Calendario de hojas aburridas de formato uniforme, invariable, casi un tirano de recordatorios que es mejor olvidar. En una cadena organizada meticulosamente y perfeccionada por siglos de uso monocorde, los eslabones bruñidos se suceden y se trenzan amistosamente. Los eslabones se nombran a sí mismos tomando los nombres de los días semanales. Se tatúan la temperatura máxima histórica que ostentaron un día, seguramente cerca de la media tarde. En otros momentos, en anillos ubicados en las antípodas, se grabaran la mínima. Tratando de diferenciarse y de pasar a la historia, de escaparle al olvido, al anonimato. Aspirando ser singulares, emulan a aquellos que alcanzaron la gloria y a los que denominaron 11/S, 9/12, 5/03. Más modestos, otros prefieren formar parte del calendario en resaltado, como 25 de mayo o 21 de septiembre. Cada año se reúnen para votarse y zafar de ser ignorado.
Y en esa sucesión ininterrumpida, se chocan interpretaciones que se transmutan en paradojas. Cada día es una imitación del anterior que busca ser original, único, irrepetible. Cumple meticulosamente rutinas, coreografías no estudiadas pero aprendidas, gestos iguales a otros que a su vez son iguales a otros. Y al mismo tiempo sueña, se desvive hasta la obsesión por romper el karma reiterativo que le impuso el orden vigente. Y en esa contradicción se embisten contra sus limitaciones.
Porque no depende de él. Es solamente el escenario en el cual aparecen millones de participantes sin invitación representando papeles efímeros y muy cortos. Apenas palabras balbuceadas en imponentes discursos fundadores. Que son exactamente iguales a los anteriores. Se desviven por el ser el palo que traba la rueda infinita. El final anunciado para la generalidad, es hundirse lentamente en las aguas del pasado dejando letras escritas sobre el agua que futuros e inquietos curiosos interpretarán a sus antojos y buen saber.
Pero el sol, sabe de estas cosas, le ha tocado en su reiteración monocorde observar desprejuiciadamente la conducta de todos. Despreocupado de sus responsabilidades al tomar conciencia que una vez estabilizado y con un rumbo cotidiano establecido —no tenía que hacer más que detectar desviaciones— se dedicó a curiosear detalles. Reconoce la necesidad e importancia de la reiteración controlada, del transitar sin sobresalto, de mantener los valores dentro de lo esperado y deseable. Y rota, y gira. Y trata de percibir fluctuaciones. Y cuando está demasiado aburrido las provoca. Es cuando se divierte y a veces se descontrola y genera tormenta de vientos solares. Cambios de vientos huracanados a temperaturas inimaginables que recorren su superficie como manchas de vórtice fueguino. Y escupe traviesamente, salpicando órbitas de sus amigos planetas dependientes. Y satisfecho retorna a su bucólica trayectoria hacia un aleph inescrutable y misterioso.
Cavilando entre las ventajas de reincidir, de reproducirse concienzudamente o de rebelarse innecesariamente, ya que volverá a sus rutinas desatendidas, continúa disfrutando de su paisaje. De recorrer una comarca con sus límites rígidos pero a la vez dinámicos, De escudriñar fluctuaciones y desviaciones con indiferencia. Y de acuerdo a su estado de ánimo las ignora o emite una alarma precautoria. En esa reflexión se percató de la singularidad repetitiva que tan bien conoce por haberlas vivido con anterioridad.
Se reitera el calor que aplasta capas horizontales de aire contra el suelo indefenso. Se acumula una sobre otra incrementando su peso, disminuye su volumen al compactarse. A medida que se desplace por el cielo indiferente, los dedos se dirigirán acusadoramente a él, señalándole su culpabilidad irreprochable. Lo miraran con insistencia, se olvidarán de su tesón y dedicación para que puedan sobrevivir. Quedará en los recuerdos el periplo hacia extremos conocidos reemplazando al equilibrio diario. El día contento por algunas horas, intuye que siempre lo recordarán. Desconoce, por inexperiencia, la profundidad del torbellino del olvido.
Apenas levantado centímetros sobre el horizonte, esos que se recorren más rápidamente en su ritual peregrinaje diario, interpone un suave tul transparente que filtre y amortigüe sus ondas calóricas. Que frenen su velocidad. Que empalidezca su amarillo vibrante. Se escinde tras edificios imperturbables generando sombras alargadas que se adelgazan sobre veredas, se trepan a árboles y se diluyen sobre avenidas rectas de cordones que son guiones en párrafos discontinuos.
Dispuesto a proclamar su inocencia, o a minimizar su responsabilidad, decide ser lo más pasivo posible. Pasar desapercibido. Le brota repentinamente una idea, desde el horno central funcionando a pleno. Si se queda quieto, inmóvil en el lugar que ocupa en el amanecer no incrementará el calor que se desparrama sobre la superficie. Si la temperatura aumenta deberán buscar y encontrar otros responsables, otros culpables. Esa es la solución. Una sombra imitando al rayo fugaz e intempestivo recorrió su cuerpo. Simultáneamente una carcajada lo sacudió. Interrumpir su destino, Desatar la singularidad. Glorificar la rebeldía. El fin. La extinción de su reinado, de su universo. De él mismo.
Superado el momento casi desquiciado recuperó su rutina. Buscó en su memoria conductas correctoras exitosas. Decidió recuperar paliativos. Recurrió a intermediarios, brujos, chamanes, hechiceros, nigromantes, zahories. Les despertó inquietudes, les trajo a la memoria antiguos pactos entre fuerzas naturales. Aquellos límites desdibujados e imprecisos de no agresión y de equilibrio precario que lograron consensuar luego de arduas y cruentas batallas territoriales. Instó, sin que se enteraran, a abocarse a sortilegios, recetas, conjuros en lenguas desconocidas y palabras amigables. En algunos casos abriendo libros de exorcismos en páginas predeterminadas.
El objetivo es despertar a todas las fuerzas que definen el clima. Hacer sonar la alarma sobre un momento de ruptura del equilibrio. De un retorno transitorio al caos de combates perimidos que puede y debe ser evitado, eludido. Entre tironeos desde extremos alejados, la necesidad de la calma veraniega.
(es tal el bochinche de viernes oficinesco que me impide continuar, tal vez lo siga más tarde, o mañana o simplemente quede así. La magia se escabulló hacia el lunes de madrugada solitaria).