Las nubes flotan sin rumbo. Indolentes, abúlicas, perezosas. Suspendidas por fuerzas invisibles han posibilitado que al levantar la vista, el techo se encuentre ahí nomás, bien cerquita del suelo. Es una cubierta gris, desordenada como una camisa de algodón arrojada al cajón de ropa sucia, enrollada sobre sí misma y luego rescatada y colgada a lo largo. Son sorprendidas por el sol del amanecer y negligentes se abandonan recostadas contra redes de contención que se esfumaron antes de ser inauguradas. Son placas opacas salpicadas por esquirlas blanquecinas y remiendos amarillos, hilados no finalizados de enhebrar y los insistentes rayos atraviesan su superficie por fisuras imperceptibles y acarician el suelo.
Lanzas interminables con origen en un sol abandonado a su navegar rutinario por la órbita trazada obedeciendo las leyes de la gravedad. Es una vía que oscila entre los trópicos y rebota contra esas barreras incorruptibles frenando la embestida del sol en los solsticios de verano.
Ramilletes de luz amarillas reflejan los sueños perdidos por los habitantes diurnos que descansaron y por los nocturnos que los fraguaron con dedicación y esmero sentados frente a tablas regulares de mesas cuadradas con la compañía cómplice de un vino, una ginebra, un café. O varias de ellas en distintos órdenes. O de cualquier otra bebida que certificara su papel bohemio. Precavidos —si se rozan con controles inesperados— exhiben patentes que los autorizan a recuperar quimeras individuales y moldearlas en imágenes pensadas durante horas libres y desbocadas. Durante una noche sin sobresaltos ni sorpresas recuperaron palabras pintadas en largas paredes cavernosas y maniobrando con descuido y paciencia de orfebre fueron armaron páginas escritas que luego colgaron de tendederos virtuales.
El espacio es surcado por caminos oblicuos de un amarillo cremoso que se cuelan por hoyos indisimulados en la trama incompleta y gaseosa de una urdimbre inconclusa. Contrastando contra el gris irregular se dibujan rectas de pendientes bruscas que señalan un lugar en la ciudad todavía dormida. Líneas ordenadas que son rayas de una camisa de oficinista en una obra pictórica de orientación geométrica. Y a medida que las nubes cierran filas y se agrupan más compactamente, los traviesos proyectos de gotas de agua dejan espacios descuidados por los que se cuelan rayos atentos. Y sobre esa tela sin bordes queda impreso un cuadro dinámico firmado por el amanecer. Líneas verticales y oblicuas. Se ensanchan y se estrechan. Desaparecen y son reemplazados por otras a poca distancia. Son faros de islas que se mueven en mares de sargazos recorridos por gaviotas urbanas.
Y la ciudad que trata de ubicar su ritmo veraniego es señalada por punteros luminosos que le bosquejan laberintos de formas rectilíneas. Que van dejando estelas de espuma colorida en azoteas desprotegidas. Que van ahuyentando oscuridades con sombras alargadas recorriendo calles tediosas. Con escaso movimiento, con casi nulos sonidos. Con un clima desganado permitiendo caminatas sin destino, autos sin motivación, colectivos demorados. Ya no se dejan ver los haces de luz del faro solar. Solo quedan manchas amarillentas debajo de nubes grises más compactas.
Los bares —todavía somnolientos— comienzan a recibir a transeúntes que no se despegaron de sus sueños, que no abandonaron su pesadilla diaria. Que prolongan su despertar departiendo con su soledad. Que ignoran acompañamientos causales, que evitan encuentros incómodos. Refugiados tras la penumbra protectora de un sol que no reacciona, se abandonan persiguiendo utopías repetidas. Algunas ya realizadas por aventureros audaces que los primeriaron. Algunas descartadas por imposibilidades físicas o por desafiar leyes trascendentes. Otras por ser demasiado fantasiosas
El deporte preferido de estos solitarios del amanecer es fusionarse con la cuchara y recorrer remolinos que desde el fondo de la taza se abalanzan sobre bordes pulidos en danzas monótonamente circulares. Y la mente se hunde hasta donde le es permitido. Se ahoga en fábulas tejidas con palabras sin sentido. Alucina en círculos espiralados que buscan eludir su prisión. Viajan en el tiempo recuperando historias inventadas en tiempos pretéritos. Se sonrojan con fracasos obvios, se divierten con proyectos soñados bajo las mismas circunstancias en diferentes mesas de bares que ya no existen.
De las ventanas llegan —reflejados en sus vidríos convertido momentáneamente en espejos— verdes arrojados desde árboles inquietos. Desde su parsimoniosa quietud lanzan alarmas de advertencia. La mañana avanza y parece que nadie se da cuenta. Sin reaccionar siguen ensimismados, sumergidos, abstraídos. En barcos de papel recorren océanos de palabras inexplorados y zozobran irremediablemente. Ajenos al discurrir de los minutos observan la nada. Se transforman en papel fotográfico sobre el que se imprimen imágenes fortuitas organizadas por un azar divertido y bromista.
En ese panorama tedioso cualquier circunstancia provoca un cataclismo emocional. Sorprende a todos, provoca un estado de shock, interrumpe pensamientos, aterra al sosiego. Bajo las nubes descuidadas, reflejadas contra el gris que se intensifica, surge el brillo artificial de un avión que se desliza sobre autopistas flotantes. Imposible de identificar en forma inmediata semeja a una alucinación olvidada por algún sueño inconcluso. Ilumina techos de edificios. Y ya convertido en navío previsible atrona con un rugido de desafío. Bramando su presencia se convierte en eco rebotando en aceras y túneles abiertos.
No hay brisa. Todo es espera. Es el aguante a la modorra que se contagia desde la madrugada al amanecer y continúa por la incipiente mañana. Solo conversaciones animadas y estridentes de oficinistas que se resisten a abandonar su placidez. A ser reemplazadas por sus obligaciones laborales. Pequeños grupos comentan anécdotas fabuladas, empujan aún más los minutos que desembocaran en el mediodía. Eluden las sillas frente a sus escritorios. Dejan sin abrir sus cajones de secretos inconfesables. Buscan un mate como un náufrago busca una tabla flotando. Cierran herméticamente ventanas transparentes creando ambientes insospechados de actividad. Bajan cortinas de tela cuando el sol encandila a través de efímeros resquicios en las nubes.