08/11/2012 Aprestos para calor.
Hay trabajo nocturno extra para los chamanes a pesar del agotamiento del día anterior. Hoy, a diferencia de ayer, son ayudados y auxiliados por dragones reparadores de entuertos, por grifos remendones de nube heridas, por centauros alados y rezongones cuidadores de manadas indisciplinadas. Los chamanes van armados de líquidos mezclados con fruición y conocimientos ocultos en cavernas secretas y misteriosas. Tienen ingredientes difíciles de hallar —algunos desconocidos, otros sin nombre— y fueron mezclados mientras la luz de la luna bañaba las marmitas adaptadas apropiadamente para que la solución tenga las propiedades deseadas. El primer paso fue recubrir las superficies con hojas traídas de pantanos subterráneos para que transfieran su humedad persistente, luego se eliminaron las impurezas de las caras interiores con gotas de agua extraídas de profundos pozos ubicados en valles inaccesibles, se rebozaron con crema de la savia suministrada por patriarcas árboles de alturas inalcanzables, se agregaron filtros de fuego cósmico utilizando pequeños cristales arrancados de las montañas heladas del ártico asaltadas por intrépidas expediciones de enanos organizadas de urgencia.
Todos los elementos fueron amalgamados con paciencia por maestros de sabiduría infinita y gestos sosegados. Respetando el ritual durante toda la operación musitaron palabras mágicas en idiomas desconocidos. Socorridos todo el tiempo por ayudantes de ojos despiertos y manos adormiladas.
Y con la aprobación final de la cofradía de alquimistas soñadores y astrólogos insomnes comenzaron las tareas previstas para distribuir la protección reparadora y protectora. Dragones presurosos rociaron edificios que quedarán durante el día desprotegidos de la ola de calor, grifos minuciosos con sus patas de león cubiertas por guantes de suave y elástica goma ofrendada por vegetales marrones y de hojas octogonales recorrieron senderos y caminos aliviando las heridas provocados por los rayos impiadosos de la jornada anterior. Salamandras de escamas de hielo curaron las grietas señaladas por aprendices de hechiceros que relevaron con anterioridad las lesiones y las clasificaron en categorías considerando profundidad y anchura de las hendiduras.
Un silencio sin colores acompañó y protegió al operativo. Con su ritmo de respiración entrecortada que brotaba de profundos cañadones sin historia se dispersaban en el aire lejanas letanías que comunicaban solidaridad y acompañamiento. Luciérnagas amistosas portaban candelas que creaban conos de luminosidad transitoria. Abejas nocturnas dejaban caer miel reflectora para señalar las reparaciones realizadas.
La noche venía en socorro de la ciudad. La reparaba, la preparaba para el nuevo ataque de calor que se aproximaba.
Los indicios premonitorios abundaron después del atardecer. Un resplandor intermitente alumbraba el suelo del horizonte. Un naranja espeso pintaba las bases de las colinas. Las aves se elevaban en sus vuelos de cortejo tratando de hallar corrientes de aire fresco que les devolvieran su ritmo.
El suelo se quejaba dejando sentir el ardor que lo consumía desde sus entrañas.
El ejército comandado desde la atalaya del bosque corrió ordenadamente, con una prisa teñida de urgencia. Sabiendo que al irrumpir el enemigo en el cielo no podrían seguir. Lo que estaba listo en ese momento formaba parte de las defensas, lo que no estaba listo quedaba inutilizado. Ese era el límite.
Y ajenos a todo este movimiento, pero intuyendo las dificultades que estaban a punto de explotar, la ciudad comenzó —cómo era su costumbre— a amanecer, a despertar, a despabilarse. Las calles empezaron a ser recorridas por silenciosos autos de andar distraído. Las aceras a ser pisadas por peatones de miradas ausentes, de ojos clavados en la inmensidad de su interior almacenando todo el aire fresco que fueran capaces de lograr.
Los edificios con la protección que le brinda el fluido con el que fueron rociadas ventanas y puertas de vidrio, prueban su eficacia devolviendo sobre la cañada los rayos todavía tibios con los que al sol arrancó su tarea de demolición lumínica. Los transeúntes desprevenidos buscan la protección de la vegetación eludiendo las lanzas que rebotan en las superficies reflectantes. Los sonidos son apagados, amortiguados por aire denso sin brisas reparadoras.
Las voces encajonadas por telas transparentes de velos descolgados desde ventanas curiosas, solo repiten en una melodia monótona la palabra calor. Con distinta entonación, con diferente intensidad pero un solo concepto obsesivo. Todos lo repiten, todos lo escuchan, todos lo palpitan.
Mientras tanto las nubes temerosas no se animan a salir. Las gotas que las originan se encuentran a reparo en cuevas húmedas enterradas en pantanos o en las profundidades de mares cubiertas de sal protectora.
Es el campo de batalla ampliado y todos están preparados.