06/05/2013 Tiempos de nada

Y el verano sigue empecinado. Rebelde, indómito, desobediente, ha ignorado a la mayoría de los almanaques ancestrales basados en la tradición y los conocimientos empíricos —también a los actuales dominados por la tecnología—, ha transgredido límites fijados en el origen de los tiempos, cuando la tierra era un trompo sin ruta, circulando entre protoplanetas que luchaban por su supervivencia. En ese tiempo de incertidumbre y caos el eje de la tierra oscilaba buscando su punto de equilibrio y definía su ángulo de inclinación apropiado para permitir el desarrollo de la futura vida. De ese modo, como primer paso, quedó establecido el periodo de las estaciones y el clima que le correspondía a cada una, su duración y el territorio de su reinado. 

Muchos otros le atribuyen a Perséfone la existencia de esas estaciones tan indispensables. En crisis de amores no correspondidos con Hades, no quiere retornar al inframundo. Prefiere recorrer praderas con su madre Deméter,  bañarse en frescas cascadas que se dejan caer de cornisas empinadas, trepar por desfiladeros para hacer rebotar su voz contra altas murallas de piedra, revolcarse en blandos tallos de flores que pretenden caricias del sol, recorrer senderos entre bosques cerrados por maleza verde de vida salvaje, ser juego de los vientos zumbando canciones infantiles de colores brillantes.

Otros observan retrasos en la ruta del sol hacia el norte, pequeñas anomalías producidos por los caballos que arrastran el disco amarillo por las rutas anuales. Tentados por cálidas brisas que suavizan sus crines, por sinfonías pastorales que suenan entre correntadas de pimpollos multicolores, de susurros adormecedores que producen el batir de las alas de pájaros desplegados bajos nubes apacibles, de caricias que brotan del danzar de las hojas de árboles de estación que no dejan caer a sus hojas. Y definen límites temporales y cíclicos. El orden y el cosmos brindan la tranquilidad a las personas confundidas.

Los sabios en tanto estudian y reflexionan sin pausa. Recorren hojas llenas de observaciones de registros inmemoriales. No confían en sus sensaciones, ni en su memoria. Atacan planillas de anales recorriendo páginas de columnas verticales repletas de números  y dibujos, de esquemas y trazos de temperaturas y humedad. Buscan otra explicación, algo para comparar y extraer conocimientos que les permita encontrar mejores explicaciones y soluciones. Tratan de encontrar orden en el caos, patrones de comportamiento asimilables. 

Meticulosos hurgan en sus memorias, estrujan su cerebro, necesitan un hechizo pero no hay caso. Consultan a chamanes orientales, tanto chinos como tibetanos, y reciben respuestas claras y coherentes. El orden natural sigue respetando las leyes originarias. No hay, para los humanos, comprensión sobre todas. Quedan muchos misterios para desvelar. No es posible torcer el rumbo, no es aconsejable intervenir cuando no se conocen las causas ni las consecuencias de obrar. Es tiempo de esperar, de observar, de detectar diferencias y tomar nota, de disfrutar con los cambios de rutina. Es tiempo de descubrir cómo influyen sobre los demás. Y sobre uno mismo. 

Hoy es tiempo de flotar sobre hojas de árboles lanzadas a los caprichos de brisas traviesas.