertencias ordenando moléculas. Las vistió con colores claros, le regaló murmullos en cada idioma que conocía. Y partió. Recorrió todo el espacio disponible y que estaba a su alcance. No discriminó edificios, calles o monumentos. Se coló por puentes y penetró en autos. Se transformó en advertencia activa.

Y la ciudad se tomó un respiro. Y él —el aire —se dispuso a observar los resultados de su estrategia. Había liberado su optimismo depositándolo a horcajadas de un viento rejuvenecido. Le quedaba el aguante diario previsto en pronósticos previsibles. Y atento, se dedicó a examinar los acontecimientos sin intervenir directamente.

Los seres de la noche buscaron presurosos su refugio habitual, no el más cercano si el más cómodo. No dejaron vestigios de su accionar, borraron toda huella delatora. Escondieron sonidos festivos, bebidas desparramadas, sombreros no usados. Salieron de senderos intrincados y se sumergieron en florestas de cemento geométricas y pasivas.

Las calles se abrieron a los autos acostumbrados. Pero estos no salieron. Excepto unos pocos que automáticamente, acostumbrados día a día a la misma rutina, abandonaron su dormitorio protector. En los caminos asfaltados la mayoría son vehículos de dos ruedas, motos, bicicletas, motonetas, ciclomotores. Son guiados y escoltados por colectivos ruidosos y taxis errabundos. Caminantes ágiles demoran su paso sin detenerse. Todos uniformados de ropas claras, zapatos livianos. Prohibidas corbatas, sacos y abrigos.

Todos se asemejan a peces migratorios que se auxilian de corrientes marinas, a aves majestuosas que planean montadas en corceles aéreos minimizando el batir de alas planeadoras. Van identificando pequeños remolinos de aire fresco que se escapan de sótanos húmedos, de puertas abiertas que permiten que se escapen bocanadas de aire enfriado o removido dentro de habitaciones privilegiadas. Y como juegos de computadora los van atrapando con su piel sumando puntos imaginarios en su placer.

Se agregan autos atrasados. Pero no trasladan su prisa a la velocidad. No los transforman en gritos iracundos de protesta. No los convierten en maniobras imprudentes. Tratan de pasar desapercibidos, invisibles e indetectables a los rayos solares. Se ilusionan con que el aire hostil del verano que no comenzó los ignore.

No hay señales de actividad. Solo pesados camiones de transporte de materiales de construcción trajinan estacionados pegados o subidos a los cordones. Descargan metódicamente su carga con grúas instaladas en su estructura o son caminados por columnas de pies de safaris cargadores. Interrumpen el tránsito pero a los demás no les interesa la demora en que incurren involuntariamente. Se detienen a observar el movimiento ajeno. Se alegran y felicitan por no participar del desembarco programado y organizado que alimenta obras de edificios que crecen.

Sin saberlo todos participan de un plan de aguante de calor pergeñado en un instante de percepción y acumulación de experiencias exitosas anteriores y concretada con un simple bostezo de la ciudad preocupada por sus habitantes.