09/11/2012 Tiempo de reparación.

09/11/2012 Tiempo de reparación

El fiel de la balanza climática se despabiló. Abandonó su posición estática en la marca correspondiente a  «calor abrazador» para lanzarse en una veloz zambullida buscando el punto opuesto. Sin paradas intermedias, sin medias tintas: de un extremo a otro y solo podía significar un cambio repentino. Los chamanes así lo interpretaron. Siguiendo los protocolos ancestrales —tantas veces puestos a prueba y perfeccionados a base de golpearse el orgullo con errores y equivocaciones—  paralizaron las tareas de prevención frente a las salvajes oleadas ininterrumpidas de aire casi hirviendo y mantuvieron únicamente aquéllas vinculadas a la remediación y restitución, a la restitución de la normalidad.

La ciudad castigada por el calor asfixiante e inclemente muestra suelos desgarrados por rayos despiadados que se apropiaron de los días áureos anteriores. Lastimaduras transversales surcan los pavimentos. Señales de ampollas sin sanar se distribuyen por la corteza de los árboles estoicamente en pie. Charcos y lagunas urbanas desaparecieron por la fuga de las gotas que se treparon a varillas amarillas que partían hacia el sol. Paredes de edificios descoloridas exhiben todavía rastros del suero protector solar suministrado por los precavidos chamanes urbanos.

Cerca del anochecer —en realidad pasada la medianoche— comenzaron a llegar los primeras señales y fueron inequívocas y contundentes. Desde la zona de la fragua surgieron signos de agotamiento. Los dragones que con su fuego mantenían ardientes las paredes del horno central se mostraron irascibles y manifestaron su deseo de abandonar la actividad. Los enanos que alimentaban el fuego intenso ubicado debajo, se quejaron de la falta de aire que los afectaba y se ensañaba con el sistema respiratorio. 

Lentamente la hoguera fue perdiendo intensidad. Los leños no fueron repuestos. Los fuelles no atizaron con fuerza. El alimento para la fuerza calórica del sol fue disminuyendo. Ya no se escuchó el canto triunfante de las brasas ardientes. Ya no se vislumbró el amarillo intenso casi naranja brillante de las llamas en su plenitud.

La ciudad respiró aliviada previendo el cambio. Pero conocedora de la dialéctica climática, comenzó a prepararse para ráfagas de viento irascibles, para precipitaciones descontroladas de nubes iracundas, para granizo arrojado con furia por tormentas intempestivas.

Y como una cadena obediente y aceitada se desparramó el  alivio benefactor y la histeria pre tormentosa. Los autos recuperaron su vitalidad. Se apropiaron nuevamente de las calles. De un andar agobiado de los últimos días  se pasó a un estado de nerviosismo, a una inquietud nerviosa que dominó el andar despreocupado de transeúntes deseosos de recuperar su rutina. Es ese intranquilo estado que se abalanza sobre la ciudad antes de la arremetida de una tormenta anunciada. Al detectar los leves indicios premonitorios como un acto reflejo crecen las sospechas de un inminente aguacero. Todos se apresuran a finalizar su recorrido, a completar sus tareas pendientes. Adelantan obligaciones y placeres. Buscan refugio antes del acontecimiento. Se guarecen en cavernas inventadas y creadas para enfrentar  la contingencia.

Los transeúntes cambian las mochilas rebosantes de piedras de calor por zapatos livianos, fugaces, que apresuran los pasos. Las miradas perdidas que hasta ayer seguían trazas de rayos de calor, son ahora miradas intranquilas que oscilan entre ver el suelo para no llevarse por delante obstáculos inesperados, y otear las nubes grises tratando de detectar el comienzo de lluvias reparadoras pero amenazantes de abundancia destructora. 

Las nubes desafiantes se muestran orgullosas ante un público agradecido. Han logrado amortiguar y neutralizar la inclemencia del sol. Han tendido una cubierta protectora que abarca de horizonte a horizonte. Los pájaros marcan el ritmo de la marcha con cantos de alegría. Los árboles vitorean percutiendo sus hojas todavía chamuscadas. La cañada transforma su escaso caudal en risas estentóreas que se deslizan con determinación a mares lejanos.

Los chamanes se retiran a descansar. Ordenan sus escasas pertenencias. Se permiten sentarse en balcones de nubes blancas que flotan merecidamente llevadas por brisas sureñas. Con la mirada perdida en recuerdos reflotan plegarias de agradecimiento que festejan la restitución del equilibrio. El triunfo de las leyes inamovibles de la naturaleza. El retorno a la simetría eterna.

Saben que tienen poco tiempo de reposo. Qué son los intérpretes de las fuerzas primordiales. Los intermediarios entre la furia de los dioses y la desprotección de los humanos. Qué son los encargados de apaciguar o estimular la velocidad de los acontecimientos. Qué son los depositarios de fórmulas mágicas que influyen sobre humanos y dioses piadosos e impiadosos. Qué son los depositarios de secretos inmemoriales que destraban oráculos oscuros iluminando caminos en las encrucijadas.