09/10/2012 LLuvia
Y el cielo se desplomó. Y el gris es fundamentalista, es hegemónico. Y el agua abandona la protección de las nubes y se lanza como un kamikaze cumpliendo su destino contra las azoteas que coronan los edificios. Y las gotas se arremolinan en la superficie irregular de aceras, cordones y calles y se desbandan en la esquina esquivando ángulos rectos y salidas sorpresivas y profundas en las que se pierden irremediablemente.
Las gotas traviesas buscan zapatos con agujeros en la suela para penetrarlos hasta las medias descuidadas, buscan neumáticos redondeados para que pierdan estabilidad en su rodar, buscan obstáculos insignificantes para ignorarlos, buscan obstáculos obstinados para abrazarlos y rodearlos, buscan cunetas inclinadas para acelerar su carrera, buscan el atajo más pronunciado para hacerse fuerte en desagües y llegar transformadas en torrente impetuoso a la Cañada o al Suquia.
Buscan ser inclementes antes que se agoten las nubes. Pero de improviso aparecen los últimos estertores, los últimos golpes desesperados de nubes consumidas en descargas espasmódicas.
Y como grito desesperado, como último recurso inclemente juntan fuerzas y lanzan hálitos de frío lanzados desde las alturas invisibles. Ese frío inesperado que no es del viento que se cuela por puertas mal cerradas, no es el lanzado por vozarrones intempestivos que golpean y golpean sin pausa. Este es ese frío que se abre paso desde adentro de las gotas y se instala en la piel. Ese frío que logra penetrar la pie, perforarla, son agujas impiadosas que llegan a los huesos y los recubren con el gel acuoso. Ese clima que nos vuelve desprotegidos, que nos hace añorar el fuego ritual de cavernas desoladas, el humo aromático de maderas de quebracho consumidas en cenizas y el calor envolvente que nos mima en el desamparo.
Y se siente.