12/10/2012 Aves heráldicas.
Sol. Instalado definitivamente en su espacio privilegiado. Rodando. Girando respetuoso por el circuito obligatorio de las vías trazadas en el comienzo de los tiempos por ingenieros ignotos, anónimos. Los rieles fueron instalados de acuerdo a los planos originales con paciencia estelar por obreros de uniforma amarillo-naranja en noches inmensas sin fin —en realidad una sola noche con duración infinita—. El tiempo tal como lo conocemos hoy no existía. Ni días, ni horas, ni minutos, ni nanosegundos. Todo lo que conocemos, todo lo que la humanidad disfruta, todo lo que teme fue diseñado y creado en el mismo instante en una explosión primigenia. El sol tardó en aparecer tras las cortinas del escenario. Fue un estreno —sin música, sin parlamento solemne y sin invitados— de su reino evolutivo y trascendente —por lo menos para nosotros.
Y es tal la prisa del sol por comenzar a tener vigencia, tal su alegría por estar, por demostrar todo lo que es capaz de hacer que en su desborde emocional destruye en forma involuntaria a varios posibles planetas. Por su ímpetu irreflenable arruina el plan inicial desestabilizando las condiciones para generar vida tal cómo estaba previsto originalmente.
E la actualidad es diferente, se ha domesticado. Adaptado a su papel. Ya no es el desborde, hoy es el responsable del equilibrio. Sabe dosificar sus energías, ha aprendido a distribuir su poder para beneficiar a todos.
Hoy en el tercer planeta —la tierra— representa y participa en su logro más sofisticado.
A pesar de las nubes soliviantadas, de los enemigos nocturnos provenientes de leyendas órficas y egipcias, de los mitos de resurrección y muerte él no necesita revivir ara consolidarse, él no necesita creer en milagros. Él simplemente está. Cómo lo está su razón de ser. Cómo lo están sus trayectos programados hasta su extinción por matemáticos sobrios de barba entrecana y figuras desconocidas.
Hoy, una sinfonía pastoral acompaña su (re)aparición cotidiana festejada y anunciada por anticipado, heraldos chillones de cantos ancestrales salieron presurosos y exultantes a anunciar la proximidad de un nuevo ciclo muy corto, tal vez de días. Las aves recorrieron distancias cortas, trayectorias de curvas no euclidianas buscando los refugios donde los habitantes nocturnos se olvidaron su sueño. Con cantos alternados por alegría y alerta, golpetearon en cada refugio inaccesible. Con trinos desencajados por los nervios advirtieron que ya venía el amanecer, y que ellos —los restos de misterio y fiestas alegrosas— debían guarecerse. Que pronto serán barridos por temporales de luz. Que el diluvio de luminosidad estaba arrasando ya las orillas de la frontera dinámica luz/sombra. Y no se detenía, al contrario aumentaba su caudal y poder.
Y las aves, son dibujantes desprolijos señalando sus sendas con sus vuelos. Luciéndose en cada canto. Haciendo de su gorjear la diferencia individual. Cada vez más alto en intensidad, cada vez más grave su tono, cada vez más agudo su tono. Los transeúntes, los que van y los vuelven, sentado en el cordón de la vereda o desperdiciando suela de los zapato, mantienen los ojos cerrados a toda visión irreverente, los oídos ignorantes de todo ruido extraño. Aislando solamente el canto acumulado que brota de lo pico sedientos de alegría. Y el concierto se transforma en hegemónico. De director anónimo. De compositor enigmático. Solamente los intérpretes son visibles. Haciendo de su lugar durante el vuelo el tono de su canto, de su velocidad la intensidad de los agudos, de sus piruetas la armonía de su interpretación.
Una sola romanza brotando melodiosa del espacio amanecido. Solo un homenaje respetuoso y alborozado a la vida profana, el amanecer mantiene su rutina empujado por el sol.