11/10/2012 Escenografía diaria.
La ciudad está casi muda. Solo se escucha el zumbido agudo de los neumáticos rodando obstinadamente sobre las irregularidades de sus sendas. Ausente de sonidos, solo el ruido ambiente llena y complementa los silencios austeros dentro de los universos individuales que es cada mente. Mentes que a horcajadas de hombros resistentes recorren trayectos delineados con anterioridad por los primeros habitantes de los valles que hoy usurpa la ciudad. Se trata de personajes fantásticos de una fantasía olvidada, recuerdos de ancianos que no recuerdan sus historias para revivirlas alrededor del fogón, son anécdotas irreales jamás contadas, tal vez soñadas sin buscarlo. Pero su huella persiste, su presencia aurea sigue escondida tras los relojes oxidados y palabras que se perdieron.
Toda una mitología fundacional que la ciudad atesora en sus entrañas. Y que sus habitantes actuales ignoran.
Una bandada de seres que van descubriendo sus rostros, arremete contra el paisaje descolorido que dejó inescrupulosamente la noche, son los restos de banquetes sin invitación. Son los despojos de obras de arte dibujadas en el aire, esculpidas en cordones cunetas, escritas sobre el agua que se escapa de los baños y cocinas.
Son aquellos seres que todos los días disfrazan el irregular escenario que abandona la noche para convertirlo en la escenografía ordenada del día. Son los seres que emprolijan los tachos de basura usados por músicos nocturnos, de ritmo extravagantes que llenaron de música profana las calles desiertas. Son los seres que acomodan las columnas de los semáforos tricolores que sirvieron de sostenes para luces tenues de calabazas mimetizadas de cabezas inconclusas. Son los seres que barren las hojas perdidas en veredas dibujadas al azar y que fueron goteando y desparramándose en bailes afrodisiacos. Y la escenografía se va completando, aunque algo quedará inconcluso. Alguna reliquia desdibujada en paredes inmateriales.
Pero cuando los habitantes diurnos se lancen a su aturdimiento cotidiano, las fraguas ya estarán con el fuego prendido y la temperatura apropiada, las canillas responderán obedientemente a manos que las zamarrean de derecha a izquierda y de izquierda a derecha sin pausa, sin contemplaciones. Y dejarán que el agua aclare sus gargantas de metal erosionado entumecidas por el frío de la inactividad nocturna. Y los reparadores y también encendedores de semáforos controlarán que las luces sean alternativamente rojas, amarillas y verdes y luego verdes, amarillas y rojas. Que las secuencia se repita sin dudar.
La ciudad se prepara para que al asomarse a su cotidianeidad nadie detecte que está pasando un día único. Sus habitantes deben percibir que este es un día igual al de ayer, y al de antes de ayer, y al de antes de antes de ayer y seguir en una serie lineal que culmina en el nacimiento de cada uno y en el de la ciudad.
Pero somos humanos y estamos vivos. La batalla diaria de cada uno es casualmente transformarlo en un día especial. En un día que podamos bautizarlo, identificarlo y recordarlo en el futuro,