Tregua. Banderas blancas sin forma definitiva jalonan el cielo. Se extienden a intervalos irregulares en zonas visibles para los sufrientes de las últimas jornadas. Es la señal aguardada por los sufridos habitantes asediados por temperaturas propias de desiertos extremos. Hay un aplazamiento unilateral de los embates sin pausa que se desplomaron sobre los moradores de la comarca castigada.
Cómo testigos fiables de la acción sin misericordia de la estrategía con el claro objetivo de la demolición, quedan como secuela las evidencias de incendios etéreos provocados por rayos impúdicos, carentes de piedad. Proyectiles que circularon impunemente por senderos colgados del cielo, que se descargaron sobre las casas amontonadas una sobre otra. Manchas grises, sucias de hollín se ofrecen como testimonio de una batalla épica, que se repetirá a corto plazo con los contendientes recuperados del esfuerzo que dilapidaron en una lucha de final previsible y calculado.
Porque hasta los dioses deben rendirse ante las leyes establecidas y promulgadas apenas desencadenado el big bang. Un acontecimiento ocurrido miles de millones de años atrás, una medida inventada a escala humana utilizada para estimar duraciones de tiempo a escala no humana. Sin embargo no permite comprender la magnitud del tiempo transcurrido. Siempre fue un inconveniente el infinito, como captar su esencia, como arrojarse a sus brazos sin enloquecer. La mente le escapó a los absolutos, trató de relegarlos a un plano distinto inventando mil argucias que impidieran la locura o el suicidio colectivo.
Pero volvamos a la narración, en algún momento reflexionaremos sobre seres intermedios, engranajes encadenados sin fin o simplemente negación razonada. Hoy no e el momento indicado.
Nada ni nadie puede evadir o burlar la jurisprudencia establecida en ese instante de creación. Tampoco se puede invocar desconocimiento. Solamente se permite perfeccionar los detalles de la articulación de párrafos que reglamentan la convivencia dentro del universo. Y en el estado del arte de su comprensión por los humanos de esta parte minúscula de la creación, en el sitial se sientan el equilibrio y la entropía.
Sujetos a estos principios, los asediadores debieron tomarse un respiro. Gastaron demasiado ímpetu en sus ataques. Consumieron toneladas de combustible gaseoso en sus hornos incansables, como en otras oportunidades los enanos sucumbieron ante un cansancio que se adueñó de su físico, los dragones convocados de su sueño profundo por conjuros indescifrables para esta oportunidad, alargados y finos de colmillos relucientes y aliento de humo de arces milenarios comenzaron a boquear ya que el aire era escaso y fétido. Con reminiscencias de pescado abandonado a orillas de mares sin fin.
De a poco comenzaron a menguar en sus tareas, cada vez eran menos los que sostenían el ataque, cada vez era más reducido el ejército convocado que alimentaba las armas letales reconstruidas para este evento. Lentamente la presión sobre la ciudad fue cediendo. Respetando el principio de entropía, el desorden molecular fue cediendo a una quietud pronosticada y augurada desde el principio.
Los chamanes detectaron las primeras señales de debilitamiento. Atentos controlaban cada variación en las huestes enemigas. Alertas a cualquier modificación en la atmósfera detectaron y luego interpretaron los signos escritos en el aire. Con tranquilidad para no provocar daños involuntarios por el apresuramiento, se dedicaron a redistribuir los integrantes de las defensas al borde del agotamiento. Cambiaron prioridades. Asignaron nuevas tareas livianas, desactivaron guardias estresantes. Fueron relajando la tensión estridente de los últimos días.
La ciudad se estremeció. Se retorció sobre la superficie rocosa provocando alarma en los escasos individuos que lo detectaron. Abrió sus poros a la humedad subterránea y lanzó su plan ya aprendido de memoria para estas ocasiones. Su vibrar se hizo monótono y persistente. Notas graves decoradas con colores vivos y relucientes se deslizaron por paredes, muros, puentes, aceras, bosques individuales, dormitorios abiertos.
La ciudad se llamó a sosiego. Convocó a un encuentro comunitario para recuperar fuerzas. Dibujó sonrisas en cada espacio disponible, dejó en cada lámpara vacante loas de bienvenida para que las reprodujeran ininterrumpidamente. Pidió y obtuvo la promesa de una brisa fresca e ingenua que expulsara los últimos restos de un calor en franca retirada.
Y el movimiento se abalanzó sobre calles y avenidas. Peatones y transeúntes se convirtieron en paseantes. En caminantes que no se distinguían entre nocturnos y diurnos. Que no se diferenciaban. Vestidos para la ocasión de ropas claras, miraban con sorpresa a los desprevenidos con atuendos oscuros. Se cruzaban sin observarse, no intercambiaban palabras. Solo el sonido del aire atravesando hojas sobrevivientes, estoicas. Solo pasos perdidos que automáticamente conducían a destinos prefijados.
Miradas distraídas que reflejaban ojos inquietos y ágiles. Iluminando rostros y estampando muecas de felicidad contenida, de alegrías impetuosa, ansiosa de expresarse. Saben que el camino de hoy los conducirá a comarcas temporales donde la defensa del hogar no sea la prioridad. Tienen tiempo y espacio para abandonarse al disfrute, a gozar de compañías amigables y deseables. A reunirse a compartir charlas intrascendentes, contarse anécdotas épicas de finales imposibles, a intercambiar consejos inaplicables para ser mejores.
Saben que podrán pensar en las celebraciones que se acercan. En la milenaria y ancestral costumbre repetida a través de eones, de celebrar un nuevo ciclo definido durante el instante singular de la creación. Y cuyo ritual se fue adaptando a distintas creencias, diferentes culturas a través de la historia humana. Pero el sentido sigue siendo el mismo. Olvidar las penurias del ciclo anterior, sepultarlas en los recuerdos, tratar de enterrarlas en fosos cavados con las manos en la tierra inmóvil. Sepultarlas bajo juramentos de no reiterar errores, de reconocer peligros y evitarlos, de esquivar piedras que ya lastimaron.
Hoy es tiempo de planificar reuniones, prever ambientes adecuados, construir lugares profanos respetando las epifanías vigentes.
Hoy es tregua unilateral. El equilibrio se hace presente, se manifiesta en cada rincón de la ciudad. Lejos de sus límites el ejército agresor descansa tratando de recuperarse. Pronto volverá a manifestarse. Entonces será ocasión de demostrar la reconstrucción de las defensas, el temple renovado de sus habitantes, la tenacidad de sanadores y reparadores urbanos.