Solitario sentado frente al ventanal. Acompañado por una oscuridad densa que llena todos los espacios posibles. Solo hay luces dispersas en una llanura inclinada, rociada por olas de edificios tan negros que no se distinguen del cielo sin nubes. Son las brasas encendidas que olvidaron los enanos laboriosos al apagar con descuido sus fogatas compañeras protectoras de profundidades imposible de medir. Todavía resuenan en fogones exhaustos restos de melodías que se niegan a ser silencio. Flotan en el aire humoso imágenes de danzas revoloteando sin coreografías. Navegan en corrientes cálidas palabras renuentes que narran extrañas historias de amores y traiciones, interpretaciones alocadas de mitos ancestrales.
A través del vidrio espía el laberinto ciudadano. Reina la quietud. Rota por un ir y venir de autos iluminando de refilón aceras y veredas desiertas de paseantes. Ríos de lava que se deslizan acariciando las márgenes del Suquía, linternas arrastradas por vehículos que zigzaguean siguiendo el curso de calles onduladas, de cordones caprichosos y muros adornados por árboles pacientes.
Y en esos ritos adaptados a la ciudad, las musas recorren senderos inexpugnables, identificando a posibles beneficiarios de sus poderes. Ya no son las tres originales, esas que apuntalaban a ceremonias religiosas. De ellas dependía el cumplimiento del ceremonial para que los dioses se sintieran honrados. De ese modo se verían impelidos a ser condescendientes con los humanos y poder participar junto a ellos de los avatares cotidianos.
El griego es diferente al panteón romano, en el cual existía la obligación de una contraprestación divina ante cada ofrenda o sacrificio. En una se apelaba a la voluntad, en la otra se apelaba al intercambio de favores. Las tres musas eran Meletea (‘meditación’), Mnemea (‘memoria’) y Aedea (‘canto’, ‘voz’). Indispensables en una cultura ágrafa para mantener incólumes las tradiciones.
Y en épocas posteriores, cuando las artes abandonaron el recinto sagrado y poblaron el profano. Cuando los rituales de iniciación e inserción en la dimensión humana pasaron a ser narraciones míticas que ensalzaban héroes y les asimilaban poderes. Los poetas y dramaturgos necesitaban de otra clase de inspiración. Y repartieron sus dones y les incorporaron otros afines a sus necesidades de inspiración. Y fueron:
‘la de la bella voz’; musa de la elocuencia, belleza y poesía épica (canción narrativa).
‘la que ofrece gloria’; musa de la Historia (epopeya).
‘la amorosa’ musa de la poesía lírica-amorosa (canción amatoria).
‘la muy placentera’; musa de la música, especialmente del arte de tocar la flauta.
‘la melodiosa’; musa de la tragedia.
‘la muchos himnos; musa de los cantos sagrados y la poesía sacra (himnos).
‘la festiva’; musa de la comedia y de la poesía bucólica.
‘la que deleita en la danza’; musa de la danza y poesía coral.
‘la celestial’: musa de la astronomía, poesía didáctica y las ciencias exactas.
Y cada obra comenzaba con una invocación, con una dedicatoria, con un pedido de gracia, Por ejemplo:
Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos,
que, después de destruir la sacra ciudad de Troya,
anduvo peregrinando larguísimo tiempo.
Y fueron retomadas por los románticos y reinterpretadas. Mudaron sus habilidades y recrearon narraciones. Fueron compañeras insobornables en tabernas y prostíbulos. Socorrieron a vates de naufragios y de plagas terrenales. Sirvieron de terapeutas y mantuvieron durante noches de desbordes la imaginación intacta. Espantaron locuras y administraron alucinaciones. Se lanzaron a travesías por comarcas inimaginables, Fueron musas, guardianes, custodios.
En la actualidad su responsabilidad se incrementó. Son muchas más, en realidad son las mismas, ya que para facilitar su identificación se las agrupó bajo colectivos generales. Recorren calles, bares, plazas, senderos. Identifican fantasías y quimeras que derivan arrastradas por pensamientos ingenuos. Clasifican en angustias, utopías, extravagantes, candorosos, terroríficos. No desdeñan ninguno, no discriminan temas. Lo aceptan como son expelidos de las mentes y luchan para que no se fuguen. Los alimentan, los miman. Logran que se desarrollen, colaboran con colores y sinónimos extraídos de gruesos volúmenes de piel de cabra. Recuperan metáforas y esconden palabras inapropiadas. Elevan un tono en la escala musical e incorporan melodías derivadas de otras realidades. Purifican los gestos de narradores orales y administran el brillo de sus ojos mientras acompañan relatos cotidianos. Esconden pinceles estropeados y regalan otros recién sacados de los hornos artesanales.
Son felices cuando los artistas se sienten satisfechos. Deambulan penando cuando las obras quedan mancas. Son diurnas y nocturnas. Se juntan en su cansancio, se ayudan en sus pesares, colaboran en sus angustias. Porque es inevitable que se contagien de felicidad y absorban tragedias y enfermen de males pasajeros. No se dan a conocer, no tienen llamadores, no se entrometen, no son intrusas. Conviven con nosotros, nos desvelan secretos, nos susurran misterios. Son la magia de nuestro lado oculto.
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