09/01/2013 Solitarios

Cómo la mayoría de los días fue el primero en llegar. Se sentó en la semipenumbra del amanecer con la mirada perdida al este. Recuperando la somnolencia abandonada hace un rato al entrar en la ducha observa el panorama con los ojos perdidos y la atención distraída. En la obra en construcción de la otra cuadra ve —sobresaliendo sobre la casa abandonada mientras se estira cómo una jirafa mecánica— la pluma de la grúa recorriendo círculos inmóviles, arrastrando materiales por el aire buscando destinatarios suspendidos entre pisos en construcción. Le sorprenden los aceros pintados de verdes —parece un lienzo inconcluso de un pintor juvenil— , un esqueleto frío y geométrico que resalta contra el fondo gris de las nubes extendidas. Se adivina el delgado cable de acero, porque lo que realmente se distingue con claridad es el entramado y entrecruzado de ramas metálicas que forman  «x»  apiladas en equilibrios sólidos. Una secuencia de “«x»  vertical, un cuadrado horizontal,  «x»  vertical, cuadrado horizontal….” Y continúa hasta la cabina solitaria apoyada en una muesca de la estructura. Una cabina que aloja a un náufrago laboral que coquetea con alturas profundas, es un cóndor urbano sin competencia. Saluda con una sonrisa a los pocos que se animan a desafiar el humor climático y que se encuentran disputando la cucarda virtual de mayor altura. Un club selecto que amplía los horizontes llevándolos más lejos de lo previsible.

Es el único movimiento que se detecta en el cielo del amanecer. Un techo  arenoso barrido por brisas marinas escapadas de mares inhóspitos. Franjas irregulares, formas caprichosas que se expanden desde circunferencias exteriores y se desplazan como lienzos desacomodados arrojados hacia el centro. Pero antes —apenas unos pocos minutos—, un oscuro bermellón salpicó a las nubes que se recostaban en la línea horizontal del este. Brillando desde un punto indefinido se desplegaba resintiendo su resplandor. Rebotando contra dunas gaseosas, iba dejando girones de colores opacos. Grises que se entremezclaban en manchas discontinuas, que no ensuciaban sino adornaban. Y los rayos lineales finalizaban en blancos ovillos de espuma que se erguían sobre las planicies aéreas de pasto sin cortar.

Mientras tanto la superficie se despereza. Ya no hay habitantes nocturnos, siguiendo su ritual, cumpliendo su papel en la metamorfosis del amanecer, se guarecieron adecuadamente para pasar la mañana, el mediodía y la tarde. Desplegaron acciones defensivas probadas con anterioridad con éxito para mitigar los embates cotidianos. Y en ese madrugar húmedo, se inaugura la hora de los solitarios melancólicos. Muy diferente a la de los lobos esteparios del crepúsculo del atardecer. Sin rumbo fijo pero con la hoja de ruta actualizada ignoran cualquier obstáculo que los aparte de sus pensamientos. Refugiados en cápsulas invisibles, marchan orillando veredas sin barrer. Adaptan la velocidad de sus pasos uniformes al ritmo de sus ideas. Reflotan recuerdos inmediatos para que revivan remembranzas de otras circunstancias. Desarrollan juegos de abalorios agitando sueños, historias antiguas, quimeras, frustraciones. Algunos acompañan con música, otros con acuarelas desordenadas.

Son pocos. En calles de cuadras más largas que nunca se evaden sin desearlo. Cómo autos de juguete que detectan el borde de la mesa de cara al precipicio giran automáticamente al acercarse a otro evitando la colisión. Necesitan la mirada perdida en el final del sendero. Ver el límite pero no percibir el final. Estar caminando por un camino que se detiene en el abismo individual. La mente de controles imprecisos, permite combinaciones audaces de ideas dispersas. Montajes inesperados de mecanos recuperados. Pintados al azar con música suave. Se maravillan de su obra, se asustan de su audacia. Son globos estratosféricos que deambulan en silencio buscando palabras que le permitan deslizarse indemnes por la realidad. 

Se cruzan pero no se miran. Son interrumpidos por ruidos de vehículos insolentes e involuntarios. Son sorprendidos por el zumbido aturdidor de las turbinas de un avión que viene gambeteando nubes. Solitarios por convicción han elegido este momento singular del día para apropiarse de sus instantes mágicos. Sin disputar espacios, sin rivalizar por tiempos. Se escurren hacia sus lugares de trabajo. Repetirán pequeñas acciones que se transforman en ritual cotidiano. Son los que preparan su clima laboral. Prenden luces, abren ventanas, desempolvan el café o el té. Y se desploman en su reino. En silencio, en semi penumbra, sin contaminaciones molestas se arrojan a la aventura extrema  de ser.

Ya se convertirán en apéndices de computadoras, en instrumentos de oficinas sofocadas, en dispositivos de estructuras pseudo humanas. Repetirán actos que aprendieron sin cuestionar, simularán concentraciones cuando los sueños caóticos se liberen sin autorización, soportarán estoicamente agresiones de charlas frívolas que se cuelan por sus defensas bajas. Serán pasto de burlas que no comparten ni entienden.

Son trashumantes que celebran su soledad caminando cuando el amanecer se diluye por la ciudad veraniega.

Y una digresión egoísta . Hace un año que se incorporó a mi vida, surgió de todos nosotros porque es nuestra continuación. Hoy trata de caminar, trata de balbucear, de lograr su lugar. No lo apuntalaré, le adornaré su vida ofreciéndole palabras diferentes. Le regalaré quimeras y le soplaré tristezas.  No es mi tarea conducirlo, es solo descubrirle caminos sin señalizar y abrirles las puertas de acceso. Tal vez algún día Andrés, leas estas palabras. O sea Martín. U otro nieto que hasta ahora desconozco. O quizás nadie. Pero para ellos están escritas.