05/11/2012 Despertares
Diariamente —mejor dicho ¨diariamente en días laborales¨— hay dos despertares diferentes. Dos momentos irrepetibles a lo largo de la jornada. Dos escalones bien separados en esa escalera que debemos ascender hasta el mediodía y descender desde el mediodía hacia el anochecer. El agente de viaje que nos ilusionó con la oferta inigualable la resumió en cuatro peldaños: amanecer (ascenso) – mediodía (cumbre) – atardecer (descenso) – Noche (reposo). Y como en un hechizo medieval de pueblito oscilante entre el pasar y el sobrevivir, sin mucha imaginación, se repetirá indefinidamente sin solución de continuidad.
Solamente podremos en algunos oportunidades inesperadas colocarle cartelitos en papel amarillo que se pegan en las paredes agrietadas de la memoria destacándolos de los demás.
El primer despertar es automático, mecánico. Se dispara sin hesitar al sonar el despertador, al producirse la ruptura del sueño por la acción de la alarma prefijada. Es el momento del primer quiebre, del reflejo que se activa solo. Sin importar la temperatura, el cansancio, los sueños perdidos, la somnolencia instalada durante la noche. Después todo es repetición de movimientos, de gestos, de actividades que el cuerpo ha aprendido y memorizado en la reiteración monótona.
El segundo despertar es lúdico, placentero. Se produce al abrir la puerta y reconocer —la hora depende del momento de la mañana en la que invariablemente se despereza el sol— la claridad o la oscuridad externa. Acompañado por la brisa seca robada al desierto del norte lejano, o la brisa húmeda arrancada a las olas incansables de mares ignotos, o la brisa tormentosa filtrada desde nubes amenazantes de cataclismos. Es un instante de contacto entre el refugio y el desamparo exterior, entre el orden amigo de lo previsible y el caos inesperado de la incertidumbre.
Los primeros pasos producen un intercambio holístico entre ambas realidades: la interior y la exterior. Hasta lograr un equilibrio simétrico. Y entonces comienza el proceso de desgajar capa a capa los filtros que defensivamente acumulamos en el descanso. Permitir que poco a poco la mente se despoje de barreras, represiones, miedos refugiados en lo profundo de nuestro ser. Que las sensaciones que recepcionan los sentidos lleguen sin tamizar al cerebro. Que éste no reciba lo que mi mente quiere sino toda la gama de estímulos disponible en el ambiente. Que la luz sea el espejo distorsionador disfrazado de arco iris y me devuelve la vibración sin fisuras de cada objeto, que me permite aceptar colores nuevos sin bautizar, que posibilita distinguir la existencia en dos, tres, cuatro dimensiones, que permite distinguir a seres fugados y traviesos de mundos paralelos sin correlación en el nuestro, que acepta formas irregulares escondidas detrás de árboles y balcones.
Que las veredas sean las cajas de resonancia donde ruidos simples corren detrás de vientos esquivos transformándose en melodías despertadoras, en poemas sinfónicos cómplices de un abrirse a la experiencia matinal, en formas musicales desgañitadas por el piar nervioso de aves que buscan su alimento entonando estrofas irrepetibles para un público ausente y atento.
Que los árboles sean los espacios seguros e inviolables donde se agazapan figuras mitológicas, personajes huidizos de cuentos infantiles o fantasías adultas de adolescentes perpetuos, individuos de existencia improbable que recitan letanías en lenguajes oscuros y seculares.
Entonces, con la respiración acompasada, la mente en vigilia expectante es perentorio abrir la canilla de los sentidos para que el despertar se transforme en un descubrimiento primigenio, en una revelación individual, en un hallazgo único, en una interpretación que describa la apreciación del ámbito cercano.
Y a partir de ese momento navegar en los mares sin confines, tumultuosos que se liberan abruptamente, recorrer senderos tortuosos recuperando sin reflexionar pasos perdidos en historias anteriores, flotar en corrientes mansas dejando que las orillas se estrechen hasta formar un rápido o se ensanchen hasta ser lago sin salida.
Todo aguarda a este despertar. La realidad se yergue como un ogro benevolente a ser aceptado, como un sueño amorfo que necesita ser esculpido, como un torrente que precisa ser encausado. Esa es la primera tarea de un día con muchas sorpresas a develar.