Franjas horizontales que a ratos se desdibujan con trazos sin forma definida. Tenues orillas de hilachas que avanzan invadiendo otra franja a fuerza de tenacidad y arrojo. Franjas oscuras de nubes rezagadas que dejan pintados reflejos amarillos y celestes sobre las mismas. Franjas que en uno de los extremos se van uniendo trazando capas impacientes que tratan de ser hegemónicas. Amarillo que se va replegando, celeste que va aumentando, penínsulas insulares que se van aclarando a un gris suave.
La llovizna limpió el polvo incómodo de los últimos tiempos. Borró el lente sucio con el que captábamos el cielo. Pasan los minutos, los colores son más nítidos que en días anteriores. El amarillo desaparece y todo es celeste amanecido y gris de oscuridad.
Los autos muestran sus luces traseras en movimiento hacia su destino desconocido, arbitrario y caprichoso. Las luces callejeras lucen su contraste blanco/amarillo sin pudor. Los edificios van apagando sus ojos trasnochados. Todos esperan al sol para ver su lucha sin cuartel contra las nubes bajas dependientes del viento.
Las franjas van dando lugar a un amarillo tenue. Se adivina la irrupción del ojo inmenso que nos encandila. Las gotas benéficas en estado gaseoso se van retirando dejándonos desamparados.
No hay aves, no hay aviones, no hay brujitas con sus escobas.
Hay necesidad de tener un comienzo de día algo diferente al de ayer y al de mañana.