04/12/2012 Ciudad diferente

Agua es la palabra. La ciudad se pintó aguachenta. La lluvia caída desde nubes negras —durante todo el día ocuparon completamente el cielo—  no solamente arrastraron polvo y suciedad por paredes verticales, sino que diluyeron colores, los llevaron al límite de su consistencia continua. El aire humedecido regaló y obsequió, sin discriminar, anteojos salpicados por gotas para ver a través de prismas naturales. Una barrera inflexible que opaca colores y confunde contornos, que disimula contrastes y minimiza confrontaciones de tonalidades.

Ciudad acostumbrada al calor y al sol, a grietas en su superficie generadas por rayos inclementes, que lastiman cotidianamente su piel  recubierta de pavimento. Ciudad que clama por agua reparadora la mayor parte del año. Ciudad que sueña con caricias acuáticas que laman  las heridas producidas durante días de exposición al calor.

Hoy esa ciudad se despertó con agua en zanjas profundas y rendijas superficiales. Con resquicios desbordantes de líquido, con huecos disimulados por barro marrón , dejado como al olvido por torrentes desencajados. La ciudad no sale de su asombro, siempre le pasa. Queda momentáneamente inmovilizada. Absorta ante la exuberancia de agua que recorre su piel. Anonadada ante la sensación de cosquilleo que le producen las corrientes veloces que se deslizan por declives suaves asfaltados. Y que se acumulan a medida que corren buscando zonas más bajas. Y la ciudad lo siente como un jacuzzi natural creado para ella.

Y se sumerge en el sopor del placer deseado y demorado. En la modorra que le produce experimentar sensaciones que rayan lo prohibido. En disfrutar de los placeres en lugar de dedicarse al tránsito descontrolado, a edificios que surgen como lunares descoloridos, a dolores que le producen millones de pasos que surcan sus veredas. Siempre se detiene a mirar absorta cómo las dos venas superficiales que separan regiones en su geografía incrementan su caudal. Cómo se transforman de hilos delgados y frágiles en torrentes de agua amarronada deslizándose hacia destinos lejanos. Como su caminar silencioso se convierte en una vía de escape encajonada artificialmente. Trata de medir la diferencia entre velocidades, de captar el incremento del volumen que se arroja desde orígenes parecidos distribuidos en la zona.

Y por más que se lo proponga no deja de asombrarse. Monitora las gotas que caen y que se unen en una danza gris y húmeda. Adivina y predice hacia los lugares que  se encaminan, en el  punto donde se fusionaran con otras similares que se deslizan raudamente. Encenderá alarmas ininteligibles que advertirán a los transeúntes sobre desbordes, sobre anegamientos que convertirán aceras y calles en una sola pista de carrera acuática.

Y goza. Disfruta. Se divierte.

Se esconde tras cortinas de color indefinido. Deforma sus contornos, Escabulle sus colores. Se muestra diferente. Orgullosa declara su individualidad. Pone en evidencia cualidades desacostumbradas. Se siente coqueta, capaz de seducir a sus habitantes revelando facetas que nadie había descubierto. Se siente audaz en propuestas juveniles. Se vuelve traviesa. Regala charcos para que los chicos chapoteen, disfraza trampas inocentes para que los peatones desprevenidos hundan sus pies, regala arroyos pacíficos para que naves de papel naveguen aventureramente, traza recorridos espirales marcados con barro con obstáculos impensados, se entretiene con resbalones, con patinadas involuntarias, con rodadas inocentes.

Hoy la ciudad se obsequia con la gratuita sensación de ser otra.