Y la caja se abrió trayendo el alivio que todos necesitaban y pedían. La caja cerrada con el fondo de suelo de la tierra, con la tapa de nubes impasibles y los lados de paredes de vientos implacables. Es imposible resumir la totalidad y la secuencia de actividades que lograron el objetivo propuesto por unanimidad —bueno casi; en realidad y buscando exactitud debemos decir por abrumadora mayoría.
Convergieron, en primer lugar, la presión de los vientos tenues que recorren la superficie, que no llegaban a ser ni brisas suaves. Solo pequeños resoplidos exhaustos y calientes de partículas de aire tórrido, que se acumulaban y acumulaban y acumulaban.
El estado gaseoso de la caja, tejida entrelazando átomos estudiados concienzudamente por los orfebres ingenieros, que experimentaron y tantearon a base de prueba y error mil fórmulas diferentes, hasta lograr la que consideraron óptima. Sabiendo que el material era inestable en el corto plazo, estimaron su vida útil en cerca de 48 horas y lo hicieron público. Pero a esta noticia escondida entre otras más urgentes, entre pedidos de auxilio de víctimas del clima, de llamadas de emergencia, de plegarias angustiadas, casi nadie le dio importancia.
Los afectados por el clima tenían la sensación extrema de sentirse sumergidos en una cacerola gigante con un fuego intenso y parejo crepitando debajo, mientras caníbales ansiosos y hambrientos afilaban sus cuchillos y hacían rechinar sus dientes impacientes. La temperatura fue aumentando al incrementarse la velocidad interna con que las partículas se chocaban y colisionaban entre sí al disminuir el espacio vacío mientras trataban de escabullirse por la tapa superior presionándola hacia arriba..
La asamblea extraordinaria fue convocada por los chamanes urbanos, invitando a todos los aquejados de la madrugada, del amanecer, de la mañana, del mediodía, de la siesta, de la tarde, del atardecer, del crepúsculo, de la noche. A todos los que se quejaron y protestaron durante la jornada inclemente le enviaron avisos perentorios. Debido a la urgencia a muchos no les llegaron a destino, no los pudieron entregar. Y se juntaron a la hora estipulada, tal cómo estaba previsto, en el espacio del bosque reservado para reuniones importantes, de esas que se recordarán con el paso del tiempo. Al arribar se cruzaron miradas de recelo y respeto seres que se conocen sólo por imágenes solitarias o relatos desfigurados. Algunos se reconocieron en el otro y se ignoraron aquéllos que tienen diferencias históricas.
Pronto se hizo presente la necesidad de una acción en común, no era cuestión de supervivencia como cuando los dragones chinos avanzaron amenazadoramente sobre las comarcas propias. Era el momento de diseñar una resistencia exitosa ante un clima implacable que amenazaba estrangularlos. Hubo pocas discusiones, muchas coincidencias. Y se dibujó en el aire el cronograma de tareas con responsables específicos que todos firmaron.
Invocaron a La Moira — la justicia que se encuentra sobre los dioses y que no se atreven a contradecir — y ella atendiendo al pedido se puso en movimiento. Las canciones, ruegos y plegarias de los sufrientes inundaron la morada de los dioses, hasta ese entonces divertidos. Sonidos estridentes que se propagaron por cada habitación golpeando las paredes con ruidos afilados lastimando muros profanos de las moradas etéreas. Un murmullo incesante que taladraba sin pausa los oídos sensibles. Todos ello sufrían de migraña, o eso creían porque desconocen el dolor humano en sus cuerpos inmateriales. No podían hablar entre sí, ni reírse, ni concentrarse en sus placeres habituales. Los padecimientos de los dioses les obligaron a cambiar sus actitudes. De las sonrisas burlonas y risas desencajadas por los avatares de los encerrados en la caja, pasaron a expresiones de fastidio al no poder evitar el cuchicheo persistente que taponaba sus oídos. Entonces despertaron a los vientos robustos de las alturas que descansaban plácidamente en sus refugios y les encomendaron embestir contra las paredes de la prisión.
Lograron el efecto deseado. El estado gaseoso de la tapa superior se fue deshilachando poco a poco. Se hicieron visibles grietas precoces, al principio imperceptibles, que se fueron ensanchando progresivamente. El aire caliente que pugnaba por escapar de la trampa encontró debilidades en la superficie y comenzó a presionar para desbaratar el equilibrio precario del material espumoso.
Mientras tanto las huestes coordinadas por los chamanes urbanos se esparcieron por toda la caja. Armados con ungüentos, con palabras sanadoras, brebajes innombrables, hechizos rescatados, encantamientos corregidos, odas antiguas, despertadores mágicos, brindaron amparo a todos los necesitados. Aliviaron pesares y transmitieron optimismo y confianza.
Y llegó el alivio. Vientos suaves arrojaron al aire caliente hacia las alturas, donde sin la presencia de la tapa se diluyeron en las capas superiores de la atmósfera. La humedad disminuyó al agruparse en nubes tímidas. Las gotas precipitaron, pero antes se aclimataron dentro de nubes frías. El agua que se derramaba por calles y veredas arrastraba los últimos vestigios del calor tirano.
Y durante el intervalo nocturno se restañaron las heridas producidas en las jornadas anteriores. Se aliviaron los dolores. La brisa liberada de responsabilidades abrazó a cada departamento, a cada casa. Se detuvo en cada árbol y mimo sus hojas achicharradas, recorrió los cursos de agua y les transmitió un frío reparador, desplegó un manto aliviador de penurias físicas abarcando el máximo de espacio.
Y la ciudad reaccionó. Con vigor, con ímpetu. Los pasajeros mañaneros sintieron que sus pies recibían la energía que despedían las rocas profundas. Miradas brillantes reflejaban sonrisas de edificios repuestos, se detenían en detalles ocultos hasta ese momento. Los escasos autos que habían desafiado el calor hacían rugir sus motores bulliciosos serpenteando entre restos de pesares que se iban consumiendo. Los semáforos entonaban canciones invitando a los pájaros a posarse en sus lámparas transformadas a modernos y minúsculos leds.
Todo brilla. Todos participan de la ceremonia jubilosa. Nadie desea quedar ausente de la celebración. Cada uno colabora y aporta de acuerdo a sus posibilidades. Cruzan saludos, intercambian felicitaciones, obsequian rostros amables.