08/01/2013 Nuevo ciclo

La ciudad está. Se encuentra descansando, feliz. Sabe de las costumbres extrañas de sus habitantes, no las comprende del todo pero las acepta. Tal vez porque el tiempo no es problema para ella. Porque cada amanecer sucede a otro, sin posibilidades de ruptura de esa rueda gigantesca que atraviesa repeticiones sin descanso. Sabe que está y que estará siempre, aunque tampoco sabe que es siempre. Conoce su historia, recuerda su nacimiento. Los balbuceos de las primeras casas y las caricias tenues y acongojadas de sus habitantes originarios que añoraban con nostalgia su lugar de partida.

Revisa sus arcones desprolijos y encuentra historias de infancia y juventud. Narraciones heroicas y de las otras. Momentos de seducción y de tristeza. Guarda reminiscencias de pasos apresurados, de vehículos estrafalarios, de sendas trazadas por rocas desprotegidas, de senderos abiertos a machetazo limpio por las orillas del río que la embellece. Y no le preocupa el futuro, carece de destino manifiesto, las utopías están ausentes, los sueños son estancos y no proyectos a concretar. Su vida es actual, siguiendo con sorpresa el volar parejo e ininterrumpido de la flecha del tiempo. No le importa su final, ni le preocupa. Se sabe eterna.

Y sus moradores. Que la transitan a diario, que se repiten como si cada día fuera un espejo diferente. Como si cada amanecer copiara cada hoja del almanaque pasada a otra en blanco respetando entramados, guiones y circunstancias. Con cada salida del sol celebran el comienzo de la jornada, con cada puesta la finalización. Y el principio de la noche arrastra al sol a su descanso. Habitantes que rondan por circuitos preparados para la sorpresa, para la monotonía.

Y entonces la ciudad se asombra cotidianamente con la necesidad de los humanos de medir el tiempo, como si se pudiera aprehender su concepto convirtiéndolo en   número y adornándolo de convenciones. De la escrupulosa exigencia de inventar lapsos que pueda medirse. Y un día comprendió que la angustia de una vida breve los conducen a recorrer esos callejones sin salida que ella no precisa. Aprendió conceptos como efímeros, perecederos, fugaces. Pero lo más destacado es que decidió acompañarlos en sus desconsuelos, de aliviar su incertidumbre.

Durante décadas en largas noches de invierno escuchó reflexiones de chamanes urbanos, de sabios mimetizados en cortezas de árboles que se animaban a cuchichear en voz baja sin miedo a delatarse. Y se prometió que todos los años colaborará en ese momento único que se encuentra con una muesca en el radio de la rueda del almanaque. Se prepara con orgullo, humedece suelos, convoca duendes, hadas, grifos. Les obsequia luces, estrellas errantes y fuegos fatuos brillantes. Aligera su superficie y transforma sus calles en salas de visita. Adorna esquinas con semáforos y con la ayuda de los vientos aplacados arrastra polvo y partículas de tierra fuera de la ciudad.  Se prepara a aturdirse con mil sonidos explosivos y a ser golpeada por fuegos jugados desde mechas pequeñas.

Recorrerá reuniones sin moverse. Resistirá la tentación de participar extendiendo su superficie, ahogará gritos de sorpresa para no provocar catástrofes. La experiencia se ha encargado de demostrarle que hay un segundo mágico, un instante desprovisto de repetición —paradojalmente un momento repetitivo, pero singular en su significado —. Es ese punto en que la boca de la serpiente se muerde su cola. Cada mordida es diferente, y al mismo tiempo es la misma mordida repetida cada año. Porque todo recomienzo tiene la promesa manifiesta de ser diferente a las anteriores.

Cada recomienzo implica la promesa de cambios, de reemplazo de rutinas conocidas por otras a descubrir. De esperanzas de eludir el karma, de saltearse la Moira. Y la ciudad se dormita con mantos de promesas y de deseos incumplidos de ser diferentes. Con largas cadenas de eslabones de palabras bañados con líquidos ceremoniales regados por su suelo gris.

Y deja que el bullicio la adormile. Y aguarda con paciencia, con expectativa revivida para esta fecha. Y el primer día laboral se asoma entre sus calles desiertas, o casi. Todo se resiste a la normalidad del año ya desaprovechado, ya perdido. Transeúntes sorprendidos en el ciclo que se despabila, revisan con sus pies los recorridos conocidos. Pasan revista al cantar de pájaros que ignoran los cambios. Observan copas de árboles de follaje pulido que tachonan el cielo de verde esperanza. Ensayan trayectos nuevos que los ayuden a reconocer los cambios producidos en noches pasadas.

Tratan de recuperar rutinas gratificantes y olvidar rutinas desagradables. Pero saben que es inútil, que volverán todas a presentarse y renovar su vigencia, a encolumnarse ordenadamente desde el amanecer y extenderse hasta el anochecer.  A repetir y a repetir. Y guardar en la mochila las esperanzas de un cambio en el nuevo ciclo que sucederá al actual.

Y la ciudad se resigna a ser la espectadora en un obra siempre inconclusa, nunca concluida, con final inesperadamente previsible que no llegará. Observa con detenimiento pasos  de zapatos y pasos de ruedas. Con precaución no ha tratado de influir en el ánimo colectivo. No le corresponde, no se atreve, no se lo permite. Deja que sean sus huéspedes los que arrastren sus sueños renovados, sus utopías rejuvenecidas. Que se embarquen en navíos colosales de fantasías renovadas. Que floten en inexistentes nubes sin destino por los vacíos de las calles semi abandonadas.

Hoy la ciudad está. Está no como siempre. Hoy en algún lugar entiende que la angustia humana también es parte de ella. Que no es inmune, que se contagia de sus habitantes inexorablemente. Y se compromete a dar lucha para aliviar el peso existencial de la condición humana. A colaborar donde pueda. Y descubre con asombro que ella se encuentra dando fe de la concepción de ciclos repetitivos.