El aire caliente lo es todo, abarca todo, inunda todo. Se cuela por rendijas, por hendiduras. Se cuelga de balcones, se desliza desde azoteas. Brota desde el suelo, flota sobre la cañada. Se desplaza empujado por colectivos, se detiene en bocacalles y esquinas para acumular más calor al unirse a la corriente transversal. Desciende desde los techos, se acurruca en puertas cerradas y rueda por veredas fluorescentes.
No hay espacio, no hay rincón que no esté pintado con una fina película de aire caldeado. Los autos gimen con sus neumáticos friccionando el pavimento. Afónicos de bocinas estridentes van y vienen sin levantar la vista hacia el sol enceguecedor. Con los techos secos reflejando rayos todavía tímidos —sin la fuerza que tendrán cerca del mediodía— los dirigen contra los edificios alertas al peligro aumentando el brillo de los colores de sus paredes. Vehículos que muestran agobio ante el panorama que se presenta. Saben que inexorablemente la ciudad les obsequiará más calor, que los cercará entre masas sofocantes de aliento no recomendables. Saben que las calles exudarán vapores abrasadores.
Los transeúntes se le animan al amanecer prepotente. Descartados los que ejecutan rituales diarios de caminatas o prácticas pedestres, en estas circunstancias casi considerado como deporte extremo. Sin cultores de paseos en bicicletas rodando por senderos ardientes. Solo caminar despacio. Optando por recorridos protegidos por árboles, que conservan mínimamente fresco bajo sus copas. Dirigiendo sus pasos hacia espacios de sombra ilusoriamente protectora. Como los autos sin mirar al cielo. Saben que es inútil ilusionarse con la aparición de nubes que mitiguen los rayos solares. Que disminuyan su intensidad, que minimicen su impacto.
Y la ciudad ya se despertó. Atenta tomó nota de las reuniones de chamanes y augures. Prestó atención a los heraldos distribuidos por sus venas, que advertían sobre las características de esta mañana. Las alarmas previstas se pusieron amarillas, todos se retrajeron aguardando el embate prometido. Descansada de un fin de semana sosegado, la ciudad se desperezó con parsimonia, con sobriedad. Calculando cada paso, midiendo las consecuencias de cada acción. Se acurrucó almacenando energías, sin desperdiciar esfuerzos, sabiendo que el día será muy largo
Se apresuró a erigir defensas ya usadas, ya probadas. Optó por aquellas exitosas, pero guardando las más efectivas y duras previendo que el embate en días posteriores serán intensificados. Se dedicó a alimentar árboles, arbustos y césped, fortaleciéndolos para el combate.
Los cuadrados de manzana ciudadana dividieron sus lados. Los que reciben la luz solar, de este a oeste, resplandecen en toda su intensidad. Sin sombras , sin manchas negras que alteren los colores límpidos de muros escalonados por balcones alargados. De aceras que rechazan el calor lanzándolo al aire inmóvil. De pasos apresurados que tienen como meta inmediata la esquina más cercana, el refugio más deseado. Las otras, de sentido norte-sur mantienen una seudo penumbra alimentada por las sombras reparadoras de edificios verticales. El sol se hace presente por el reflejo en ventanas abiertas, esperando recibir bocanadas de alivio. Los paseantes madrugadores demoran su recorrido alargando la sensación de estar bebiendo un helado frutado.
Los refugios son inventariados sin que nadie se dé cuenta. Cada persona que recorre las aceras buscando su meta mañanera, selecciona sin advertirlo el paliativo que buscará cuando el mediodía apriete su garganta con dedos tórridamente implacables. En un rincón de su cerebro dedicado a las alertas tempranas, dejará las pistas para encontrar el albergue adecuado. Ése que le brindará las armas necesarias para sobrevivir, para mitigar los efectos de un clima ardiente, propio de un desierto sin horizonte.
En lontananza se descubren imágenes de nubes. Todavía no se distinguen si son reales o proyecciones de deseos. Si navegan hacia el sol o son fantasías creadas por el deseo. Pero son una señal. Comienzan a juntar fuerzas, a consolidarse, a acumular gotas de agua. Responden a las súplicas de los habitantes de la ciudad castigada, se comprometen con una ciudad ávida de ayuda, hambrienta de sombras.
El auxilio está en marcha. Lenta pero inexorable llegará a tiempo para trucar lamentos en canciones de bienvenida. Para reemplazar corrientes calurosas por torrentes de agua fresca, por permutar seco por húmedo. Por dar esperanzas de cambios circunstanciales, porque el calor seguirá reinando.