Franjas irregulares de nubes aceradas y opacas. Estacionadas como buques esperando ser reparados en diques secos abandonados por la rutina. No hay amanecer jactancioso. Hay solo una luminosidad creciente que se expande desde el este. Que enmascara colores anodinos con tonalidades cambiantes para darle un toque cosmopolita a un paisaje sin flores en sus balcones. Amarillo ocre que va cambiando a crema de vainilla. Una línea oblicua que separa los colores a un lado y a otro de la frontera bien precisa. Un triángulo cuyo vértice más agudo se pierde tras edificios blanquecinos. Manchas amarillentas que se ensanchan, se deforman, se agotan en el espacio mientras otras ya blanquecinas denuncian el avance de la mañana. Al oeste en tanto es todo nube. Sin interrupciones, un lienzo uniforme.
Las nubes son como las colinas de harina que se van amasando con paciencia, uniendo grumos con grumos, incorporando pequeños puñados de polvo seco al bollo en formación. Pasan del blanco sin relieves a esponjosas amarillentas. Hasta que el ir y venir de manos pacientes logran un solo volumen húmedo, que se convertirá en pan, pizza, empanada. Así las gotas gaseosas se van aglomerando, juntando en un solo cuerpo volátil. Cada vez más pesado, cada vez más denso. Los vientos le marcan el ritmo, la velocidad para aunarse. Hoy no hay brisas que apresuren la fermentación. Solo las inquietas gotas que quieren descender oscilan sin orden para incorporarse a la amenaza de lluvia.
Y como es tradición, hoy es día de respeto y sumisión a las normas generales, no de experimentos audaces y la superficie urbana comparte la actitud. Una ciudad que viene de soportar un encierro en una celda húmeda y sin puertas ni ventanas. Que durante la noche no logró expulsar el calor intenso que depositó la tarde. No pudo desplazar la humedad instalada entre construcciones, dejó que las calles fueran tiznadas de agua sin decantar, que las plazas recibieran rocío pesado desde todos lados.
Y los caminantes reflejan esa situación. Todavía rondan los nocturnos en recorridos de derivas, buscando brisas que acallen su desazón. Dando pasos decididos hacia algún oasis fresco que suponen escondidos tras una esquiva cuadriculada, Llevan en su frente grabado la imagen que anhelan. Tratan de completar la última etapa de su haber nocturno sin reconocer el fracaso que se avizora.
Caminar es complicado también para los que amanecen. Es empujar puertas giratorias de aire denso que se acumula sobre suelos humedecidos. Por torrentes que se escondieron tras represas inmóviles. Que brotan desde corrientes subterráneas rastreando grietas verticales que las liberen hacia la atmósfera. Los pasos se suceden unos a otros transformados en patadas invisibles a cortinas de aire espeso, compacto, casi irrespirable.
La ciudad observa sin intervenir. Deja que el devenir oscilante señale los senderos a recorrer. Deja en libertad de acción a sus pobladores. No trata de influir. Intuye que la lluvia aliviará momentáneamente el suplicio meteórico. Deja que la recorran rasgando su película tenue del amanecer. Apaga pocas luces de calles apenas transitadas. Permite que los semáforos entonen melodías desacostumbradas. Se deja arrastrar por el día.
Y los autos se lanzan a la calle en silencio. Entonan melodías compuestas de ausencias apoyadas en el rumor de neumáticos friccionados. Son como islas surcadas por estelas de canto de pájaros somnolientos. Y son las motos las que sobresaltan al desprevenido, las que incorporan color a la masa ambiental. Y serpentinas ordenadas y previsibles rehacen su sendero cotidiano. Obedecen a luces regulares de semáforos aburridos, respetan carteles que adivinan sobre las aceras, acatan líneas horizontales estampadas en calles grises.
Y de golpe, todo cambia.
Se abren puertas entornadas. Llega desde los confines el viento sorpresivo. Se estremecen copas de árboles y antenas aéreas que desafían vendavales y gravedad. Las azoteas son barridas y el calor acumulado salta por sus bordes y se confunde en el vacío interminable. Las nubes danzan abandonando su inmovilidad. Se agrupan y se chocan jugando a una mancha infantil que nunca abandonan. Se espesan y se oscurecen. El aire se desplaza encajonado por construcciones obstacularizadoras, produciéndole cosquillas a una ciudad que sale de su letargo calórico sonriendo satisfecha.
Los rostros se destensan. Se alivian las muecas de sopor molesto que predominaban. Los ojos brillan buscando compinches para compartir el cambio. El ritmo muta. Los colores vuelven escondidos todavía tras los grises de un amanecer latoso que ha desalojado al aburrimiento.