04/01/2013 Lluvia

Nubes altas recorriendo el cielo. Lanzadas unas contra otras se golpean y se confunden incrementando su tamaño y su color azabache. Se devoran unas a otras subiendo sin detenerse. Acumulan agua, aumentan sus gotas y se elevan. Se van convirtiendo en un solo ente, un solo color, un solo destino, un solo objetivo. Y mientras las más chicas son cooptadas por las más grandes expresan su rebeldía, su pérdida de identidad lanzando las pocas gotas que sobreviven en sus entrañas. Conductas desesperadas que conducen solamente a un grito fallido y efímero de libertad. Con el último suspiro se entregan a un nuevo ciclo.

Ya uniformaron el escenario de color y forma. Una alfombra dada vuelta se extiende desde los bordes, aprisionada por horizontes circulares se tensa al máximo y no permite que las arrugas la crucen de lado a lado.  Se distribuye un rumor sordo desde lo profundo de la ahora única nube oscura. Orgullosa, lindando en lo pedante, reúne todos los gritos de las nubes asimiladas por la fuerza, con resistencia y sin resistencia. Coloca garganta tras garganta en un cuerno alargado y profundo. Construye un solo tubo de ecos con paredes circulares gaseosas. Y larga al viento a recorrerlo. Y desliza piedras heladas a que reboten golpeando sus lados.

Y el retumbar de las voces en sinergia salvaje y descontrolada se estrella contra edificios desamparados. Resonando encajonado ahuyenta a pájaros desprevenidos, atemoriza a vehículos que recorren la ciudad, espantan a transeúntes desparaguados. Todo es caos y confusión. La mayoría de los caminantes  trata de encontrar el mejor refugio en el menor tiempo. Y no miran, están obnubilados por el pánico que se desbarrancó desde el cielo, se tropiezan, se ignoran, se eluden en corridas con ojos vendados.

Solo al llegar a la protección adecuada se detienen y observan el exterior.

Los otros. Los pilotos de naves audaces de tormentas veraniegas, caminan desafiantes, saboreando el aroma taciturno de tierra mojada, se sientan en mesas acogedoras junto a ventanales amplios que apenas son cortinas separando el ambiente protegido de las inclemencias que se avecinan. Piden un café, un whisky, desempolvan la paciencia y se disponen a disfrutar el momento.

Y de improviso llegan las resonancias de los tambores golpeados con furia en los túneles construidos por nubes vengativas. Y los refugiados y los que se encuentran expuestos en el exterior levantan la vista esperando. Segundos apenas para que alguien detecte la primera bolita blanca estrellándose contra la acera. Y a intervalos precisos y cada vez menores se hallan manchas de desintegración blancas que se convierten en líquido. Y el sonido aumenta. Cada vez más en cantidad, cada vez más en tamaño.

Y a medida que se descuelgan en distintos materiales, veredas, pavimentos, copas de árboles, cerámicos en azoteas, chapas sueltas en techos abandonados, van desarrollando una sinfonía inconclusa de sonidos sordos y apagados. Combinan ecos logrando profundidad. Rebotan sin pausa dando matices a la música. Se entremezclan con gritos humanos, bocinas y frenadas abruptas y la ciudad adopta una nueva oda dedicada en exclusividad al granizo.

Y cuando está llegando al clímax, cuando el aturdimiento se cuela por pasillos y avenidas y cañadones, el incógnito director de orquesta arroja las batutas de dirección hacia lejanas comarcas inidentificables. Y el silencio desaloja. Llena todo el ámbito y cesa la piedra. Ahora un coro entusiasta de gotas arrojadas en manadas desde las grietas de la nube única, se impone como un canto gregoriano. Y la vista de los espectadores embiste contra cortinas acuosas impidiendo visualizar a pocos metros. Una catarata se desploma sin piedad arrastrando las señales involucradas que ruedan por las superficies golpeadas. Buscan naturalmente caminos hacia la cañada y el Suquía. Buscan la salida más rápida con vergüenza de su acción.