Leer análisis por IA
El techo de la ciudad se viste de desierto. Apenas sobre el horizonte crece una tenue franja de de color cremita. Una tenue y volátil vincha en lenta subida sobre edificios identificados por sombras muy oscuras tratando de colonizar terrazas adormiladas. Las calles son desfiladeros sinuosos que no reciben la luz en sus profundidades —todavía— las empinadas paredes laterales sin ventanas abiertas a la intemperie, sin fisuras en sus lados de cubos alargados que los convierten en cajas de zapatos verticalizados. Retazos de sábanas grises, descuidadamente desparramadas sobre una cama inimaginable que se cuelga desde el cielo. Somos apenas calzado olvidado en la noche que esperamos aburridos el alba. En la vigilia inesperada levantamos la vista y nos asusta la cercanía de la tapa posterior. Aunque podamos ver a través de ella y sepamos que más allá se encuentra el infinito festejado por estrellas lejanas. Una sensación de ahogo nos invade, nos sofoca, nos apabulla.
Entonces nos levantamos del colchón, que pugna por encadenarnos, de un salto, eludimos la trampa de nuestra mente y nos lanzamos al sendero rebosante de sueños rumbo al amanecer. Las ventanas son cuadros impresionistas que nos obliga a buscarle significado a través de nuestros filtros. Filtros de resistencia suave a esta hora, adormiladas barreras que flexibilizan sus exigencias y permiten sorpresas.
Y las nubes fláccidas dejan de ser rebaños de ovejas para transformarse en multitudes buscando fantasías extraviadas. Caminan sin reconocer caminos.Se alejan de parajes conocidos. Recorren tiempo y no espacios. Deambulan por parajes que ya transitaron, Visitan paisajes que vislumbraron otrora. Se reconocen. Buscan afinidades y se juntan con la esperanza de encontrar ilusiones comunes y compartirlas. Enarbolan la esperanza de trocar silencios en palabras, de sentirse acompañados en la soledad, de disolver angustias en aguas de comprensión. Cambian de grupos, no se rinden, se resisten a la disolución. En esa búsqueda etérea son encandilados por rayos edulcorados de un sol que emerge luchando contra nubes y distancias.
Ya no vemos ovejas pastando en el cielo. Son rebaños humanos reflejando el paisaje ciudadano. Y nos alejamos de la ventana. La revelación ya impactó en cada uno. Con el ánimo transfigurado elegimos las prendas a vestir. Optaremos por colores o grises, por bufandas protectoras o tules que adornen, por zapatos formales o mocasines, por sacos austeros o suéteres desprejuiciados, por abrigos sobreprotectores o camperas ligeras, por poleras que oculten cuellos o escotes provocativos.
Pero debemos apresurarnos y abrir la puerta sin vacilar y emerger. Los colores brillan efímeramente. Las nubes ofrecen sus formas voluptuosas solo unos minutos, las sombras bailan solos individuales anunciando su despedida diaria. La música que cada uno selecciona después de los sueños suena y se desvanecerá rápidamente sofocada por el rumor de fondo de una ciudad que amanece.
Porque junto con la noche se alejan por unas horas los carros alados.Van cargados de pesadillas inapropiadas, de sueños indeseables. De angustias alimentadas durante noches de insomnio. Dan lugar a la vida. Las que no son recogidas se transforman en fantasmas y espectros, en duendes y elfos, en imaginarios personales que acamparan todo el día junto a nosotros. Persiguiéndonos, jugando, transformándose en oasis frente al desierto de la rutina. Abrevando de palabras calladas y de silencios vociferados.
Las calles se alimentan de posibilidades. Somos nosotros los que debemos trazar un nuevo derrotero para el presente, un recuerdo para el futuro. La ciudad nos espera, el sol guerrea en las alturas, las nubes son blancas, espuma de nieve que nos brinda protección.