02/11/2012 Ciudad adormilada.
Viernes. El día esperado. El hito de otro ciclo cumplido, solo el paso de los meses dirá si mereció ser rescatado por sus significados circunstanciales o se perderá en el hilo circular de la rueca inacabable. Con sol casi sin nubes. Con el cielo celeste de extensión inacabable. Apenas en lontananza una delgada línea de blanco espumoso indica que hay bruma levantisca o nubes agazapadas descansando plácidamente en lechos de aromas y brisas aletargadas.
Encandila el sol. Y así como las sombras se apoderan en la noche de siluetas y formas transformando todos los relieves en manchas oscuras solo identificables porque son más oscuras que el aire, la llamarada amarillenta instalada en el cielo, esplendorosamente incandescente, crea frente a los ojos una tenue muralla de luz. Y tras ese velo los edificios, las construcciones —el paisaje urbano siempre igual, siempre mutante— se perciben como manchas blancas distinguibles únicamente porque el aire es transparente. Paredes, azoteas, postes de luz, semáforos, todos convertidos en lechosas sombras resplandecientes. Durante la noche la brocha gorda escondió el paisaje cubriendo todo de negro, en el amanecer el responsable de la coreografía diaria lo ocultó lanzando rayos de luz que sustituyeron los colores. Solo los árboles mantienen manchas verdes rebeldes diseminadas en la superficie.
La ciudad ya cambió su humor. Y por algún mecanismo indescifrable lo traslada a sus huéspedes. No hay diferencias entre nocturnos y diurnos. Las pisadas recorren sendas ultraconocidas ahondando su traza. Pasos lentos, medidos automáticamente. Uno siguiendo al otro. En silencio. Concentrados en su ritmo acostumbrado. Un repiqueteo manso de zapatos de tacos inoportunos sobresalta el caminar distraído y dan la sensación incómoda de ser perseguido, espiado. Una vidriera oportuna para detenerse, un cruce de calles conveniente con pronóstico de tránsito apresurado, un semáforo cómplice que vira su color al rojo son las excusas para hacerse a un lado y permitir a la perseguidora involuntaria ser la única participante de la maratón de veredas adormiladas.
Todo es quietud, o se acerca tangencialmente a ella. Las aves recorren el espacio saltando de árbol en árbol, de poste de poste, de balcón en balcón. Los paseantes —porque hoy son eso, no transeúntes, no peatones, no senderistas, son fundamentalmente paseantes —se han adueñado de caminos, sendas, huellas, trazos, de todo espacio de la ciudad que se pueda transitar.
Las recorren sosegadamente, observando sin mirar las paredes de los desfiladeros, de balcones asomados desiertos de vegetación. Escuchan los cantos remolones de suelos ahogados en pavimentos, cemento y tierra contaminada. Se cruzan sin detenerse, sin prestarse atención. En realidad es el comportamiento de todos los días, no importa el estado de ánimo. Se sorprenden del reflejo de los rayos de sol en ventanas alineadas que semejan un enorme televisor con una única imagen. Se sobresaltan con la irrupción inesperada del bramar de una moto totalmente desubicada.
Flotan en la bruma amodorrada que se escapa de los sueños generados en las entrañas de la tierra. Se embriagan con aromas prófugos de vegetación ansiosa. Se abandonan a guías inexistentes sin necesidad ni obligación de tomar decisiones en las encrucijadas.
La ciudad ha contagiado su espíritu. Hoy no quiere despertarse a pesar del Inti rey, quiere girar en su eje demorando el tiempo. Trata que cada segundo se transforme en minuto y cada minuto en hora. Busca que la tenue bruma sea la sábana que la aleje del día.
¿Es por ser viernes? No creo.
Hoy es el día en que la ciudad decidió no hacer nada, dejarse, abandonarse. No cumplir sus tareas de despertador, ni agilizador, hasta casi incumplir sus obligaciones con sus huéspedes. Dejar ser a todos sin intervenir. Decidió tomarse un día sabático y dejar en libertad de acción a todo y a todos.