01/11/2012 Pintores

01/11/2012 Pintores

Se libra un combate de pintores cósmicos. Son los eternos interpretadores de sueños de dioses caprichosos que envían signos astrales para que los paisajistas ansiosos de encargos celestiales pugnen por tamizarlos y concretar su obra maestra diaria. Luego buscarán durante el transcurso del día —lapso de su duración efímera— el reconocimiento humano y llegado en crepúsculo vespertino dejarán su firma autobiográfica en libros de honor, totalmente etéreos y olvidados.

De esta manera —en este comienzo de mes apuntando al verano —, de forma apresurada unos pocos artistas madrugadores dieron pinceladas desprolijas de gris —es conocido que prefieren los colores vivaces a los grises apagados y monótonos —. Dejaron en exposición, para ser evaluados, esquemas provisorios moteados en el apuro, llenos de rasgones horizontales disimulados con trazos de brocha gorda que todavía gotean improvisación y prisa.

Y la bandada de artistas pictóricos diurna, con sus paletas de colores claros, cristalinos, comienza a repartir brochazos ansiosos que dejan su rastro al borrar el lienzo pintado apenas horas antes por sus colegas nocturnos. Van ocupando más espacio, se van extendiendo desde el horizonte hasta la cima del meridiano máximo. Y en su apuro dejan una superficie deshilachada por donde se filtran rayos que se ensañan con ojos acostumbrados a la penumbra.

Y en las calles custodiadas por soldados de ladrillos pintados de colores aburridos, se refleja el combate y se transforma en un campo de enfrentamiento contingente. Imprevistamente un cordón lineal y gris uniforme fuera de toda sospecha, queda camuflado de corriente de oro líquido. Bañado por pinceladas cuidadas y prolijas de amarillo cercano al naranja trazan en la vereda ingenua y adormilada, el cauce sin profundidad donde se deslizan enanos ávidos del material precioso. Navegan en busca de las monedas de oro enterradas en el nacimiento de un arco iris todavía pendiente de esbozar y al cual solo ellos presienten.

Y los caminantes solitarios —descolgados y despreocupados ya inmunes a cualquier clasificación — dirigen sus pasos hacia el destino cotidiano trazado por la rutina. En el medio de esta conflagración entre colores y láminas sin final de obra titubean entre los hábitos nocturnos, diurnos y de transición. Caminan contagiándose del pintor más decidido, del  que logra imponerse  de experto intérprete atmosférico. Entonces como oleadas de pasiones discontínuas cada tramo de cuadra impávida se viste diferente. 

Doblando la esquina los pasos se demoran arrastrando suelas que producen sonidos recurrentes, que son trasladadas a cantos gregorianos monótonos. Miradas desvaídas y perdidas en imágenes lejanas. En otras esquinas, el caminar se acelera con piernas  ágiles que no saben de cansancios matinales. Los zapatos golpean contra el suelo con vigor y determinación. Su impacto genera melodías barrocas de integración con la ciudad que se despabila. 

Y en el medio quedan los silencios, son vacíos de pasos entre los peatones  que se apresuran y los que se demoran. Y en esa ausencia sonora se perciben los lamentos quejumbrosos de baldosas estáticas que están por abandonar involuntariamente su reposo, para ser trajinadas por golpes impiadosos de transeúntes sumergidos en sus problemas recurrentes.

En el trayecto por la Cañada todo se amplifica, se distorsiona, se enronquece dentro de la garganta profundizada por paredes de ladrillos. Algunos revocados, otros desnudos. Las bocinas intempestivas recorren alegre y bulliciosamente el pasadizo angosto. Pero en las calles transversales los sonidos se escapan por techos abiertos y se estrellan contra nubes que amortiguan los ecos. Las bocinas son ondas que se expanden hacia la nada, que terminan devoradas por la afonía.

Es la sinfonía que nos obsequia el campo de batalla de resultado sin definición momentánea pero de resultado final conocido.