Es una ciudad mutada a veraniega, una ciudad que adquirió la fisonomía habitual de una localidad en vacaciones. Autos escasos circulando erráticamente por calles abandonadas, colectivos espaciados en rutas repetidas con pasajeros resignados que van sentados abúlicamente, taxis desocupados viajando entre aceras huérfanas de transeúntes, avenidas sorprendidas por espacios para estacionar desocupados, lagunas de asfalto gris con manchas de colores espaciados. La intensidad del tránsito que se manifiesta en vehículos que no llegan a encolumnarse, que semejan rebaños dispersos de animales en vías de extinción buscando refugio mientras se trasladan hacia planicies rebosantes de alimentos frescos.
Es una ciudad dónde todo es escasez. Todo es timidez. Todo es verano.
En el cielo, el sol compite contra las nubes somnolientas en una carrera lineal sobre un circuito jaspeado de gris. Cómo si le hubieran arrojado un balde gigante de agua desde la altura. Un recorrido de contornos tenues. Más denso en el horizonte y desparramando gotas dispersas hacia el cenit, hasta convertirse en simples esbozos sucios de salpicaduras solitarias. Es una carrera con final anunciado, pero que le pone tensión a un amanecer demasiado sosegado. Metro a metro. Sacándose ventaja ininterrumpidamente. El sol y las nubes jugando a taparse en un caso, a evitar que la tapen en el otro. Y según la evolución de la competencia, son los edificios más altos los que reflejan el tanteador al cual nadie le presta atención.
Se escucha un grito de alegría cuando los rayos solares esquivan las nubes y pintan de colores claros azoteas y paredes. Se percibe un dejo de desilusión al ser empujada la luz hacia otros destinos, haciendo que los vidrios de las ventanas se transformen en espejos descuidados y borroneados. Pinceles desconocidos barren una y otra vez los muros opacos. Matizando, coloreando, oscureciendo fachadas. Como lienzos lavables colgados de los techos de una exposición gigante. Artistas ciclotímicos, el sol y las nubes. Inventando paisajes cambiantes para que no los aprecie nadie. Obra engalanada solo para ellos.
Porque a esta hora de la mañana los habitantes nocturnos fueron barridos, ocultados bajo la sombra tenue del amanecer respingado. No se encuentran en los bares abiertos los parroquianos habituales. No están apoltronados con desgano y abandonados en gruesas sillas cómo lo repiten diariamente, ni baten cafés circularmente con cucharitas tomadas suavemente por dedos aburridos, ni miran noticias en televisores repetidores de mitos y lugares comunes. Hoy abandonaron los senderos que solamente ellos conocen, dejaron caminos secretos descubiertos en caminatas errantes al estudiar grietas y fallas en pavimentos y paredes.
Hay un espacio sin ocupar, un lugar deshabitado, sumido en el silencio en el amanecer. El ámbito de los ojos agotados, perdidos en horas de vagabundeo sin brújula, sin compás, sin gps natural. El coto de caza de portadores de armas inofensivas rastreando presas para inventariar. Ese espacio es ocupado por pasos indolentes, realizados automáticamente por pies que aprendieron de memoria la coreografía recreada y la repiten en una rutina de cambios de ritmo. Por manos inertes apoyadas en mesas con diarios abiertos en crucigramas inconclusos. Por dedos que tamborilean sobre la superficie acompañando canciones de juventud que los remite a los primeros amores y penúltimos desencantos, a abandonos injustificables y reencuentros indispensables. Canciones que recorren la memoria buscando rastros olvidados, que recuperan sensaciones consideradas perdidas.
Ellos faltan en una ciudad vestida de vacaciones.
Y los transeúntes diurnos los extrañan. Ya no se cruzan fingiendo indiferencia, no se ignoran voluntariamente. No pasan casi rozándose y simulando que son un obstáculo más en su camino rumbo a sus obligaciones. No los miran de reojo inventando historias que expliquen su cadencioso caminar, sus ojos vidriosos detenidos en el tiempo. Los buscan y encuentran su ausencia. Tratan de descubrirlos tras troncos marrones inclinados hacia la Cañada y solo ven paredes claras de puertas cerradas.
Los bares de ventanales amplios descansan de cansancios olvidados. Mesas con las patas para arriba, superficie con superficie, sillas colgadas de bordes cuadrados, manteles que se descuelgan desde mostradores vacíos. Demoran su despertar. Ausentes los soñadores trashumantes, quedan los paseantes sin desayunar, sin lecturas de noticias que los contaminen de realidad. Y es temprano para ellos. Así que todos se demoran confabulados en eludir el tiempo, en ignorar amaneceres de verano urbanos.
El pasar de motos son las alarmas de despertadores odiados. Serpenteando entre coches son los únicos que gozan de un vigor no deseado. A la calma de sonidos quietos le imponen el vértigo de apuros injustificados. En competencias individuales tratan de ganarse un lugar en el podio. Desconocen la causa pero deben arribar en primer lugar. Ignoran la ubicación de la meta, pero deben cortar la cinta de llegada. Lanzan gritos profundos al esquivar un auto, emiten rugidos de advertencia al ponerse verde el color reiterativo de los semáforos. Tapan el cantar de los pájaros con alaridos intempestivos.
Pero no logran alterar el ritmo pausado de una ciudad apática. Sus calles se van pintarrajeando a medida que el sol, ganada su batalla, se eleva en un cielo partido entre celeste y blanco nuboso. La atmósfera ha logrado amortiguar sonidos, velocidades, costumbres, ánimos. Pero no puede durar. La ciudad se despierta al hacer resonar el badajo solar con rayos sólidos de luz brillante. Todo en dosis homeopáticas. Inexorablemente la rutina impone sus condiciones.