Amanecer distinto. Con ausencia de ciudad, con presencia de campo. Lugar abierto, paisaje agreste. Por el este se expande una mancha naranja anunciando la salida del sol, pintada sobre un verde fronda que se extiende abrazando al horizonte. Y el canto de los gallos festejando el inicio de un nuevo ciclo corto, el que comienza con la luz corriendo a la oscuridad y finaliza con las sombras desalojando a la luminosidad.
Y la campiña gana espacio. Se impone la algarabía festiva de cacareos estridentes, el piar de las aves que circulan alegremente entre senderos aéreos uniendo ramas y salientes rocosas. Y el arroyo que se adivina zigzagueando al esquivar represa naturales. Se reflejan en la superficie líquida sombras alargadas que se van gestando a medida que la luz se apropia de la escena.
Es fácil vaticinar este amanecer repetido tantas veces, reiterado desde siglos, reincidiendo en sus circunstancias. Calmo de todo movimiento. Colorido desde el suelo buscando las partes más altas y pintando la vida. Y desde la soledad individual de casas agrupadas despreocupadamente en geometrías irregulares, sale el nexo con la ciudad que aguarda el llegar de sus habitantes cotidianos foráneos. Abre sus venas de avenidas negras a cinturones de asfalto que depositan vehículos de velocidad alta pero ánimo sosegado. Túneles sin paredes, de banquinas confundidas con el suelo uniforme entre perspectivas alejadas y dibujadas con trazos imperceptibles.
Y el límite urbano se precipita. Surgen edificios, aparecen casas custodiando vías de traslado entre urbe y descampado. Semáforos erguidos que ordenan con determinación. Se atraviesan rampas imaginarias que horadan portones de fortalezas perimidas. Los rayos de sol —ya colgado de la viga mayor de la eclíptica y manteniendo el equilibrio— rebotan obedientemente contra aceras y veredas expectantes. Ausentes los transeúntes nocturnos, raleados los transeúntes diurnos.
No hay ruidos, hay sonidos espaciados. Una moto que se desliza hacia el olvido gritando su rabia madrugadora. Un peatón con ojos achinados que bordea cordones haciendo equilibrio a centímetros del suelo indiferente. Algún perro que luego de visitar puertas cerradas durante la noche, descansa despatarrado cerca del fresco de La Cañada. Pájaros que imponen su canto corriendo restos de oscuridades tercas.
Lo único abundante es el verde. Que se eleva desde el gris parduzco de un suelo conquistado por manos olvidadas, y busca alturas en ramas despegadas de troncos altivos. Ramas emergentes desde brotes recién despuntados y que amenazan con ser follaje el año que viene. Espesura moteada con mil tonos que nadie pudo imaginar. Mimetizado desde los pies que descubren terrenos ocultos y protegidos, hasta brazos que se alargan buscando brisas entre edificios tercos. Verde de vida. Verde de apariciones. Verde de fantasías despuntadas. Verde de historias a recrear.
Hasta las grúas que levantan hierros para convertirlos en columnas desafiantes de alturas imaginadas por proyectistas soñadores, observan el movimiento lento que discurre segundo a segundo, que se convierte en minutos no deseados y no avanza más. Las plumas crecidas al lado de paredes que extienden a diario, demoran su vaivén vertical acercando alimento a las fauces de cuadrillas hambrientas de trabajo. Camiones de tubos giratorios aplacan sus sonidos monótonos de mezclas de hormigón, se toman descanso matinal recostado contra veredas con polvo de fin de semana.
Colectivos multicolores se pasean por recorridos familiares. Doblan con memoria rutinaria, ignoran autos que los superan por el costado. Dejan que asciendan pasajeros que sueñan con almohadas permanentes. Permiten que desciendan abruptamente aquellos que convirtieron sus asientos en poltronas acomodadas para continuar sueños inconclusos.
El día está vigente. Se dirige hacia el mediodía. Pero la ciudad prolonga su descanso dominguero con retazos de bostezos disimulados, con ojos entreabiertos rechazando la luz, con músculos distendidos en posiciones dormilonas,