12/11/2012 Lunes reiterado

Lunes. Gris. Estereotipo del día que inaugura la semana, está calcado de otros lunes grises de amanecer repetido. Todo es uniformidad en el cielo cubierto de nubes. Un techo cercano sin fisuras, solo se destacan pequeños matices provocados por nubes más bajas. Nada más.

Y las venas abiertas de la ciudad son recorridas por un flujo sin pausa de vehículos ordenados. Circulan en filas rectilíneas y desordenadas esquivando en forma automática los recovecos de las calles más oscuras de lo acostumbrado. Sin adelantarse, sin apresurarse. Respetan las luces de semáforos que continúan su ritmo tri acompasado y permiten que los peatones distraídos crucen de una manzana a otra sin temor, sin precauciones.

Se destacan los sonidos de ruedas gastando el asfalto que rebotan contra edificios también despreocupados. Todos se encuentran expectantes de que algún dios profano entrometido se decida a dar la orden de partida de la semana. Que indique sin dudas el comienzo de actividades, que trace la línea divisoria entre fin de semana de descanso y días laborales.

Porque los lunes son cada vez más remolones. Nacen entre las sábanas ya desechadas del domingo. Son arrastrados por jugosas anécdotas de sábados sin programar. Son llevados por el viento de la historia personal y por las aspiraciones  anarquistas de cada individuo de erigirse en personajes únicos dentro del entorno donde viven. Se esfuerzan por ser diferentes a los otros, a los que lo rodean, pero sin sentirse fuera del grupo al que pertenecen. Luchan por lograr que sus pares le reconozcan su esfuerzo por mejorar, por ser un engranaje destacado en el mecanismo holístico.

En esos lunes todos iguales a sí mismo hay abuelos de barba inexistente que le descubren a sus nietos caminos inexplorados. Hay padres de andar belicoso que bajan nubes de fantasías para transformarlas en cometas de colores que abanderan el cielo. Hay hermanos mayores que alargan su mano un poco más experimentada abriendo ventanas sin filtros que revelan realidades no contempladas. Hay parejas que se suben en góndolas de casco indefinido para surcar canales compartidos de sorpresas.

Y la lista continúa.

Porque como diría Prevert  “ de dos cosas días laborales la otra es el fin de semana” o “de dos cosas obligaciones la otra es disfrutar”. Y podríamos seguir. Lo cierto es que de la rutina semanal —ese conjunto sin forma de las obligaciones diarias, de el cansancio acumulado, de las rutinas que creamos para protegernos—  pasamos al fin de semana con tiempo para despilfarrar el sábado a la mañana, con tiempo escaso el domingo a la noche.

En ese lapso primero abordamos un bote sin timón arrojado al torrente el sábado a la mañana. Nos quedamos el domingo a la noche con los restos deshilachados de un volante estático perteneciente a un carruaje agotado después de dos días de recorrido incierto. Hemos compartido segundos que se suceden vertiginosamente el sábado a la mañana. Hemos convivido con horas que se deslizan en un alud imposible de detener el domingo a la noche. Hemos consultado con brújulas descompensadas el sábado a la mañana. Hemos descartado planos tediosos de geografías míticas que reflejan desconsolados lo hecho el domingo a la noche.

Y el lunes nos golpea sin miramiento. Con su carga planificada de compromisos asumidos en épocas de debilidad, de imposiciones de terceros aceptadas en momentos de incertidumbre, de responsabilidades contraídas en encrucijadas sin libertad.

Y el gris que refuerza la sensación de recomenzar desde el mismo lugar. Y buscar en los recuerdos herramientas que permitan diferenciarlo y obtener un principio de semana distinto. De poder por primera vez elevarse y recorrer en equilibrio inestable los bordes de nubes imprecisas. De lograr sentarse cansadamente en el cruce de caminos conocidos y dudar sobre cual es el apropiado para recorrer los días siguientes. De tener la audacia para mecerse al compás de la brisa del amanecer y  descubrir un atisbo de arco iris en la uniformidad del techo. De encontrar la claridad suficiente para identificar los instantes que se persiguen uno a uno sin alcanzarse nunca.

Los lunes grises no son para revoluciones inconclusas ni para rebeliones espontáneas.