05/09/2013 Amanecer de incendios

En las nubes se refleja el resplandor de incendios. Se ponen carmesí girando al naranja. Son amplias franjas que cruzan el cielo. Intensos en la lejanía del horizonte, mezclado con grises a medida que se acerca al centro. Colores débiles y distintos que se extienden como una mancha voraz e insaciable. Van ocupando superficies y el gris tiende a desaparecer. Los inquietos y atentos pobladores urbanos despiertos a esta hora se debaten entre conjeturas difíciles de comprobar. El clima —agobiante— facilita mantener discusiones; con apasionamiento y creatividad se van creando especulaciones de diversos tipos. La mayoría sentados en cordones protegidos de vehículos imprudentes, en balaustradas asomadas a los cauces de agua, apoyados en troncos torcidos por el descuido de jardineros ociosos o en mesas de café hastiadas de no salir de vacaciones a descubrir otros bares o en azoteas imitadoras de zigurat babilonios y pirámides malayas o en bancos de plaza con techos de vuelos de aves trinadoras en busca de su alimento o en asientos de tranvías abandonados cuando expulsaron a las vías de las calles o en glorietas traídas de  La Alhambra de Granada e instaladas muy lejos de la vista de los pobladores.

Las discusiones se diluyen cuando el amarillo dominante explota en un naranja que no lastima los ojos, que se convierte en una sábana brillante que va engullendo a la ciudad y refleja por doquier su luminosidad. Todo es fosforescente: ventanas, paredes opacas, puertas, hojas de árboles secas, parabrisas de autos circulando. Las brujas en sus escobas, haciendo equilibrio mientras gozan de su lugar de observación privilegiada. Vuelan entre colores intensos mientras se sienten admiradas. Trazan figuras imposibles y en el aire son fotografiadas por amigos y detractores. Son fotos en las que nunca aparecerán a pesar de los intentos de documentar sus momentos de alegría. Tan absortas están que no se percatan del avión que busca se destino en suelos prosaicos y son arrastradas tras su estela ventosa.

Mientras los protagonistas de las discusiones sobre el origen del reflejo se van diluyendo por calles tenuemente iluminadas hacia sus descansos u obligaciones diarias, los escribas recogen en los ecos adormecidos que naufragan solitarias las explicaciones.  Minuciosamente escarban en muros, troncos, superficies de banco, ventanales de bares. Clasificarán las narraciones, respetarán modismos y neologismos, le darán vehemencia y elocuencia incorporando signos de puntuación de acuerdo a su interpretación, cotejarán entre ellos para no repetirse y por último prepararán el informe final que alguna vez será leído y analizado por expertos o curiosos.

La mayoría de los “expertos en fenómenos inexplicables” (Es la costumbre de opinar cualquier tema que se presente) se inclinó por incendios de pastizales que cubrieron extensas praderas de llamas insaciables, como una interminable manada de búfalos con pezuñas de brasas indómitas. Otros lo adjudicaban a un descontrol en los crisoles de los enanos, preocupados por abastecer a tiempo de calderos, azagayas sofisticadas para competencias de elfos, cuernos ornamentados para óperas épicas en anfiteatros de hadas y faunos. El ritmo febril de su trabajo alimentó las hogueras que se rebelaron y debieron llamar a los grupos especiales para controlarlas. Algunos especularon con piras funerarias de espectros nórdicos que en su fecha de festejos revivieron las costumbres ancestrales repitiendo el rito. Miles de naves consagradas fueron lanzadas a las aguas de los lagos del Valhala y prendidas con antorchas volitivas.

La enumeración continúa. Recuerdos del incendio de Roma por Nerón, del bombardeo de Dresde por la aviación aliada, de Constantinopla cayendo en mano de los turcos otomanos, de la arena levantada por la cabalgata de Lawrence a través  del desierto de Nefud en busca del Akaba, de los rastros de bacanales desenfrenadas en el medio de bosques densos e intrincados. La lista se agranda: hálitos de dragones chinos escapados de sus encierros en cavernas inexpugnables, polvo en suspensión provocado por el aterrizaje masivo de naves extraterrestres, demostración del infierno para asustar a potenciales pecadores que incluyen visitas guiadas a los aposentos del diablo, glaciares desplomados por laderas interminables rozando con furia rocas que se ponían en su camino, imágenes del incendio de las naves de la armada franco-española en la batalla de Trafalgar u hogueras en ceremonias rituales de aborígenes americanos buscando lluvias renuentes. 

Extenuante tarea les aguarda a los escribas. El amanecer fue la llave que abrió las puertas a fantasías desbocadas, a narraciones ricas en detalles, produciendo rondas de espectadores que se deleitaron con cien y una historia. Transformados en cuenteros aficionados dieron rienda suelta a su locuacidad y expresión corporal. Las palabras fueron el vehículo por el cual se coló la magia.