03/05/2013 Incertidumbre climática

Se ha desatado una lucha sorda entre la mayoría de los dioses menores que habitan el cielo. Hace muchos años fueron desplazados de la consideración popular por la irrupción y la victoria de las explicaciones racionales de los fenómenos atmosféricos, Cada tanto se lanzan entre ellos desafíos que amagan con desencadenar un Armagedón cósmico. Pero por lo general son bravatas, son fanfarronadas tiradas al azar. Son expresiones del tipo, ya olvidado por mamarracho, “te mojo la oreja”.  La mayor parte de esas divinidades paganas se encuentran aburridos en su ostracismo perpetuo. Están hartos de mantener contínuamente discusiones sobre bellezas femeninas entre los hombres y sobre bellezas masculinas entre las mujeres. Se contagiaron de programas de televisión de chimentos sobre celebridades efímeras —tanto reales como inventadas—  y armaron su propia red de chismes inocuos.

Intrigas nacidas en la antigüedad clásica impregnadas de traiciones obscenas y oscuras, de pasiones desatadas impropias de seres civilizados, de venganzas que orillaban la crueldad y se mantenían colgadas de la crueldad. Una época de transición entre la barbarie de las hordas y sus conductas reprobables y las nuevas que posibilitaban convivir con la mayor posibilidad de sobrevivencia. Entonces en una evolución natural las causas épicas dieron paso a historias de presuntas infidelidades, de envidias por el largo de escotes, o bronceados artificiales. La banalidad de la convivencia. 

Y hoy se reeditan esas viejas y olvidadas historias. Se les otorga una patina de contemporaneidad. Es una irrupción intempestiva en territorios ajenos, de lanzar huestes propias contra marcas delimitadoras, de correr hitos un poquito más allá de lo establecido. Y los ejemplos abundan. En tiempos en que se suaviza el control, los caballos se desbocan. Mientras Eolo se descuida y deja sin control los establos donde descansan los caballos de los vientos, estos encuentran la oportunidad de realizar travesuras. De este modo  Noto, el viento del sur responsable de los vientos de fines del verano no ha regresado a descansar, como es su costumbre. Empecinado y porfiado, galopa en largas carreras sobre planicies impidiendo que Bóreas salga de su cobertizo. Ambos se azuzan y lanzan entre ellos golpes de cascos desprolijos. Provocan remolinos, confunden a nubes errantes que se dispersan. Se divierten, tienen pocas oportunidades de desafiar lo cotidiano, y son la envidia de los demás, espectadores privilegiados que observan y hacen apuestas amarretas.

Hay más ejemplos de rivalidades superfluas de esos menores sobrecargados de aburrimiento. La ciudad es ajena a estas expresiones sociales, tiene sus propios problemas. Los sabios responsables del equilibrio —de todas las categorías inventariadas—  se encuentran en sesión permanente. Intercambian ideas, opinan con conocimiento, buscan antecedentes en anales cubiertos con polvo de historia. 

El amanecer espera su hora para desplegarse, para imponer la luz. Basado en calendarios persas de origen acadio, se abriga cada noche y se desabriga cada alba. Aguarda ráfagas de aire polares y se topa con corrientes cálidas. Confía en el transcurrir silencioso y se achica con el clima. Entonces, los habitantes urbanos vagan por recorridos inciertos. Descubren palabras que pertenecen a otras temperaturas, recuperan imágenes de otras hojas de almanaques colgados y olvidados de las paredes desnudas de todo adorno.

Tibias nubes manchan el cielo de gris. Dónde antes la luz se reflejaba dando un colorido rosado, que se desparramaba por la atmósfera, ahora una brisa acerada desciende a terrazas desiertas. Luces demarcadoras de calle iluminan palmeras guarecidas entre edificios que lentamente se van coloreando. Transeúntes pálidos apuran el paso para arribar a sus refugios.

Se intuye, se palpa algo extraño naufragando en el aire, algo sin definir que se percibe como una bruma reptando entre obstáculos urbanos. No se huele diferente, no se ve distinto. Pero se advierte. Es la incertidumbre generalizada de una ciudad que desconoce el descanso, el temor natural a lo incomprensible, el humor que se contagia desde lo profundo cuando se altera la rutina, sin saber en qué lugar del estuario desembocará. El nerviosismo que golpea el no poder divisar que hay al otro lado de la calle.

Solo los vehículos mantienen sus conductas cotidianas.