10/10/2012 Después de la lluvia

10/10/2012 Después de la lluvia

Verde. Verde es el color del mundo. Verde es el color con que el agua pintó el paisaje urbano. Verde son los murales que se exhiben sobre veredas, limpias de toda tierra depositada con indolencia. Verde son los vacíos que dejan las construcciones invasoras. Verdes son las orillas de aceras de las venas de la ciudad. La lluvia pasó y nos dejó de regalo el verde violento y caótico de la vida. Salpicado por el plateado de los álamos y las manchas furibundas de flores rojas y amarillas diseminadas en los senderos que nos conducen por ese bosque que nos cobija y protege. 

El colectivo se desliza por el túnel siempre igual en su recorrido cotidiano. Pero siempre diferente por la acción del sol de un amanecer que ya es historia. Y las paredes altas de los edificios nos muestra el reflejo de sus rayos, mirada indirecta que permite observar la posición cada vez más sureña, más baja de su aparición diaria en el firmamento. Y las paredes bajas van luciendo sus colores descubiertos de glorias actuales. Porque las casa anodinas, grises, cajas de zapatos ornamentadas al descuido por albañiles transmutados en arquitectos previsibles, tomaron posesión del barrio y se maquillaron de colores. Las pintaron y consiguieron limitar una aldea dentro de la ciudad férrea de construcciones repetidas.

Destronaron la uniformidad visual e instalaron los colores de la paleta del pintor ilusionado. Copiaron y hoy un arco iris recorre junto al colectivo paredes revividas de sueños incumplidos.

El agua, descubrió la ciudad oculta por el invierno, por el polvo, por la bruma que cubre los ojos nunca despiertos. Y caminando por senderos maltrechos de pisos arrugados, se escucha el susurro acallado del viento esquivando hojas fortalecidas por las lluvias. Y los oídos recuperan antiguas estrofas de cantos profanos. De glosas que comunican el renacimiento y sirven de transporte a los sentidos llamados a despertar. A lograr que nuevamente los dioses olvidados —dueños de las fuerzas naturales— gobiernen al mundo,  a que lo transformen en su reino olvidado.

Hasta que el movimiento uniforme, aturdidor se apodere nuevamente del ritmo ciudadano. Y los habitantes del amanecer que no tuvieron inconveniente en desplazar a los nocturnos, asombrados e inmóviles por el paisaje desconocido para ellos, serán barridos sin contemplación por pasos apresurados indolentes, carreras desenfrenadas sin metas, apuros innecesarios fogoneados por la rutina.

Los ciclos diarios se suceden. Hoy diferentes por la lluvia pasada, mañana por el sol que borrará todo vestigio de ella.

Y hoy una mención especial para finalizar. Hace 32 años nacía Cynthia. En una madrugada de asombro, temores, milagros. Hace 32 años sabía que era la muerte, hace 32 años aprendía que era la vida. Hace 32 años las lágrimas eran de alegría, eran de sorpresa desbordada. Hace 32 años me enteraba que era niña. Hace 32 años mis brazos recibían un compromiso con la vida. Hace 32 años se renovaba un compromiso. Hace 32 años se trazaba una línea divisoria. Hace 32 años se levantaban nuevas fronteras. Ya nada sería igual. La vida adquiría otro significado.

El temor es el olvido momentáneo a ese momento singular.